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El día que me salvó el cátcher de los Red Sox

Antonio Matheus Suárez salió un día a protestar en Maracaibo. Y por poco no regresa para contarlo: pero encontró a un salvador con el uniforme de los Red Sox

Yo no sé si alguna vez han estado en una protesta masiva en un lugar donde un régimen represivo manda, pero déjenme decirles algo: no es tan divertido como suena. Nunca he sido muy dado a las demostraciones, pero todo el mundo llega a la etapa de “es suficiente”. Y no es como si tuviera mucho en mi vida tampoco, a fin de cuentas es algo que hacer, siempre es bueno salir de la casa un rato.

El último día de abril del año pasado llegué al mediodía a la avenida 5 de Julio, una de las principales de Maracaibo. Desde el arranque, la magnitud del volumen de personas era asombrosa: decenas de miles, contando a un buen número de ciudadanos de la tercera edad y familias completas con niños incluidos.

Inmediatamente me sentí raro. Me sentí fuera de lugar, como Tom Waits en los Kids Choice Awards de Nickelodeon.

No me gustan para nada los cantos colectivos. Por cuánto tiempo puedes gritar “libertad – libertad – libertad” antes de que se ponga raro?

Yo visité el Fenway Park en los 90, y a pesar de estar muy emocionado no pude reunir el entusiasmo para unirme en el grito “Let´s-Go-Red-Sox!”. Eso de los gritos parece medio de culto, siento que si me uno estoy un paso más cerca de tomarme un Kool-Aid raro mientras espero a que llegue la nave espacial extraterrestre a buscarnos.

Luego encontré algo que sí disfruté cabalmente. Cuando las consignas paran, después de unos 17 segundos de “libertad – libertad”, viene un silencio incómodo, una pausa de oro en la que de repente pareciera que diez mil personas están en el mismo ascensor. Lo único que se puede oír en ese momento es mi risa fuera de lugar.

Así que seguí caminando entre los cantos, y decidí adelantarme al frente de la multitud. Yo pensé que éramos demasiados contra una barricada muy pequeña de no más de 20 guardias nacionales, así que no podían atreverse a hacer algo.

Grave error de cálculo.

De repente los guardias empezaron a disparar gases lacrimógenos. No lo podía creer, especialmente considerando la demografía de los que estábamos allí, pero se desató la locura. Gente corriendo hacia todas las direcciones con gritos de desesperación: era el sonido de la fibra de la sociedad destruyéndose en mil pedazos. Y en ese momento, sentí el ardor.

El gas lacrimógeno se siente como si te cayera champú en los ojos, pero toda tu cara es un gran ojo que no puede cerrarse. No me sorprendería para nada que Procter & Gamble esté en el negocio de la producción de armas; de hecho, creo que deberíamos investigar el asunto.

¿Energía Red Sox?

Con todos los gritos y el pánico, y la agudísima molestia producto del gas, caí al suelo, de rodillas en el asfalto, y pensé que esta sería mi última desventura hasta que ocurrió lo inesperado.

Miré hacia arriba y allí estaba Sandy León.

Sí, ese Sandy León, cátcher de los Red Sox de Boston campeones de la Serie Mundial del 2018. Ok, no era que estaba allí, era una valla inmensa con su cara, y aunque él es un héroe local, yo pensé: “esta no puede ser la última imagen que vea en mi vida, Sandy León promocionando a una empresa de envíos desconocida… con la verga”.

Sin dudas fue un envión anímico ver esa cara. Prácticamente lo mismo que si el propio León me hubiese extendido una mano.

Quizás si la imagen hubiese sido de Ted Williams, o de la media ensangrentada de Curt Schilling, habría hecho las paces con mi pasado y me dejaba llevar al fondo donde se secan todos los ríos. Una imagen así era mi fin. Pero era el bueno de Sandy, el buen Sandy de los Red Sox, y la promesa de un mejor día (y al menos un juego más) fue lo que me dio un segundo aire que a fin de cuentas me permitió escribir estas líneas. Ese día fue Sandy León quien rescató mi existencia.

Uno nunca sabe qué puede salvarte la vida en un momento apretado. Si mis rodillas se doblaban un par de cuadras antes o después, quizás Sandy no aparece para hacer que mi cerebro arranque de nuevo. Ubicación y tiempo salvaron el día de nuevo, esperemos que aún me queden un par de esas cartas.