El auge del neo-nacionalismo venezolano

En su altar veneran por igual a Marcos Pérez Jiménez y a Renny Ottolina. Son, por supuesto, antichavistas y casi con el mismo encono desprecian a partidos, figuras y organizaciones de oposición; el feminismo les huele a izquierda y su terreno de "batalla" favorito son las redes sociales

Un espectro recorre el ciberespacio: el espectro del neo-nacionalismo venezolano.

 

Informal, el movimiento adopta los emojis de payasos y los memes de ranas de la alt-right norteamericana mientras se enfrenta pasionalmente –vía Twitter– con pro-abortistas argentinas de pañuelo verde que confunden feminismo con socialismo. Repugnados por la globalización y las elites liberales globales, simpatizan con los populismos de derechas de Bolsonaro y Trump, son acérrimos enemigos del progresismo social, creen en el “marxismo cultural” y en la “ideología de género”, niegan el cambio climático y ven en Pérez Jiménez un mesías: son más Vox que María Corina; más Ann Coulter que Carlos Rangel.

El neo-nacionalismo criollo existe en los márgenes más allá de la derecha venezolana de Vente y sus aliados de Soy Venezuela, aquella derecha formal y nueva que ahora puede responder al “¿Y cuál derecha?” que preguntaba genuinamente la revista Exceso en 2005 al hablar de las acusaciones del chavismo contra María Corina Machado y Súmate. Sin partido político que los unifique (aunque quizás ya llegó ese día), sus adherentes –en su mayoría hombres jóvenes, en especial adolescentes– revolotean por los comentarios de Instagram y de Twitter entre discusiones y trolleo burdamente hostil.

Aunque son (y bien válidamente) tenaces anti-chavistas, los neo-nacionalistas rechazan al establishmen político opositor en su totalidad: a María Corina y sus radicalmente liberales (aunque a veces simpaticen), de tweets de orgullo LGBT pero asesores bíblicamente conservadores; a la MUD, sus escisiones posteriores y el gobierno débil de Guaidó; a Acción Democrática, donde se encuentre aquel día en el espectro político; y a la oposición títere de Falcón y Zambrano que todos denuncian por igual.

Aunque son aficionados del caudillismo republicano, de los gendarmes necesarios y de los mapas de una Venezuela grandota sin ser mutilada por laudos arbitrarios e imperialismo británico, los neo-nacionalistas parecen no tener mucho entendimiento de su sociedad y política: irónicamente, los anti-globalizadores venezolanos han resultado ser las mayores víctimas de la globalización informática.

Así, han copiado –en un copy-paste del Norte al Sur, sin mucho sentido y sin ningún contexto– el discurso de los sectores más radicales de la derecha norteamericana: menos Reagan y Bush y más Coulter, Breitbart y Yiannopoulos. Por ende, desde la violenta Caracas con su escasez y su emigración masiva, rechazan el mentado ‘gun control’, creen que el calentamiento global es un invento de la izquierda, transforman al feminismo y al movimiento LGTB –a través de una burda generalización– en la truculenta ‘ideología de género’, equivalen ecologismo con comunismo, ven a los movimientos identidarios (por muy ridículos o tóxicos que sean) como parte de una conspiración de “marxismo cultural”, proponen severas medidas anti-inmigración y esbozan valores paleoconservadores de sociedad presbiteriana y puritana en Venezuela: un país que es conservador de la boca para afuera.

Porque, ¿qué valores tradicionales quieren conservar en un país que tiene divorcio desde 1904 –proceso que Argentina no legalizó hasta 1987, Colombia hasta 1991 y Chile hasta 2004– y que reconoció la identidad transgénero en 1977, antes que cualquier país latinoamericano? ¿En un país que amenazó con crear su propia iglesia cristiana, al estilo anglicano, durante el guzmancismo y que fue el primero del mundo en abolir la pena de muerte?

 

Quizás, por esa búsqueda de valores originarios o de importación de ideales protestantes, el movimiento ha surgido por las mismas causas sociales que han resultado en los pentecostales latinoamericanos y en el surgimiento del evangelismo en América Latina: el mismo que, y casualidad no es, ha servido de base de apoyo para Bolsonaro, un evangélico converso. Además, la Iglesia Católica, desde los años sesenta con la proliferación de la teología de la liberación, ha coqueteado –basándose en sus doctrinas de justicia social– con la izquierda política: alineando así a sectores conservadores que reviven, una vez más, la leyenda negra y el repudio a la hispanidad para reemplazarla con ideales anglosajones.

Aunque los neo-nacionalistas criollos suelen ser intransigentes adeptos del libre mercado en su forma más pura, quizás alejándolos un poco de las políticas proteccionistas que sus pares piden en Europa y Norteamérica, estos han convertido a Marcos Pérez Jiménez y a Renny Ottolina en una suerte de próceres o profetas de su causa autocrática mientras dejan sus propuestas económicas de lado.

En el caso del primero, los neo-nacionalistas venezolanos le adjudican el progreso entero del país y lo libran de todo pecado mientras esperan su retorno mesiánico para acabar con los lastres estadistas tanto de socialdemócratas como de socialistas: una situación irónica, y hasta mitológica, si se toma en consideración las verdaderas políticas económicas del general gocho. Realmente estatista, Pérez Jiménez en la práctica afianzó el proceso de desarrollo económico público sobre el privado –y el control estatal sobre los recursos naturales– que había iniciado con el fin del gomecismo. Su sistema mixto, similar al peronismo, incluso se valió de comparaciones con el sistema colectivista soviético, como demuestra el diario perezjimenista El Heraldo donde se dijo que Venezuela “tiene un capitalismo de Estado muy parecido al que impera en la Unión Soviética” y que “nuestro sentimiento igualitario inspira realizaciones sociales de vastas proyecciones. Cualquier país colectivista envidiaría las Casas Sindicales y las Concentraciones Escolares al alcance de todo ciudadano, así como los servicios sanitarios y asistenciales”. Una pesadilla para Hayek, Friedman y los tecnócratas de CAP 2.

Ottolina, por su parte, figura en el imaginario de extrema derecha criollo como un profeta sacrificado en su lucha contra la inmundicia adeco-copeyana: probablemente por su discurso donde afianza la ley y orden y su crítica al partidismo en contraposición a la meritocracia. Aun así, poco se mencionan las políticas económicas que propuso el animador televiso durante su candidatura abruptamente interrumpida (asesinado por Carlos Andrés Pérez, según los neo-nacionalistas): hacer de Venezuela una potencia agrícola donde surja la Gran Corporación Campesina, que tenga sociedades de participación para los campesinos que serán dueños de sus tierras en un modelo que podría estar inspirado tanto en la Unión Soviética como en el Midwest norteamericano, pues Ottolina admiraba el sistema agrícola de ambas potencias. Así, una vez más, nos encontramos con un modelo corporativista.

De esta manera, entre un dictador que hace ecos a los sistemas colectivistas de Perón y Mussolini y un carismático animador de televisión muerto en accidente aéreo, los neo-nacionalistas han creado una incongruente dinastía política de “la derecha venezolana” que promueven en sus cruzadas por Twitter y cuentas nacionalistas de Instagram.

¿Pero, además de sus incontables soldados del ciberespacio, quiénes le dan rostro al neo-nacionalismo venezolano? ¿Quiénes son los herederos de la supuesta dinastía perezjimenista-ottolinista hoy? La respuesta nos pone en un terreno embarrador y confuso: ¿Acaso PanAm Post y su línea trumpista, donde a veces figuran términos como ‘ideología de género’ y ‘marxismo cultural’? ¿Enrique Aristiguieta y Roberto Smith con sus tweets homofóbicos? ¿El acérrimo bolsonarista Rodrick Navarro, tuiteando contra los musulmanes de Margarita?

No, pues de una forma u otra estas controvertidas personalidades se alinean, usualmente en una línea conservadora y que muchas veces no es la más democrática, a la derecha ordoliberal de Vente o a una propuesta libertaria como en el caso de Navarro y su Rumbo Libertad –un proyecto libertario pero con propuestas ecologistas y globalistas, que también esboza el derecho a poseer armas.

El neo-nacionalismo, entonces, puede ser encontrado de manera más formal en personalidades como el youtuber neoperezjimenista John Patrick Acquaviva –conocido por sus debates, su conservadurismo y su nacionalismo que lo han llevado a confrontaciones hasta con el movimiento libertario– y en grupos grassroots como Orden (un movimiento perezjimenista que se autodefine como antiliberal, antidemocrático y nacionalista pero que esboza la creencia clásica venezolana del mestizaje como valor nacional, a lo Vasconcelos o a lo Centello Vallenilla) o el partido Derecha Democrática Popular (fundado en septiembre de este año y que solicitó al CNE el nombre “Vox de Venezuela”).

A su vez, el neo-nacionalismo venezolano –un zombie perezjimenista– ha recibido críticas y contraataques en redes sociales, tales como un artículo de El Estímulo (donde además se disecciona la celebración del perezjimenismo por parte del chavismo) o la opinión de varias personalidades: desde el filósofo de redes Erik del Búfalo (quien los llamó burlonamente “millenials perezjimenistas mártires”), pasando por el escritor Rodrigo Blanco Calderón (que los nombró “nueva derecha monjil venezolana”, en contraposición a “los mudecos socialistoides”), hasta la profesora Maruja Tarre que se ha referido al movimiento como “novedosa derecha trasplantada” mientras se pregunta retóricamente si “¿se darán cuenta los fascistoides venezolanos que nosotros NO somos blancos?”.

Aun así, el neo-nacionalismo venezolano es una reacción obvia dentro del contexto sociopolítico del país: una república despedazada ha hecho una implosión económica, huérfana de liderazgos opositores fuertes que puedan retar el régimen de ultraizquierda que la ha llevado a la ruina, donde el Estado ha perdido autoridad ante bandas y grupos terroristas que han hecho de Venezuela una bacanal anárquica de gandolas saqueadas, cárceles con discotecas, arcos mineros, ‘zonas de paz’, brujería con cabezas de jaguares, zoológicos diezmados por el hambre humana y hasta reportes de canibalismo. Una pesadilla sin rienda que ha dejado hueco al proyecto positivista de encaminar al país en el orden y el progreso: que le ha arrancado la carne y los huesos a la modernidad.

Pero, existiendo como reacción a la pantomima chavista y al vacío dejado por el desbaratamiento de las oposiciones, las premisas del neo-nacionalismo resultan ser contraproducentes: no solo por su creencia en teorías de conspiración como la ‘ideología de género’ y ‘el marxismo cultural’, que deslegitimizan la oposición a la izquierda regresiva y a los movimientos identidarios que también rayan en lo anti-fáctico, si no por su propuesta política de una ‘mano dura’ –propuesta emocional y reaccionaria; hasta mesiánica– que responde a las mismas pulsiones caudillistas en nuestra sociedad que ocasionaron al chavismo en primer lugar.

¿No fue acaso el deseo de una dictadura mesiánica, una mano dura que resuelva todos los problemas, lo que resultó en el militarismo chavista tomando el poder? ¿No fue el deseo mesiánico, aunque de izquierda, lo que ocasionó este populismo voraz que dejó a Venezuela transformada en un panorama de fábricas oxidadas y trenes sin terminar?

 

El neo-nacionalismo –aunque esboce una economía de libre mercado– no dista del chavismo en su desprecio por la vida humana. ¿Qué se puede esperar de un movimiento que celebra las matanzas de la operación Cóndor, ‘los paseos en helicóptero’ de Pinochet, que poco distan de los fusilamientos de los Castro y los sandinistas? ¿Un movimiento que idolatra a un gobierno que –a pesar de incontables obras públicas, seguridad y bienestar económico– se definió por la preeminencia de los militares sobre la vida civil, la censura, la corrupción, la suspensión de garantías constitucionales, la tortura y las prisiones infrahumanas?

Bien dice Blanco Calderón que “quienes reivindican a Pérez Jiménez y además despachan a Betancourt diciendo que era comunista (…) beben de las fuentes históricas del chavismo. Fuentes chabacanas y delirantes.” Así, el neo-nacionalismo venezolano es una amenaza iliberal para Venezuela: una verdadera ultraderecha que no le tiembla la mano en tomar nuestro péndulo inmundo y lanzarlo a la otra esquina. ¿De qué sirve anhelar a Estados Unidos si, buscando ídolos de bota militar que corten la cabeza de la disidencia, se rechazan los principios – la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de prensa o el derecho a la reunión – que han convertido a esa nación en esa gran shining city on a hill?

El futuro de nuestra República depende de los valores de la democracia liberal, del respeto tanto de la propiedad como de los derechos ciudadanos, y del respeto a las garantías que nos brinda la Constitución: y el neo-nacionalismo criollo, en sintonía con los nuevos populismos de derecha y del evangelismo político latinoamericano (que en Venezuela ya muestra cara con Javier Bertucci y su propuesta de cadenas bíblicas), ladra y amenaza con sus planes iliberales y autocráticos que además igualan libertades para grupos marginados con marramucias de la ultraizquierda.

Nada habremos aprendido de esta telenovela maldita, con las vueltas grotescas que ha dado recientemente, si su episodio final termina con un Pinochet tropical que beba ron Santa Teresa mientras afianza la destrucción amazónica que el chavismo empezó pues –dirá el general– “el ecologismo es comunismo”: y ¡qué terror! Porque el petróleo emborracha y carcome a todo el que tiene la desdicha de sentarse en Miraflores.