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Domingo de fantasmas: la nostalgia ataca

¿Qué es lo que dejas atrás cuando te vas? ¿En qué consiste tu país? Sobre los recuerdos que te atan, sobre lo que hace pesada la maleta que no logras levantar: sobre eso te hablan los fantasmas

Domingo de fantasmas: la nostalgia ataca

Hay fantasmas que no asustan. Te visitan los domingos en la tarde, sin tocar el timbre, entran al cuarto sin preguntar. Se manifiestan en forma de nostalgia: una sonrisa cansada, una mirada perdida sobre un retrato o una lágrima que se muere en la quijada.

Los fantasmas saben donde vives, te buscan en tu casa materna, el depósito de todos tus recuerdos, el nido en el que nos refugiamos los que aún no hemos salido de este intento de país. Los espíritus me sacan en cara una promesa incumplida. Prometí mudarme de allí cuando cumpliera 18, pero el comunismo se atravesó. Aquí sigo escribiendo en el mismo cuarto, mi búnker.

A mi edad mis padres ya se habían casado, tenían apartamento y carro. Yo a los 29 años tengo un Play Station 3 y un alma de 86 años. Tengo antojo de helado ron con pasas, me gusta ver Vladimir a la 1 y dentro de poco voy a hablar con las matas. Me vendría bien desarrollar su lenguaje para no sentirme tan solo en Caracas.

Los fantasmas te toman de la mano para acompañarte en un tour al pasado. Empiezan en tu cuarto, tu cama, en el colchón en el que fuiste creciendo durante las noches, al que tu papá te llevaba cargado desde el mueble cuando te quedabas rendido en la sala. Allí dormiste borracho y sobrio (como dos veces). En esa cama conociste la masturbación, metiste a un amor furtivo mientras tus padres no estaban en casa, lloraste y te secaste las lágrimas con la sábana que durante meses arropó a tu ex. ¡Qué cagada! Amaneció orinada como 20 veces en toda tu vida. Siempre te acostabas con miedo a que volviera a ocurrir. Orinarte o tu ex.

En la sala de tu casa todavía se escucha el murmullo de la música de los 90 que sonaba a full volumen cuando nos tocaba limpiar. Los fines de semana el piso se inundaba de cloro y tu mamá siempre gritaba “No pises lo mojadoooo”. Tenías que caminar descalzo y de puntillas. Sentir el frío de la cerámica en la planta de los pies. La superficie resbalosa te hacía liberar adrenalina. Si te caías, tu hermana se reía y tu mamá te terminaba de escoñetar. “Te lo dije, coño”. Volvió a pasar el coleto por el mismo pedazo de memoria. Extrañas esos regaños tontos.

El televisor tiene la cara negra, está desenchufado. Podías pasar toda una tarde jugando Tomb Raider, viendo El Chavo del 8 con un café y un pan andino o escuchando las noticias que te fueron llenando de miedo a la edad en la que solo debiste preocuparte por jugar y estudiar. Gracias por nada, Chávez.

Hablando de mierda, no hay que olvidar el baño. Tu poceta, el trono de la vulnerabilidad. Todos cagamos, en eso se nos parece Madonna. No hay nada más placentero que liberarte en tu propia poceta, la única en la que confías con el culo y los ojos cerrados. En la ducha pasabas horas jugando con el agua caliente, viendo cómo se te ponían las “manos de viejito”, filosofando sobre irte o quedarte. Lo sigues pensando, solo que con un tobo de agua y una tapara en la mano. Con la otra te quitas el champú y la culpa.

Desnudo, frente al espejo del baño, te sentiste horrendo. Te pusiste a llorar para ver qué tan dramática era tu cara. Enumerabas tus defectos. Sientes que Édgar Ramírez llegó temprano a la repartición de todo. Te repites que lo importante es lo que hay en el interior, pero en el interior estás aún más jodido. Eres el país.

A los fantasmas les da hambre, sobretodo de recuerdos. La cocina aún huele al pasticho de los domingos. La tía Carmen te daba en la mano si te veía meterle el dedo a la torta de piña. En la nevera siguen un par de dibujos que hiciste antes de que decidieras abortar tu inocencia, hacerte adulto o incrédulo, valga la redundancia. Dentro de ella solo hay una jarra de agua, un cambur (con suerte), una leche de magnesia que tiene allí toda la vida. Da acidez recordarlo.

Abres la ventana del balcón para que la brisa te ayude a suavizar el olor del pasado. Sobre las paredes hay retratos familiares, momentos congelados con una sonrisa: el matrimonio de la abuela, tu mamá cuando se embarazó de ti, y la foto de tu primera comunión que tiene guindada en un borde una medalla de una competencia de natación.

Hay un baúl de juguetes, cada uno te mira distinto. Los ojos aguarapaos de los peluches y los pintados de la Barbie que degolló tu hermana. No miran la montaña de plástico sobre la que están montados. Los juguetes del fondo deben estar indignados de tener que soportar el peso de los juguetes favoritos, o los últimos en ser olvidados.

En la mesa del comedor todavía está el mantel al que nunca le salió la mancha azul de tempera. Ese día seguramente estabas pintando y se te juntaron el mar y el cielo en la misma hoja carta. Recuerdas los desayunos en donde ninguno hablaba, los almuerzos fugaces antes de volver a la oficina que te quedaba al lado. Las cenas, las arepas de queso y malta, los perros calientes que no sabían a los de la calle. Escuchabas las burbujas que reventaban mientras la Pepsi se mudaba de la botella al vaso. Tratas de verlo medio lleno.

Eso es mi país. No he hablado de bandera, de escudo, ni de himno. Mi casa, mis recuerdos, mi familia, son el lugar del que me cuesta tanto irme. No de Venezuela.
Admiro a todo el que ha podido cruzar la puerta de su casa sin saber si volverá.
Lo hicieron los que se fueron.
Lo hacemos los que quedamos.