<iframe src="//www.googletagmanager.com/ns.html?id=GTM-K8BB9HX&l=dataLayer" height="0" width="0" style="display:none;visibility:hidden"></iframe>

El día que cuadré un trío y un baño con agua caliente

"La única regla es que no te puedes enamorar". Eso le advirtieron antes de empezar la acción. Pero es posible que no haya seguido la norma, a juzgar por lo que cuenta aquí

El día que cuadré un trío y un baño con agua caliente

No era la primera vez que hacía un trío, pero los nervios eran los mismos que sentí hace diez años en esa fiesta en la que terminé en la habitación de una pareja que me enseñó buena parte de las cosas que sé hacer cuando tiro el pantalón al piso.

Volvió a pasar una década después. Les gusté a él y a él: Miguel Alejandro y Carlos Armando. Llamaron de un número desconocido para confirmar mi ubicación. Me dijeron la marca y el color del carro en el que pasarían buscándome. Yo me persigné, o intenté recordar cómo se hacía, para pedirle a Dios que esto no fuera un secuestro, porque qué pena con esa gente cuando mi mamá les ofreciera el Orbitrek y un juego de cubiertos de plata a cambio de mi vida.

Parpadearon las luces de un carro, el que menos sospechaba. Me confirmaron que eran ellos con un cornetazo. Me cagué. Yo iba caminando hacia allá torpemente, siempre me pasa cuando siento que me observan.

“Épale. ¿Qué más? Oye, ya vieron que yo no sé nada de marcas de carros. Ya me iba a montar en uno que no era”, solté para romper el hielo mientras me acomodaba en el asiento trasero. Escuché risas. Sus rostros todavía eran dos misterios. El retrovisor fue el punto de encuentro de nuestras miradas. Los dos voltearon al mismo tiempo para escanearme. Hubo cinco segundos de silencio que terminaron con un gesto de complicidad entre ellos. Se tomaron de la mano y empezó la entrevista mientras llegábamos a su apartamento.

En el triángulo estaba Miguel Alejandro, un artista plástico, moreno con la barba negra como la chemisse Adidas que cargaba después de salir del gimnasio; Carlos Armando, su asistente, un catire futbolista que no presume lo suficiente sus dientes perfectos y sus batatas cinceladas; y por último, Iván Jesús de la Santísima Trinidad, un pendejo que salió de su casa sin el cargador del celular, con los interiores rotos y el güevo peluo, porque no tenía pensado levantarse de su cama ese día. Todo fue improvisado.

Subimos al ascensor con la que parecía ser la tesorera de la junta de condominio. Nos juzgaba con la mirada, sacó su regla de tres: “Los del 5G van a hacer un trío”. Ellos parecían leer su mente y disfrutar de la molestia infundada de la vieja chismosa. Se abrieron las puertas, nos bajamos. “Hasta luego señora Cecilia”, dijo Miguel antes de darnos una nalgada a Carlos y otra a mí, mientras las puertas del ascensor se cerraban y eclipsaban la cara de horror de ella.

Sentí otro chispazo. ¿Adrenalina, tal vez? Eran guapos y atentos, una amenaza para mi salud mental. Si un tipo como alguno de ellos me sonriera en la calle yo voy a sospechar que quiere ganar una apuesta o que me quiere sacar un riñón. Este no fue el caso (o por lo menos no me dejaron cicatrices de nada).

Entramos al apartamento, ¿o una galería de arte? Todo en esa casa estaba en armonía. Los cuadros, las esculturas, Arcade Fire de fondo y un mueble de cuero en el que aterrizamos apenas llegamos.

-¿Fumas?- preguntaron al mismo tiempo.
-¿Qué?- la respuesta de siempre.

Prendimos un porro, pusimos música, comimos mozzarella empanizada con salsa de tomate casera y casabitos con queso de cabra. Pura sifrinería que me encantaba.

Hablamos de lo buena que está Dua Lipa, de que quieren adoptar un perro, de cómo abrieron su relación, de cómo divorciaron su concepto de fidelidad de la acepción convencional porque para amar no hace falta exclusividad sexual, que dejar la correa suelta y no escaparse es querer de verdad.

-¿Todo esto es real? Disculpen la pregunta cursi, pero es que de verdad no entiendo por qué todo esto en tan perfecto. Ustedes pudieran estar hoy con un bicho que esté bueno, tenga plata y conozca mundo, como ustedes- les dije.

-El mundo te lo estás perdiendo tú porque quieres, Iván. No hay nada menos sexy que la inseguridad. Nosotros podemos ayudarte a que oigas menos esas voces. Teníamos otras opciones para esta noche, pero queríamos estar contigo- soltó Miguel y Carlos sonrió asintiendo.

-En está sala hay tres Ivanes, tres versiones de ti. La que tengo yo, la que tiene Miguel y la que tienes tú de ti mismo. Ojalá pudiéramos prestarte nuestros ojos para que vieras a quién tenemos al frente- soltó Carlos.

-Estás aquí por algo, llegaste a nuestra casa por algo. Nada es casualidad- siguió Miguel.

-¿Esto es una psicoterapia con final feliz?- dije entre asustado y fascinado.

-Algo así. La única regla es que no te puedes enamorar.

 

Habíamos comenzado el sexo sin siquiera tocarnos. La conversación me sacudió, me puso a pensar, la tensión necesitaba un escape. Seguíamos echados en el sofá, hicimos un laberinto con las piernas, las manos tenían pasaporte diplomático, se paseaban a su antojo, sin restricciones. Los dedos se me enredaban en el cabello de Miguel, y su índice se mudó a mi ombligo. El pulgar de Carlos daba vueltas sobre mis labios. Lo recibí con una mordida amable.

Miguel me zampó un beso y no opuse resistencia. Su respiración se aceleró, no más que sus manos cuando me quitaron la camisa y la correa en tiempo récord. Carlos se empezó a comer mi cuello, desde allí viajó por mi espalda montado en su lengua, de arriba a abajo, llegó hasta el final de la avenida, y allí se estacionó.

Carlos se arrodilló, bajó el cierre con los dientes, y me tumbó en el mueble para darme un boleto ida y vuelta al País de Las Maravillas del Sexo Oral. Los ojos se me pusieron blancos y los dedos de los pies se retorcían de placer.

Era un festival de carne y química. Dejamos al desnudo nuestros complejos. La barriga, las estrías, la flacidez, los lunares. Las imperfecciones de tres cuerpos desvestidos no hicieron ruido esa noche en la que se me olvidó cómo sentir y deletrear “miedo”. La felicidad se unió para formar un cuarteto.

Marcamos territorio en todo el apartamento. En la cocina, el comedor y terminamos en el baño. Pusimos música en el celular y fuimos por el tercer round. Yo me metí a la ducha mientras Carlos y Miguel me ofrecían un show privado de sexo en vivo detras del vidrio. No sabía si estaba excitado por verlos a ellos o porque tenía como tres años sin bañarme con agua caliente. ¡Ufff!. Lo recuerdo y me dan ganas de gastarme los ahorros en un tanque de agua y un calentador.

Salí de la regadera y volvimos a donde todo empezó: al mueble de la sala. Cerramos los ojos, repartimos las caricias salvajes en partes iguales, sincronizamos los besos, nos adivinamos el cuerpo con las manos. La lengua de Miguel volvió a dibujar el tatuaje que tiene Carlos en las costillas, yo hice escala en su nuca con un beso, mi pecho era un dique para sus jadeos. Descubrí nuevos músculos y obsesiones.

Me aprendí la geografía de sus cuerpos. Sus atajos, sus puntos débiles, las zonas que se sonrojan más rápido si les insistes con la boca. Mientras seguíamos explorándonos, empezó a erizarse la piel de los tres. Era la antesala de un orgasmo colectivo. El sudor seguía su cauce y la respiración se nos hacía intermitente. El final estaba cerca. Explotamos al mismo tiempo. Nos quedamos en negro durante más de un minuto. O no sé, perdí la noción de todo, no sé cómo se mide el tiempo en el planeta al que me llevaron ni cuántas lunas tiene.

Silencio absoluto. Poco a poco fuimos recuperando los sentidos, se vaciaron con un disparo que nos reinició. Allí estábamos los tres tirados en el sofá, viendo al techo y despertando del sueño que tuvimos con los ojos abiertos.

Carlos se levantó. Abrió la ventana de la cocina y selló el momento con una pregunta que me conmovió: “Iván ¿Quieres Toddy?”

¿Cómo coño quieren que no me enamore?

Debo ir con cuidado. Los triángulos amorosos pocas veces son equiláteros. Y ya tengo experiencia en el papel de ángulo obtuso.