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El hombre que no podía decir la palabra perro

Había una vez un caballero que no podía pronunciar una palabra. Suerte para él que le pidió ayuda a la profe Mancilla porque ella sí sabe de polisemia

El hombre que no podía decir la palabra perro

La polisemia se presenta cuando una misma palabra tiene varios significados; por ejemplo: bolsa. Bolsa puede referir a finanzas; la bolsa de valores es una organización privada que ofrece las facilidades necesarias para que sus miembros negocien (compra-venta) valores, acciones, compañías, blablablá -no sé mucho de finanzas, por eso ando pelando bolas-. También es ese objeto de material flexible abierto por un lado que sirve para contener objetos.

Y estás tú, que le crees a tu ex cuando te dice que siempre te amará, grandísimo bolsa.

Pero mejor les explico bien qué es la polisemia mediante una de mis experiencias laborales más extrañas -e inventadas, obviamente esto no me pasó nunca porque ni siquiera soy terapista del lenguaje, soy lingüista y ya-.

Existen enfermedades bastante extrañas que alteran el lenguaje. El síndrome de Tourette, por ejemplo, un trastorno que se caracteriza por movimientos o sonidos realizados sin ninguna intención. Los tics más comunes son toser, pestañear mucho y hacer ciertas expresiones faciales. Algunas personas que lo padecen gritan de repente o emiten cualquier otro sonido sin significado, algunos realizan onomatopeyas y, en otros casos, ils commencent to speak in un’altra lingua ¡todo de manera involuntaria!

Otra enfermedad del lenguaje es la afasia. Se trata de una incapacidad o dificultad para hablar o escribir debido a lesiones cerebrales. En muchos casos de afasia al afectado le cuesta producir sonidos y todo lo dice al verés.

También hay casos bastante extraños. Se puede perder parte del vocabulario ¡campos semánticos completicos! Uno de los casos más interesantes fue el de un hombre que -y esto no lo estoy inventando- perdió todo el vocabulario de comida, no podía hablar ni de frutas ni de verduras ni de la caja CLAP -bien por ese lado- y nunca más pudo decir chinazos porque dejó de decir chorizo, plátano, huevos, leche y yuca -mentira, con terapia logró recuperarse-. Realmente, estos daños cerebrales suelen ser bastante comunes.

Pero, hace tiempo, existió un caso que no se pudo tratar, una persona con una alteración del lenguaje muuuy extraña. Nunca se supo si era síndrome de Tourette, afasia, disfasia, dislexia, dislalia, disglosia, disartria, alexia, disfemia o hasta esquizofrenia. Nadie supo bien de qué se trataba, nadie supo qué hacer, nadie entendió la razón, nadie encontró el porqué… existió un hombre que no podía decir la palabra ‘‘perro’’.

El hombre me contactó por correo.

De: Hombre desesperado
Asunto: ¿Se puede ser feliz solo con gatos y elefantes?

Era un correo larguísimo, donde me explicaba que tuvo una infancia sumamente difícil, pues toda su vida había estado entre médico y médico. Sus padres lo llevaron a los mejores neurólogos, psicólogos y psiquiatras del país porque tenía una condición extraña: desde que aprendió a hablar, no podía decir la palabra “perro”.

Lo cité en mi oficina para hablar mejor.

Me dijo que nunca le hubiese importado no poder decir la palabra “gato”, ni siquiera le gustaban los gatos, odiaba manejar –ge, ge, aquí hay otro ejemplo de polisemia porque “gato” no solo es el animal, sino la máquina empleada para la elevación de cargas pesadas, como un carro-. Sentía que la vida lo había castigado.

El hombre fue hijo único, pues sus padres no quisieron traer más niños al mundo, porque ajá, ¿qué iba a ser lo próximo? ¿Un hijo que no pudiese pronunciar la palabra ‘‘arepa’’? ¿Quién sobrevive sin poder decir ‘‘arepa’’?

La mamá se culpaba, había bebido una copa de vino en su novena semana de embarazo y puede que eso haya afectado el sistema neurológico de su hijo; no podía cargar la culpa sola, así que también culpaba a su esposo por no haberle comprado el golfeado del que había tenido antojo unos tres meses antes de dar a luz. El niño no le salió con la boca abierta, pero no podía decir la palabra perro.

Sus padres les hicieron miles de promesas a la virgen y a todos los santos. Se volvieron vegetarianos, no compraron más nunca comida china, no volvieron a ir a las abominables corridas de toros y hasta dejaron de leer a Zola. Les dieron a los animales todo el respeto que ellos consideraban que les estaban faltando.

No solucionó nada.

Todos los días le leían cuentos infantiles sobre perros sin ningún resultado. Canciones, caricaturas y películas sobre perros, ningún resultado. Apenas abría la boca para pronunciar esa palabra, sus cuerdas vocales se acomodaban y solo lograba articular “gato’’, “mascota’’, “animal’’, “cuadrúpedo’’, “ladridos’’, pero “perro’’ jamás.

Clases de inglés, francés, alemán, portugués e italiano y en ninguna lengua podía decir la palabra perro. Ni siquiera podía decir ‘‘can’’. Really, he can’t.

Ni siquiera la nueva tecnología que permitía hablar a Stephen Hawking pudo ayudar al chamo que no podía pronunciar la palabra perro, pues ese sistema funcionaba con un sensor que detectaba los pequeños movimientos articulatorios transfiriéndolos a un interruptor. El hombre no podía ni medio articular la palabra perro.

“¿Y cómo le dices al pan con salchicha?”, le pregunté. “Solo como hamburguesas”, me respondió.

Bueno, no sabía en qué me estaba metiendo. Empecé a hacerle una especie de terapia. Comencé con articulación y fonética. Descompuse la palabra “perro” en unidades más pequeñas para ver cómo podríamos abordar el problema. Separé los morfemas y medio funcionaba: podía decir “perr” y “o”, sin embargo, no lograba unirlos.

Lo intentamos de muchas maneras, no funcionó.

Y se me prendió el bombillo.

Y encontré la mejor solución.

Le enseñé a ser un experto del lenguaje para que aprendiera a mentir. Le enseñé de labia; es decir, a arreglar el discurso de manera que pudiese convencer a quien él quisiera.

Le enseñé a estudiar sistemáticamente el habla de las personas. Le enseñé a analizar el discurso. Le enseñé de semiótica de las pasiones y cómo mostrarlas todas juntas. Le enseñé de pragmática, de la importancia del contexto mediante las técnicas de chanceo que sirven en una discoteca vs las que sirven en una biblioteca. Le enseñé sobre prosodia para conocer cuáles eran los rasgos sonoros más atractivos.

Le enseñé todo sobre mujeres, hombres y personas no binarias. Le enseñé cómo enamorar sin enamorarse. Le enseñé a hacer ghosting y a decir, después de haber conseguido todo lo que quería, que no quería compromisos. Le enseñé a ser un fuckboy, porque si este tipo no podía decir la palabra perro, al menos podría convertise en uno.

Y hasta aprendió a ladrar, el muy perro…