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Lo que nos deja Homeland

El 9 de febrero será el lanzamiento de la octava y última temporada de "Homeland", la serie sobre agentes de la CIA insertada en el complejo contexto de la actualidad mundial. Buen momento para repasar lo que nos ha mostrado y lo que podría ser esta entrega final

Retrató al terrorismo y a la inteligencia americana como pocas ficciones suelen hacerlo. Sacrificó a gran parte de su elenco con miras a insertar en el género de espionaje los conflictos geopolíticos de Estados Unidos en el siglo XXI; los alcances bélicos y alianzas burocráticas de las altas potencias; el terrorismo digital; las dimisiones presidenciales y hasta un magnicidio frustrado.

Evidenció también el tras bastidores de una agenda diplomática oficial fútil, propensa a contradecirse y excederse.

Pero «Homeland» también es una radiografía de la locura. Su protagonista, Carrie Mathison, la agente de contrainteligencia con trastorno de bipolaridad, se despide en una última temporada que la sitúa en el lugar donde todo empezó: como ex prisionera de guerra y posiblemente convertida en doble agente a favor del Estado ruso.

La 8

Si la temporada emula al tráiler, la octava entrega de «Homeland» promete ser el epílogo impecable de la serie que hace nueve años nos presentó a Carrie Mathison (Claire Danes), prodigiosa agente de contrainteligencia de la CIA, diagnosticada clínicamente bipolar y constantemente al borde la locura, y su relación con Saul Berenson, mentor y colega, personaje tan protagónico como el de Carrie, en el que los escritores explotan a un hombre calculador, sensato y pasivo-agresivo en pleno proceso de deshumanización.

El guion le aplica la misma crueldad al rol de la posverdad en la sociedad en tiempos de nacionalismos exacerbados, presidentes tuiteros, trama rusa, dictaduras tercermundistas, juicios políticos y masacres con motivos religiosos.

Sucesos todos que, tras el 11 de septiembre de 2001, reinventaron la propaganda, alimentan y deforman a diario tanto al periodismo como a la posverdad, obligándonos a re pensar los conceptos de poder, verdad e infociudadanía en tiempos de autoreferencialidad exacerbada y sobreexposición cotidiana.

Rusos y venezolanos

El argumento de la última temporada de «Homeland» trae de vuelta a la incómoda Rusia, mientras explota la bipolaridad de Carrie, quien posiblemente fue convertida en agente de contrainteligencia por el gobierno de un ficticio Putin, colocándose en el mismo lugar en el que en la primera temporada estuvo Nicholas Brody (Damian Lewis), primer protagonista de la serie, cuya muerte, lenta, cruel e inesperada, marcó un antes y un después en el universo narrativo del género de espionaje, que no dejó pasar a Venezuela como escenario hostil de la trama.

No obstante, la primera inserción de la inteligencia estadounidense en Venezuela se dio en el capítulo inicial de la tercera temporada, cuando Peter Quinn participó en un atentado conjunto, con objetivos diversos alrededor del mundo, todos asociados a células terroristas y monitoreados en tiempo real por la CIA.

Uno de ellos, un banquero simpatizante del gobierno venezolano, objetivo del agente Peter Quinn (magistralmente interpretado por Rupert Friend hasta la sexta temporada), quien durante la misión en Caracas asesina por accidente al hijo del banquero de un tiro en la cabeza.

Luego, Nicholas Brody será recordado como centro del tercer episodio, otro de los más aclamados de la serie, tanto por la prensa mundial, pero específicamente de la venezolana, que resaltó la presencia de la Torre de David, sitio donde Brody está en cautiverio y es inducido a volverse adicto a la heroína. Allí, los escritores se permitieron pasear por una Caracas ficticia y decadente, regida por bandas de maleantes adeptas al chavismo que, sin ser nombrado, se muestra como una dictadura militar con civiles armados a su servicio.

Los seguidores de «Homeland» han visto a Carrie Mathison perecer, temporada tras temporada, teniendo de fondo escenarios geopolíticamente oportunos y necesarios en la agenda política mundial: la penetración del terrorismo islámico en Estados Unidos y América Latina; otra vez Venezuela como refugio de terroristas sirios e iraquíes con pasaporte criollo; la suerte de Guerra Fría entre Alemania y Estados Unidos; el auge de la propaganda en tiempos de Zuckerberg y Assange; Twitter como la red social del odio, las fake news, la viralización de los podcast y los entramados de la posverdad como recurso viejo, pero renovado, utilizado tanto por gobiernos como terroristas, fanáticos ideológicos, periodistas, influencers y guapos de teclado, responsables todos, de incontables matrices de opinión.

Pocos personajes sobreviven a «Homeland» más que Carrie Mathison y Saul Berenson. Pero la octava temporada muestra el regreso de un villano conocido: Haissam Haqqani, el jerarca terrorista que invadió la embajada estadounidense en Islamabad en el décimo episodio de la cuarta temporada, responsable de la masacre de buena parte de los rehenes.

13 hours in Islamabad es otro de los episodios más trepidantes y aclamados de la serie. La invasión terrorista a una embajada americana fue motivo de diversas matrices de opinión por parte de la crítica, la audiencia y personajes de la política nacional

Durante su sexta temporada la ficción se atrevió a recrear un intento de magnicidio, en el que uno de los personajes principales se sacrifica por una presidenta a la que moralmente desprecia.

Con la octava temporada, Showtime pone fin a una de sus ficciones más longevas y exitosas que expone, correcta y oportunamente, la agenda política y periodística de lo que va de siglo XXI, educando a la audiencia en materia de geopolítica, renovación de conflictos, imagen y opinión pública y las consecuencias que sufren los Estados fallidos.