Persiguiendo a Catherine Fulop

Persiguiendo a Catherine Fulop

Me tiraron el pitazo: Catherine va para el opening del Festival de Cine de Buenos Aires.

-¿Pero se queda para el coctel?

-Si. Ella viene al brindis pero no va a entrar a la función…

Así me dijeron y tomé nota. Estaba preparado. De hecho, me traje la revista UB donde alguna vez posó para el lente de Alberto Hernández sobre un sofá de Animal Print.

Vuelvo a ver las fotos y mis pensamientos vuelan en una fantasía de safari africano. Pero estamos en Buenos Aires. Jaguar house, más bien.

No ha sido fácil poder concertar una entrevista con la diva caraqueña de la pantalla chica, devenida en parte importante del star-system de la industria cultural argentina. No es mentira que la risueña “Abigail” es la más notoria embajadora de los venezolanos en el Cono Sur. No son cuentos de camino. Los taxistas ya no hablan de Chávez, solo de ella.

Jueves de tormenta en la ciudad de la furia.

A pesar de los días soleados de la última semana se anuncia un frente de lluvias y descargas eléctricas que comienza desde las 6 de la tarde. El cielo se dobla como aluminio. Estallan las nubes.

El publicitado Festival comienza con la premiada película “Hermano” de Marcel Rasquin, pero antes se exhibe un corto del cual prefiero no recordar al director. Y que me perdonen mis queridos compatriotas: una historia sobre el día de los enamorados que ocurre entre dos opacos personajes a bordo de un tren ¿socialista? de una hipotética y triste ciudad neutral. Era como la interpretación tropical del cine soviético. Einsenstein de Guarenas. Pudovkin en la Valle-Coche.

Después de los angustiosos minutos de esta primera proyección decido que no quiero ver por cuarta vez –dos en cine y dos “quemadita”, la película“Hermano”-. Tengo hambre y siento que estoy perdiendo el tiempo. Salgo de la sala en busca de un baño no sin antes cruzarme con Gastón Goldmann, organizador de este primer festival de cine criollo en la capital argentina que ha causado furor en los medios locales.

Hace un par de días lo entrevisté y me da un poco de vergüenza que me vea escabulléndome antes del primer rollo aunque le prometa que voy a volver. A medida que voy despidiéndome de él me voy alejado también de la idea de regresar. El brindis es después de la función, pasadas las 10 de la noche, o “las 22”, como dicen aquí. Quiero comer pero quiero beber también. Un -coctelito-. Pero no estoy de ánimo para ver “Hermano”. ¿Vas a seguir Abigail?

Me subo al ascensor con la mente nublada junto a un tipo del personal de limpieza del centro comercial. Es igual a todos. Con un carrito “multifuncional” donde guarda los trapeadores y los envases con sus líquidos desinfectantes. Tiene como 30 años. Los ojos azules diminutos:

-¿…Vos no sabés si Catherine ya se fue…? Me dice exaltado, con una sonrisa nerviosa.

Pienso que alguien me está jugando una broma. Estamos los dos solos en el ascensor. ¿Tiene cámaras?

Y le respondo en mi inequívoco acento “baruteño”, notoriamente desconcertado:

-¿Fulop?… ¿la venezolana Catherine Fulop?

Si, esa, esa. Hacía ratito que estaba en el cine… que dama tan bella– recita como Gardel.

No termina de cerrar la boca cuando casi siento el aroma del perfume tropical de Catherine en el ascensor. Evoco una fragancia de mango tibio con splash de coco. Un olor solo posible después de un día de playa en Parguito.

El tipo de la limpieza desaparece por los pasillos del Cine Hoyts en el monumental Abasto Shooping. Es como cualquier otro Mall pero con la pequeña diferencia de que fue construido en el interior de un mercado de principios del siglo XX.

Salgo a la calle y el ejemplar de la revista UB que llevo en la mano se me desliza entre los dedos hasta un charco helado de agua de neón. La logro salvar rápidamente del naufragio pero queda descompuesta, golpeada, como una mujer maltratada. Sin embargo, las fotos de Catherine están intactas.

Me como un choripán de 25 pesos viéndola posar sobre el animal-print. Me espera en algún lugar de la sala y hasta quizás la tenía a dos butacas contiguas en medio de la oscuridad.

No es exagerado afirmar que estuve a punto de pararme en mitad de la película y vociferar sin pena:

-¿Aquí está Catherine Fulop?

No me atreví. De repente si los tragos del brindis los hubieran servido antes, me armaba de valor, pero la cosa era al revés. Después de la película.

Casi a las 11 de la noche sale la función y empiezo a buscar desesperado la silueta inconfundible de Catherine. Mucha gente, muchas caras conocidas. Ahí está la gente del Caracas Bar sirviendo sus “pape-ron”, varios tipos de vinos, mini “reinas” y mini “pelúas” ofrecen los miembros del Festival de gastronomía venezolana que comienza la semana que viene. Una buena recepción, alegría y abrazos pero nada de Catherine. No la veo.

…No pana, ella se fue en mitad de la película…

De repente me da tiempo de llegar corriendo hasta el estacionamiento. ¿Se habrá ido? ¿la perdí?
La perdí. Es un hecho que la perdí. Quizás estuve a menos de dos metros de ella pero nunca lo sabré hasta que por fin logre entrevistarla. Tengo muchas cosas que preguntarle.
Vuelvo a doblar la revista y me la meto en el bolsillo aún húmeda.
Lo último que supe es que sí estuvo presente, pero solo por pocos minutos.
La próxima no te pelo, Abigaíl.