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Dime cómo hablas y te diré dónde te ubico

Llámalo como quieras, pero sucede. A todos se nos activa ese mecanismo automático que nos lleva a clasificar a la gente por su manera de hablar, por su tono, por su acento, por sus maneras y modismos. ¿Estás claro, menor?

Dime cómo hablas y te diré dónde te ubico

-MA RI CA, o sea, ayer conocí a un carajo BE LLÍ SI MO.
-¿En serio?
-Sí, exageradamente guapo, aparte estaba buenísimo y tenía una sonrisa ES PEC TA CU LAR
-¿Y qué pasó?
-El carajo era perfecto hasta que abrió la boca.

¿Les ha pasado que conocen a alguien y se desencantan solo por su manera de hablar? A mí sinceramente solo me basta con que me digan ‘‘mami’’ para huir despavorida. Y no me pongan esa cara de ‘‘¡ay, pero qué clasista!’’ porque todos hemos excluido a una persona solo por su manera de decir las cosas.

Juzgamos, clasificamos, encasillamos y evaluamos a la gente no solo por lo que dice, sino por cómo lo dice. Lo niche o lo sifrino no solo se representa en la ropa, el animal print y la cantidad de azúcar que le pongas a las caraotas; también se evidencia en los rasgos fonéticos (acento, melodía, entonación, ritmo, velocidad de habla), morfosintácticos, semánticos y pragmáticos. Los grupos sociales suenan musicalmente distintos. Para mí, por ejemplo, si alguien dice ‘‘niños y niñas’’ es chavista (lo siento); así que dime cómo hablas y te diré dónde te ubico.

Todos los hablantes de una misma lengua logramos entendernos porque nos regimos por una serie de reglas gramaticales que nos lo permiten; es decir, todos los hablantes formamos parte de una misma comunidad lingüística. Sin embargo, existen demasiadas variedades lingüísticas y esas dependerán de muchas cosas; por ejemplo, el territorio al que pertenecemos. Así, reconocemos a un venezolano en el exterior solo por su manera de hablar (y por la gorrita tricolor, por supuesto).

Y dentro del mismo territorio venezolano reconocemos otros grupos. El gocho tiene ese cantaíto que uish, ¿es como si ese toche estuviese preguntando todo el tiempo? Y mirá primo, los maracuchos tienen un acento y un léxico tan trimollejúo y vergatario. Los caraqueños practican el mandibuleo y aaalaaargaaan y naaasaaalizaaan tooodaaas laaas vooocaaaleees, ¿sabes? y para ser reconocido como un oriental, trata de que no se te entienda nada de lo que digas.

Los grupos sociales no solo se clasifican en individuos que comparten una misma nacionalidad; hay grupos sociales en los que influyen factores como la edad, el estrato socioeconómico, el sexo y la profesión. Por ejemplo, las personas que dicen becerro y chigüire posiblemente no se relacionen con las personas que viven en el este de Caracas (o eso crees tú). Y muchas veces esto sucede porque vamos creando estereotipos sociales: a algunos nos dan miedo las personas que dicen ‘‘menol’’ porque el solo cambio de la /r/ por /l/ puede ser suficiente para pensar que nos van a robal.

Dígalo ahí, menol.

La lengua forma parte de nuestra cultura e identidad. Tenemos una identidad colectiva, la manera cómo usamos la lengua nos identifica como parte de un grupo; y una identidad individual, es decir, cómo nos identificamos a nosotros mismos.

Yo uso mi lengua de una forma (creo que voy a comenzar a decir ‘‘idioma’’ porque ya está bueno de chinazos) que me permita pertenecer, crear límites entre otros grupos y diferenciarme de otras comunidades de habla. La relación entre lengua e identidad es tan fuerte que un solo rasgo lingüístico puede incluirte o apartarte de un grupo social.

Ajá, entonces, si nuestra manera de hablar forma parte de nuestra identidad ¿por qué muchas de las personas que emigran toman el acento del lugar al que llegan? ¿Se avergüenzan de sus raíces? ¿Estarán perdiendo la identidad?

Primero, el acento es como el VPH: normalmente, cuando hay mucho contacto, se pega. Segundo, existe algo llamado convergencia, la estrategia por medio de la cual los individuos se adaptan a los comportamientos comunicativos de otros. Por eso los venezolanos que se fueron a Argentina ya no te dicen ‘‘mamagüevo’’ sino ‘’boludo’’ y los que emigraron a México ya no ponen la torta, sino el pastel.

Aunque en muchos casos se haga de manera inconsciente, también es cierto que copiamos las variedades lingüísticas para evitar discriminación. No quiere decir que estemos perdiendo nuestra identidad, solo es cuestión de supervivencia. A veces solo buscamos borrar nuestras marcas regionales porque pueden convertirse en un estigma. Quizás adoptar el acento es un modo que te permitirá conseguir trabajo porque aunque no queramos, la discriminación existe.

Muchísimas veces a una persona se le dan tratos diferentes y perjudiciales por pertenecer a grupos sociales distintos. Te pueden discriminar por tus ideas políticas, ¿se acuerdan de la lista Tascón? Te excluyen por pertenecer a una raza en particular y, en algunos casos, hasta te discriminan por ser pobre (como si saber hacer una antena con un gancho de ropa te hiciera menos digno). Pero, como hemos visto en muchísimas ocasiones, te discriminan por la lengua que hablas o simplemente por cómo utilizas la lengua (y seguimos con los chinazos, ¿ven? Los chinazos son parte de nuestra identidad).

John Baugh realizó un estudio sobre la discriminación lingüística. Junto a otros lingüistas, analizó cientos de llamadas telefónicas y descubrió que muchos empleadores hacían juicios racistas sobre personas con diversos dialectos. Agentes de bienes raíces, oficiales de préstamos y proveedores de servicio no llegaban siquiera a evaluar habilidades, logros o ética de trabajo después de reconocer un acento latino o africano.

Chimbo, menol.

Hay una película que ejemplifica perfectamente en qué consiste la discriminación lingüística: ‘‘Sorry to bother you’’ (2018) trata sobre un vendedor por teléfono que tiene muchas dificultades para que la gente lo escuche, hasta que descubre que usar su «voz blanca» es la clave para que sus clientes le presten atención.

¿Por qué hay dialectos y sociolectos que son más valorados que otros? ¿Será porque son mejores? ¿O es que son más bonitos? Pues no. Así como ninguna lengua es mejor que otra, ningún dialecto es mejor que otro, pero se le da prestigio a una variante lingüística más ‘‘educada y respetuosa’’ por toda una comunidad ¿Y cómo escogemos esa variante? La misma sociedad le da preferencia a ciertos dialectos. Recuerden que son los hablantes de una lengua los que se ponen de acuerdo y deciden cómo usarla en diferentes contextos, así que el dialecto con más prestigio es escogido por los mismos hablantes.

Las actitudes lingüísticas suelen ser favorables a los dialectos de grupos de alto nivel sociocultural y clase culta. Ciertas investigaciones sociolingüísticas han demostrado que en Venezuela uno de los acentos con más prestigio es el caraqueño, tal vez porque tienen al Ávila (y Petare, ge, ge, ge). Muchas veces le damos prestigio a los grupos de poder, como los gobiernos. A menos que el gobierno sea corrupto, ladrón y asesino, pero ahorita no se me viene a la mente ningún país de ejemplo. Es frecuente que el prestigio lingüístico esté netamente relacionado al prestigio social; es decir, le otorgamos mayor prestigio al habla de las personas con mayor nivel de educación, no necesariamente a los que tienen más dinero, mucho menos si eres enchufado. Seguro hasta dices ‘‘menol’’ y chigüireas de lo lindo.