El príncipe y el deseo por la bestia

Claudia Lizardo, nuestra columnista-cantante-guitarrista-compositora, regresa a UB para repasar desde su tierna infancia hasta hoy algunos asuntos a propósitos de las fantasías por seres enormes y cubiertos de pelo...

Tenía yo unos 6 o 7 años y me encontraba en esos loops desquiciantes en los que veía la misma comiquita mil veces; de “101 Dálmatas” a “La sirenita”, de “El libro de la selva” a “Aladdin” y así pasaban mis días. Me sabía de memoria cada línea, cada inflexión y hasta el día de hoy, si agarro un poquito de confianza, lanzo parlamentos en un loop igualmente desquiciante.

Pero de todas las historias, de todas las parejitas, ninguna me cautivó tanto como “La bella y la bestia”.

Me impactó la idea de ese ser aparentemente rudo e infranqueable suavizado por la comprensión y el amor incondicional de una chica intelectual (también es la explicación de un par de problemitas y confusiones románticas a lo largo de mis tiernos años juveniles, pero ese es otro asunto).

Enganchada por esos tres maravillosos actos, llegaba el final de la película en el que Bella confiesa entre lágrimas el amor por su monstruo abatido cuando ya todo parecía perdido. De repente, rayos de luz elevan a mi amor platónico por los aires liberándolo del hechizo que lo había transformado de príncipe a Bestia. Nacen manos que sustituyen garras, pierde los colmillos, hace una pirueta y…

principe

Tú me estás jodiendo, Disney. Luego de construir (y romantizar) un personaje complejo, oscuramente interesante me lanzaban a una combinación de Michael Bolton con una nadadora olímpica rusa. Siempre me pareció una estafa estética.

Pasó el tiempo, las fantasías fueron contrastándose con la realidad de mis relaciones y entendí que no me correspondía andar salvando bestias ni pasando temporadas en cuevas. En cuanto al aspecto estético, me da igual el pelambre. Tuve la suerte de poder dejar el arquetipo quieto y en el lugar que merecía porque la verdad, es que la naturaleza de mi infatuación era más romántica y cursi que otra cosa. Y cuando digo “otra cosa” me refiero a lo que podría ser la mutación de este tipo de fantasías cuando se le añade un poquito de “deprave”.

En julio de 2018 dos palabras se dispararon en las búsquedas de Google: “bigfoot erotica”, un subgénero del “monster erotica” que involucra fantasías sexuales con monstruos. Sólo que en el caso del bigfoot erotica, es específicamente con Pie Grande. Sip.

La curiosidad por este re-descubierto mundo nació a partir de las indiscreciones del congresista para el estado de Virginia en EEUU, el republicano Denver Riggleman quien venció a la demócrata Leslie Cockburn por siete puntos el año pasado. A mediados de 2018, Cockburn publicó una captura de un post de Instagram de la cuenta de Riggleman en la que aparecía un dibujo de un Pie Grande con una barra negra tapándole los genitales y donde exponía que, además de haber sido capturado en cámara acompañando a supremacistas blancos, era un fanático del “bigfoot erotica”.

bigF

Al día siguiente Riggleman respondió afirmando que sí tenía interés en la teoría del Pie Grande, incluso acababa de escribir un libro al respecto, pero que no tenía idea de lo que era ese género erótico hasta que su contrincante lo mencionó. Pero aparentemente, no se puede tapar el pene de Pie Grande con un dedo, como revela el mismo Riggleman en el mencionado libro que lleva por nombre: “Los hábitos de apareamiento del Pie Grande y porqué las mujeres lo desean”. Dale, búscalo, nadie te va a juzgar.

A partir del escándalo, las búsquedas de bigfoot erotica se dispararon y muchos descubrimos que no sólo se fantasea con Pie Grande sino con alienígenas, monstruos y dinosaurios, en esa gran categoría conocida como “monster erotica”. El género fue popularizado en 2010 por Virginia Wade en una serie de e-books a los que tituló “Acaba para Pie Grande” (“Cum for bigfoot”) y en cuya primera entrega un grupo de jovencitas se aventuran en un bosque oscuro para luego ser raptadas por lo que vendría siendo el primo rudo de Harry Henderson.

Para Wade el Pie Grande era el macho alfa esencial y es lo que procuró plasmar en esta serie que recaudó desde Amazon alrededor de 30.000$ al mes según Business Insider. A partir del boom y como era de esperarse, todas las delicadísimas líneas que delimitan esta fantasía se traspasaron dando espacio a libros auto publicados con apologías a la violación, al maltrato y al incesto.

La línea narrativa de estas historias en la cultura popular suele ser siempre la misma: una mujer es capturada y sometida por una bestia hasta que ella cede ante su rústica energía. A partir de esta encrucijada hay muchos caminos: la chica puede enamorarse del monstruo al descubrir su alma noble como en “La bella y la bestia” o incluso en King Kong, puede tener una experiencia sexual salvaje y arrebatadora como la que propone Virginia, o como las que durante años fueron exploradas por artistas visuales como el gran Hokusai en “El sueño de la esposa del pescador” o puede haber optado por una experiencia más satánica, quizá la tía oscura de todas estas historias y copular con el demonio en forma de macho cabrío.

O todas las anteriores.

Porque qué inconmensurable, complejo, enrevesado y fascinante es el universo de nuestras propias fantasías. Ese que nos obliga a revisar arquetipos y relaciones como quien ventila un cajón antiguo, ese que es, de forma inexorable, nuestra propia responsabilidad, sobre el que debemos hacernos preguntas. El mismo universo que provoca la reacción desbocada de una niña por la sustitución de bestia por príncipe.