El Cubo de Rubik no es cosa de genios

Curiosidad, confusión, frustración y a veces abandono son algunas de las reacciones que afloran cuando alguien se enfrenta a un cubo de Rubik por primera vez

En 1974, un profesor y arquitecto húngaro con aficiones de inventor, estaría por revolucionar al mundo con un proyecto personal. ¿Tendría alguna idea de lo que provocaría su creación?

El juguete que sería inicialmente patentado como “Magic Cube” fue concebido mientras Ernö Rubik daba clases en la Universidad de Artes Aplicadas de Budapest. Era un juguete tosco, un conjunto de bloques de madera unidos por ligas en su interior. Quiso, según dijo a CNN en 2012, “dar a mis estudiantes un buen reto”.

 

magiccube

 

El rompecabezas parece complicado, pero no lo es. Está compuesto por 26 piezas únicas de las cuales 12 son “bordes”, ubicados siempre entre las “esquinas”, de las cuales hay 8, y que se mueven alrededor de los 6 “centros”.

Cada cara tiene un centro, que no cambia de lugar, alrededor del cual se colocan las demás piezas que también tienen “puestos” determinados: una esquina nunca estará en el lugar de un borde y viceversa, por ejemplo.

El retador del cubo tiene a su disposición un arsenal de algoritmos y estrategias lógicas para poder armarlo. Quienes lo arman lo más rápido posible, siempre intentando ver menores dígitos en el cronómetro, son los que practican speedcubing.

La destreza, precisión y seguridad que estos muchachos tienen al manipular el cubo con apenas las yemas de sus dedos –a veces sólo de una mano- es algo digno de admirar. Además, parece inconcebible ver los números del reloj cuando terminan de resolver el rompecabezas: 10 segundos o menos.

Javier Rangel es estudiante de la Universidad Central de Venezuela y promotor de la campaña ‘Speedcubing UCV‘. Cuenta en una entrevista a El Estímulo que comenzó hace 4 años, y por simple curiosidad.

Vio que un amigo lo resolvió frente a él, quiso intentarlo y le pidió que le enseñara. Poco tiempo después se compró un cubo de piñata, de esos que crujen cuando se mueven las piezas, se quedan trancados y a veces explotan si no se tiene cuidado armándolo.

“Yo lo resolvía en el metro. Un día iba tranquilo, practicando, y el cubo se desarmó. Las piezas salieron volando y unas le pegaron a una señora en la cara”, recuerda entre risas. Empezó poco a poco, utilizando un método para principiantes. Esta estrategia se caracteriza por introducir los principios del cubo y no se enfoca tanto en memorizar algoritmos, sino en conocer cómo funciona el juguete.

Después, pasó a uno de los métodos más utilizados en el speedcubing: CFOP o método Fridrich, llamado así por Jessica Fridrich, una profesora checa que lo documentó y publicó. Este se fundamenta en la resolución de una “cruz” del color de la cara inferior, seguida de la de las dos capas siguientes -de abajo hacia arriba-, para terminar resolviendo la última capa en dos pasos separados. Es en estos dos pasos donde los speedcubers memorizan más de 75 algoritmos para reducir su tiempo de solución.

 

CFOP

 

Javier cuenta que habiendo dominado el método Fridrich, “empecé en la categoría de una mano y cambié mis algoritmos para que fuesen más cómodos”. No es muy partidario de seguir guías o instrucciones; prefiere hacer sus propias reglas.

Pudo obtener records nacionales cuando no estudiaba en la universidad, ya que estuvo año y medio practicando “todos los días, sin soltar el cubo”. Guiado por el eslogan de las campañas promotoras de speedcubing a nivel mundial, “Tú también puedes hacerlo”, Javier busca que todo el que se rasque la cabeza por no resolver el rompecabezas pueda aprender y formar parte de la comunidad.

“Esto no es algo de otro mundo, no es para genios. No hay que decepcionarse por no lograrlo a la primera, sino que es algo que se alcanza con práctica”, afirma el estudiante.

Sostiene que la única forma de aprender y mejorar, es seguir intentando y practicando, pero en caso de no poder, “hacer lo que hacemos todos: buscar ayuda”.

Como en muchas otras comunidades, la solicitud de ayuda es bien recibida por los speedcubers. Aconsejar a alguien para que reduzca sus tiempos, agarre el cubo de otra forma o aprenda a resolver un rompecabezas nuevo, es una fórmula segura para una buena amistad.

Por otra parte, Kevin Ruiz, plusmarquista nacional en la categoría del cubo 3x3x3, con récord de resolución promedio (se resuelve cinco veces, se quitan el mejor y peor tiempo, y se promedian los tres restantes) de 9.92 segundos, explica que no se debe “perder la motivación de armarlo, así como tener paciencia, porque a veces es estresante”.

El veterano confiesa que a veces se siente frustrado cuando no logra reducir sus tiempos durante un período largo. Sin embargo, no se rinde y sigue practicando.

Asimismo, Axel Martínez, quien comenzó apenas hace nueve meses y ya promedia 23 segundos con el método Fridrich, considera que rendirse no es una opción y además, ha encontrado inspiración en personajes como Javier y Kevin para “mejorar cada día más, y una de mis metas es tener un record nacional”.

Más que un juguete

Para facilitar la introducción al speedcubing y motivar su aprendizaje, Javier ha recopilado una bibliografía extensa de guías para varios tipos de twisty puzzle, algunas hechas por él. No hay excusas para no intentar resolverlos.

Y es que el cubo va más allá de los tiempos récord y los centenares de algoritmos memorizados. Representa la unión de una subcultura que vale la pena ver crecer.

Los tres speedcubers concuerdan en que ejercita la mente, pero específicamente, han notado mejoras en su memoria, reconocimiento espacial, destreza manual, coordinación mano-ojo, reconocimiento de patrones, reflejos y resolución de problemas con la mayor eficiencia posible.

Con respecto a la memoria, Javier comenta que “muchos empezamos aprendiendo 4 o 5 algoritmos. Te vas exigiendo más y cuando te das cuenta ya te sabes un promedio de entre 100 y 200 algoritmos”. Además, es incluso una buena terapia contra la ansiedad, ya que se tiene algo que hacer y en lo que ocupar la mente por un rato.

Aparte de los beneficios psicológicos mencionados, el hecho de entrar en una comunidad receptiva, con los mismos intereses, y en la que se recibe y da ayuda por igual es también un beneficio.

“He hecho amistades muy cercanas dentro de la comunidad y sé que puedo consultar cualquier problema de cualquier cosa con ellos”, explica Kevin. Por otro lado, Axel confiesa que “cuando comencé no me sentía muy bien (…) y hacer speedcubing me ayudó a sentirme mejor conmigo mismo, y me ha subido mucho el ánimo en general”.

De nuevo, no hay excusas para no intentarlo. Sal de tu casa, ve a tu piñatería más cercana, compra tu primer cubo y ponte a pensar. Eso sí, ten cuidado con las señoras en el metro.