El abuelo de Sam Mendes fue el motor de "1917"

Finalmente llegó a Venezuela "1917". Protagonizada por George MacKay y Dean-Charles Chapman, la película está inspirada en las vivencias del abuelo del director. Esta es la historia de su gestación

Antes de que se conformaran las Naciones Unidas, antes de la OTAN —mucho antes de que el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand desencadenara una serie de eventos que llevarían al mundo a verse inmerso en este conflicto— las naciones occidentales habían actuado principalmente en favor de sus propios intereses. Los países nunca habían dejado de lado el nacionalismo en pos de un bien mayor para la comunidad. Por esa razón, la Primera Guerra Mundial unificó en muchos sentidos a Occidente y se convirtió en la base de la sociedad moderna.

Una onda expansiva mundial que hizo que la humanidad confrontara nuestros intereses e ideales comunes y los valores compartidos. La Primera Guerra Mundial exigió un sacrificio impensable invocando el honor, el deber y la fidelidad al país de una generación responsable.

El impacto de la guerra y particularmente su efecto sobre los jóvenes soldados a los que se les pidió levantarse en armas y defender sus naciones, ha intrigado al cineasta Sam Mendes desde que era un niño.

La idea para 1917 surgió de las historias que el abuelo de Mendes, el difunto Alfred H. Mendes, compartió sobre el período que se desempeñó como cabo interino en la Primera Guerra Mundial, así como sobre los interesantes personajes que conoció durante su servicio.

En el año 1917 Alfred era un joven de 19 años que se alistó en el ejército británico. Debido a su pequeña estatura, el soldado de cinco pies y cuatro pulgadas fue elegido para ser un mensajero en el Frente Occidental.

La nube en La Tierra de Nadie —la tierra no reclamada entre las trincheras aliadas y enemigas en la línea del frente que ninguno de los lados cruzó por miedo a ser atacado— medía aproximadamente cinco pies y medio, por lo que el veloz joven podía llevar mensajes por los costados, de puesto a puesto. Su baja estatura implicaba no ser visible para el enemigo, y literalmente corría por su vida.

Durante la guerra, Alfred resultó herido, estuvo expuesto a gases y recibió una medalla por su valentía. En sus últimos años de vida, el novelista trinitense se retiró a su lugar de nacimiento en las Indias Occidentales, donde escribió sus memorias.

Tierra desolada

“La Gran Guerra siempre me ha fascinado, tal vez porque mi abuelo me contó sobre ella cuando era muy joven, y tal vez también porque en esa etapa de mi vida, no estoy seguro de haber registrado el concepto de guerra antes”, dice Mendes: “Nuestra película es de ficción, pero ciertas escenas y aspectos de ella se basan en historias que él me contó y otras que me contaron sus compañeros soldados. Esta simple semilla de una idea —de un solo hombre llevando un mensaje de un lugar a otro— se quedó conmigo y se convirtió en el punto de partida para ‘1917’”.

Mendes dedicó tiempo a la investigación de relatos de primera mano de esa época, muchos de los cuales se encuentran en el Museo Imperial de la Guerra en Londres. Mientras tomaba notas, Mendes comenzó a compilar fragmentos de historias de valentía frente al terror; con el tiempo, comenzó a unirlos en una sola historia.

Durante esta exploración, descubrió que la Primera Guerra Mundial estuvo muy arraigada en un área geográfica relativamente pequeña, y que tenía muy pocos desplazamientos lejanos.

“Fue principalmente una guerra de parálisis” expresa Mendes: “Una en la que millones perdieron la vida en un espacio de tierra de no más de 200 o 300 yardas. La gente se volvía famosa en todas partes del mundo por haber ganado pequeñas secciones de terreno en la Primera Guerra Mundial. En la Batalla de Vimy Ridge, por ejemplo, ganaron 500 yardas y sigue siendo uno de los mayores actos de heroísmo de la guerra. Entonces, la pregunta que me hice fue cómo contar una historia sobre un viaje épico, cuando en esencia, nadie viajó muy lejos”.

Su investigación se detuvo momentáneamente cuando Mendes descubrió lo que se convertiría en el telón de fondo de su historia.

En 1917 los alemanes se retiraron a lo que se conocía como Siegfriedstellung, o la Línea Hindenburg. Después de seis meses de planificación y excavación de un enorme sistema de trincheras de defensa y artillería profunda, los alemanes situaron una vasta cantidad de tropas en una nueva línea de defensa condensada e impresionantemente fortificada.

El cineasta analiza cómo encontró la narrativa propulsora de lo que se convertiría en su mayor desafío hasta la fecha.

“Hubo un breve período en el que, durante varios días, los británicos no sabían si los alemanes se habían retirado, replegado o entregado,” relata Mendes. “De repente, los británicos quedaron a la deriva en una tierra por la que literalmente habían pasado años luchando pero que nunca habían visto antes. Gran parte de ella había sido destruida por los alemanes, que no dejaron nada de valor duradero, destruyendo todo lo que pudiera sostener al enemigo. Cualquier elemento que tuviera un significado de belleza fue eliminado o destruido; pueblos, ciudades, animales, comida. Todos los árboles fueron talados. Se volvió relativamente impasible. Los británicos estaban solos en esta tierra desolada llena de francotiradores, minas terrestres y cables de viaje”.

Inspirado por los fragmentos de las historias de su abuelo, los relatos en primera persona que había investigado en el Museo Imperial de la Guerra —así como la idea de la operación mortal en la Línea Hindenburg— Mendes diseñó la estructura de la historia que se convirtió en la película «1917».

“Como la mayoría de las historias de guerra que admiraba, desde ‘All Quiet on the Western Front’ hasta ‘Apocalypse Now’, quería crear una ficción basada en hechos”, señala. Se acercó a su frecuente colaboradora Krysty Wilson-Cairns, quien, sin que Mendes lo supiera en ese momento, es una autoproclamada «nerd de la historia» y era ideal para conseguir el material. Y ahí comenzó su aventura.

Los mensajeros

Pippa Harris ha sido socia de Mendes en su compañía Neal Street Productions, y se conocen desde que eran niños. Estudiaron juntos en Cambridge y han unido fuerzas en muchos proyectos a través de la compañía Neal Street, que ambos dirigen junto con Caro Newling y Nicolas Brown.

Al igual que Mendes, Harris tiene una conexión personal con esa época. Cuando tenía veintitantos años, editó las cartas de Rupert Brooke, un poeta que estaba comprometido con su abuela antes de morir en la guerra.

“Después de editar esas cartas tuve una vista en detalle de la Primera Guerra Mundial, la terrible pérdida de vidas y lo que significaba para aquellos jóvenes que no tenían idea”, dice Harris: “Creo que nadie en Gran Bretaña en ese momento tenía idea de qué se trataba realmente la guerra. Era la primera vez que, a través de la poesía y los escritos de personas que estaban en el frente, la gente en casa comenzó a tener una idea clara de lo que realmente estaba sucediendo”.

Mendes y Harris estaban embelesados ante los minuciosos detalles de Wilson-Cairns y su habilidad para captar a los personajes. Tomando como base su historia compartida, Wilson-Cairns trabajó estrechamente con Mendes mientras escribían exactamente lo que necesitaban para el rodaje.

Juntos crearon la saga de los cabos interinos Lance Schofield y Blake, dos jóvenes a quienes se les asignó una misión aparentemente imposible: entregar un mensaje —en el corazón del territorio enemigo— que, de tener éxito, podría salvar la vida de 1.600 soldados británicos. Para Blake, la tarea era profundamente personal: su hermano era uno de los 1.600 hombres que morirían si ellos fracasaban.

“Escribí la estructura de una historia”, dice Mendes: “Después traje a Krysty que, a diferencia de mí, está acostumbrada a escribir ‘Página Uno, Escena Uno’ ¡y no se paraliza ante ello! Ella tomó la estructura de la historia y la puso en forma de guion, y luego pasé tres semanas muy agradables reescribiéndola y enviándola de ida y vuelta. Después de unos dos meses teníamos un borrador, y la película final está muy apegada a ese primer script”.

Mendes encontró que su coguionista era una investigadora perseverante, y partes adicionales de su historia épica fueron extraídas de relatos en primera persona que él y Wilson-Cairns encontraron. “Quería que la gente entendiera lo difícil que fue”, comenta: “En cierto sentido la película trata sobre el sacrificio…y cómo realmente ya no entendemos lo que eso significa: sacrificar todo por algo que te supera en todos los sentidos”.

Pequeña y gran escala

Mendes y Wilson-Cairns contaron con amplios recursos como punto de partida. “Cuando Sam y yo comenzamos a hablar sobre sus ideas, me cautivó por completo; básicamente aparecí en su casa”, dice Wilson-Cairns: “Intercambiamos muchos libros, ya que ambos teníamos tantos. Nos concentramos en relatos de primera mano, en soldados que contaban sus historias y en sus diarios. Gran parte de la investigación se centró en el estado de la situación real en 1917, así como en una visión general de la Línea Hindenburg y de esa retirada en específico”.

Al integrar una historia de dos jóvenes exhaustos en una situación extrema y aterradora, Mendes y Wilson-Cairns cuentan una historia que habla del valor de una generación que había sido puesta a prueba por las atrocidades de la guerra.

Mendes expresa: “Esperaba que al mirar a través del lente de una historia humana de menor tamaño, contada en tiempo real, pudiéramos acercarnos a expresar la inmensidad del paisaje y la escala de la destrucción. Ver la macro a través de la micro, por así decirlo”.

Animados por la cuenta regresiva en tiempo real de su guión, brindan una mirada al interior del viaje que realizaron innumerables soldados para proteger la vida de sus seres queridos, así como a muchos más a quienes no conocieron, ni conocerían jamás.

Mendes y Wilson-Cairns tenían poco interés en repetir los ritmos de películas anteriores. Necesitaban que la saga de Blake y Schofield se sintiera apremiante, relevante y fresca y que permitiera al público experimentar la misión al mismo tiempo que estos dos muchachos.

Esta oportunidad única para una joven escritora de coescribir una película de guerra fue la que atrajo enormemente a la guionista. “Sam no sabía esto cuando me llamó,” dice Wilson-Cairns: “Pero siempre me han interesado las guerras mundiales y pensaba que la Primera Guerra Mundial era particularmente fascinante y la pantalla grande había sido injusta con ella. Me encantan las películas de guerra, crecí con ellas y siempre quise escribir sobre una. No desperdicié esta oportunidad y me zambullí”.

Wilson-Cairns encontró algo intrínsecamente fascinante sobre el hecho de que los poderes globales de la época parecían incapaces de detener la carnicería. “La Primera Guerra Mundial fue la primera guerra donde hubo una masacre en masa”, relata Wilson-Cairns: “Fue la primera guerra mecánica en el sentido que representó la primera integración de la industria y la guerra. Lo que comenzó con cargas de infantería y caballos, rápidamente se convirtió en una guerra estática que se peleaba con tanques, ametralladoras, gases y aviones. Por ello, la muerte llegó a un nivel sin precedentes. Una de las cosas más extraordinarias de la Primera Guerra Mundial es que, durante cuatro años, 10 millones de personas se mataron entre sí y en ningún momento alguien dijo: Ya es suficiente”.

Tiempo real

Al igual que a la productora Harris, lo que también interesó a Wilson-Cairns fue la forma en que se contaban las historias de esa época. Cubrían toda la sociedad, incluidos actores, artistas, poetas y autores.

Muchos años antes de que nosotros supiéramos del trastorno de estrés postraumático, muchos no discutieron, privada o públicamente, su experiencia hasta que regresaron a casa, o muchos años después. Los trabajos que se crearon después de la guerra, junto con los diarios personales de relatos en primera persona, finalmente contaron la verdad de la guerra de una manera diferente, centrándose en su devastador impacto en la humanidad.

“La Gran Guerra fue contada y presentada de una manera muy diferente a las guerras anteriores”, señala Wilson-Cairns: «No se trataba de ‘The Last of the Light Brigade’ de Kipling, ni de informes de hechos a nivel superficial. Había poesía, ficción y pintura, y una gran cantidad de relatos en primera persona de experiencias vividas».

Mientras elaboraban la narrativa y el diálogo, lo que sorprendió a Mendes y Wilson-Cairns fue la profundidad del terror que sus dos jóvenes habrían experimentado al intentar transmitir este mensaje a través del vasto páramo.

“Estos son momentos de verdadero aislamiento y soledad contra la gran adversidad”, expresa Wilson-Cairns: “Hay francotiradores alrededor, y quién sabe qué otros peligros habría en la tierra y en las ciudades más alejadas. Y desde el punto de vista de una gran historia y película, creo que la acción en tiempo presente de la película es fascinante».

Ella admite que uno de los mayores desafíos al escribir la película fue que, en cada día de rodaje, el diálogo a veces tuvo que ser reescrito y finalizado rápidamente.

“Debido a la naturaleza de ‘1917’, no hubo edición”, dice Wilson-Cairns: “No hubo una reescritura final. La historia y el diálogo estaban muy establecidos y definidos cuando terminábamos el rodaje cada día, y realmente no había ninguna opción para cambiarlo en la posproducción. Literalmente, después de cada toma, elegíamos nuestra favorita y luego la empatábamos. Ni siquiera teníamos la opción de usar diferentes tomas”.