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El melao de Catia

Caracas cumple 451 años el 25 de julio y es difícil hablar de celebración. Así que veamos esto como un pequeño homenaje en tres miradas a parroquias emblemáticas de la ciudad: Tibisay Guerra, promotora de iniciativas culturales vinculadas a la poesía y la música, directora de Autores Venezolanos y creadora de “Catia tiene melao”, arranca aquí con la suya

El melao de Catia

Catia es mis afectos y es mi propia visión, pero jamás pensaría «en el barrio era mejor».
José Ignacio Cabrujas

Corría la campaña electoral de 1978, era sábado en la mañana y rodaba el rumor de que el candidato presidencial Diego Arria llegaría en helicóptero a Catia. Esa fue una de mis primeras escapadas de casa: agarré a mi hermanito de 6 años de la mano y nos fuimos a ver el helicóptero aterrizar (a mis 8 años Diego Arria y Renny Ottolina eran como unos rockstars).

Nos costó llegar al helipuerto improvisado donde mucho antes existía la cárcel Modelo. Para ese entonces habían demolido ese edificio por los trabajos de construcción del metro y la vaina era un terraplén enorme. Y en medio de aquel tierrero, vimos a mi mamá, correa en mano, diciendo: ¡qué Diego Arria ni qué carajo, camina pa´ la casa que te voy a joder!

Y así fue.

Vivíamos en el bloque 13 de Ciudad Tablitas (mi mamá aún vive allí) así como muchos de los vecinos: el carnicero, Francisco, el barbero que me rebajaba el afro y sigue en la esquina entre la calle Argentina y la 6ta avenida y el colegio Madre María Rosa Molas de Fe y Alegría, donde mis maestras Gloria, Tamara, Nohelia y Yumaira se esmeraban en educar.

En mi bloque los sábados en la mañana, mientras se cocinaba alguna sopa, sonaba música a todo volumen. Recuerdo los ensayos del Sonero Clásico del Caribe donde mi papá, Carlos Guerra, era trompetista. Tiempo después me enteré de que las maracas de cuero se inventaron ahí, en el Bloque 13 y hoy los hijos de su creador, “Pan con queso”, las siguen fabricando.

En Ciudad Tablitas fui testigo de serenatas que llevaban los pretendientes a mis hermanas. En carnaval improvisaba con mis amigos (casi todos varones) disfraces con bolsas anaranjadas de CADA, jugaba metras, policía y ladrón, la ere, pelotica de goma y cero contra pulsero. Tuve mi primer pretendiente, Yuniver, quien me regaló un anillo de esos que tenían la imagen de Tú y yo, y que un día le estampé en la cabeza después de enterarme de que le había pedido el empate a mi vecina de al lado, Karina, la maracucha.

Siguiendo en la onda escapista, ya un poco más grande, como a los 12 años y cuando el apartamento se iba haciendo pequeño, me salía por la ventana antigua -una de esas aseguradas con candado ajustable- a jugar volibol en el parque Festival 64. En ese tiempo, el Festival 64 era realmente un oasis para los chamos de la zona. Era un centro deportivo y social donde funcionaba un preescolar, daban clases de danza, natación, basketball, futbolito y ping pong. Hace 16 años construyeron un módulo de Barrio Adentro y bueno… ya sabemos en qué se convierte todo lo que toca este gobierno.

Y así ha ido deteriorándose Catia, bien sea por la basura, los bachaqueros, los colectivos que se creen dueños de ciertos negocios y calles y pare usted de contar. Pero siempre que vuelvo a visitar a mi mamá, programo mi narrativa de Dolores Abernathy en Westworld: Some people choose to see the ugliness in this world, the disarray. I choose to see the beauty.

El maestro Jacobo Borges, Salomón Rondón, José Ignacio Cabrujas, Wuilker Fariñez y el Lobito Guerra, son muestra del talento que ha exportado Catia. El Sonero Clásico del Caribe sigue sonando y fue declarado patrimonio cultural en 2017. La fábrica de Mortadela Giacomello quedaba en Pérez Bonalde. Por ellos y toda la gente buena de la parroquia quise rendir un homenaje con la frase inmortalizada en una franela: Catia tiene melao.

En Propatria existe desde hace 61 años el Centro Comunal Catia donde, para mi asombro, se imparte un taller de buenos modales para niños y un sinfín de cursos y actividades para los vecinos.

En el Centro Comercial ProPatria jugué bowling y vi mi primera película en cine: Star Wars, por allá en el año 77. Uno de mis sitios preferidos era el parque Pérez Bonalde y en la semana reunía puyas (monedas de 5 céntimos) para pagarme un perro caliente que costaba 0,75.

En mi parroquia fui feliz con tan poco.

catia tibisay guerra

Un amigo, José Gregorio Márquez, se avergonzaba de Catia, la odiaba. Pero ahí está: le dedicó una carta que mereció el primer lugar del concurso “Cartas de amor” en 2013. Le escribió a su barrio porque después de irse lo extrañaba, no tanto como para volver, pero sí porque ahí comenzó el camino en ser “aprendiz de buena persona”, como él mismo se define.

Catia tiene eso. Nos permite comulgar con su mirada única y ver belleza en sus tendidos eléctricos al aire libre, en sus calles, (algunas desaliñadas por la desidia gubernamental), en sus bares como El Torero, en su mercado municipal y hasta en un burdel artesanal (vas a tu asunto sin mareos y recibes más por menos).

Haberme criado en Catia no me hace mejor ciudadana que los demás y no es un capricho maniático: amo decir que vengo de Catia y eso es puro orgullo. Y cada tanto, disfruto volver a “la casa del ritmo” a mojar un pedazo de pan con café mientras converso con mi mamá, a celebrar algún cumpleaños o a despedir a otro integrante de la familia que emigra.

 

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