El día que Bad Bunny me hizo botar el perico

Recaer es sencillo. Lo difícil es mantenerse limpio. Algo te dispara el riesgo, te vas dejando llevar por la velocidad de las cosas por el dolor que te sorprende. Por suerte la salvación también sorprende. Quién lo diría, Bad Bunny

No sé ni cuándo empezó a dolerme el divorcio de mis papás (ni cuando empecé a escuchar Bad Bunny), pero no fue apenas pasó. Supongo que no me lo creía. También me sentía un tanto ridículo tomándome tan a pecho eso a mis veinte y tantos años, pero asumo que hay aspectos de mí que no dejarán de pertenecerle al niño que fui. O soy.

Llevaba sobrio cuatro años, bueno, llevo. Ese día tenía mucho encima: estrés laboral, una crisis existencial, aburrimiento romántico y eso, el divorcio de mis papás.

El ron ha sido una buena muleta porque la he sabido usar, creo. También porque me gusta, pero creo que no me gusta tanto como para ser alcohólico. Al menos esa es la teoría.

No pasaba lo mismo con la cocaína.

Empecé en casa de unos panas, me tomé unos whiskys que me invitaron con el gusto de lo que es invitado en la Venezuela de hoy. Sé que tengo ansiedad cuando empiezo a fumar más de la cuenta. En poco más de dos horas me había fumado 10 cigarros y bebido 5 whiskys.

La parte interesante de la conversación se acabó y mis amigos empezaron a bostezar. Mi error fue no comunicar lo que sentía más allá de pintarme en la cara una sonrisa falsa. No quería estorbar.

Llegué a mi casa y no fue suficiente. Sentía una furia infrenable que quería transformar en borrachera. Ya no estaba triste ni ansioso. Me mandé tres cuartos de botella de Santa Teresa, pasándolo con agua, agarré unos dólares en efectivo y salí a la calle.

En Caracas es más fácil conseguir cocaína a las 2 de la madrugada que agua, bastó con irme a un local nocturno donde un conocido guardia siempre vende.

“¡Marico, pensé que te habías muerto! Tenías tiempo sin venir”, me dijo cuando le di la mano.

Sí, mamagüevo, tenía 4 años sin venir.

Hice el intercambio de siempre: a él le interesaba mi dinero y a mí lo que él cargaba. Me fui con destino a un putero, para seguir con los excesos de felicidad artificial que conocía. Los viejos amigos.

A 120 kilómetros por hora ya empecé a pasar a la mayoría de los carros en la autopista Francisco Fajardo. A 140, se sentía casi igual. A 160, las curvas se me enfrentaban cada vez más rápido, obviamente y a 180 sentía que me iba a matar.

Me asusté y bajé la velocidad. Agarré el distribuidor Altamira a unos 60 por hora.

El Spotify estaba en shuffle en un playlist de hip hop. Ni sabía lo que estaba sonando.

“Me ven y me preguntan por qué visto caro, eh
¿Tú no ves que yo soy caro?
De lejos se nota que mi flow es caro, eh
Que con nadie me comparo
Yo le llego y normal, ey
Me miran raro, eh
Pero a nada yo le paro”

Me cagué de la risa dentro de mi locura y la canción de Bad Bunny y di la vuelta hacia Las Mercedes, donde vive un amigo. Ya no quería ir al putero.

Yo no visto caro, bueno, puede que a veces, pero no es un patrón en mi vida ni algo que me importe. Pero sí considero que tengo “flow”, como dice Bad Bunny. Eso sí es caro.

Creo que he pasado tanto en tan poco tiempo de mi vida que siempre me ha parecido egoísta tirar todo por la borda por un problema. Todos tenemos problemas. Eso pensé ahí.

Hay recaídas y recaídas conductuales. Eso me enseñaron en rehabilitación. Estaba en mí qué tipo de recaída iba a ser.

Tiré la bolsa de 3 gramos de cocaína por la ventana. Ojalá nadie la haya encontrado. Aceleré, ahora con tranquilidad y me di cuenta de que estaba muy borracho, así que me fui a mi casa.

No todos podemos tener la misma perspectiva, pero el momento de claridad que me dio esa canción fue como mandado por Dios, o bueno, en este caso por Bad Bunny.