#SexoParaLeer: Autobús equivocado

Tenía meses entrenando para el viaje que haría a Mérida, pues subir hasta el Pico Bolívar era nuestra meta. Como toda estudiante de antropología practicaba el montañismo y la escalada. Tengo 22 años y una energía que me acompaña hasta en la cama. Mi sueño era escalar en hielo y lo que más me entusiasmaba era hacerlo con Sebastián. Él me enloquecía y solía visitar las montañas conmigo

Sebastián escalaba como un gato, con movimientos lentos, sin cuerdas y con una concentración de maestro. Éramos amigos y amantes ocasionales y teníamos un plan para viajar a Mérida y escalar el Pico Bolívar. La idea era tomar un autobús hasta Mérida, pasar un día en la ciudad haciendo las últimas compras y salir de madrugada rumbo a la cumbre.

Lo único que Sebastián adoraba era su vida aventurera. El tema del amor y la vida en pareja la abordaba tal cual como en sus viajes, de manera pasajera y sin ataduras. Él me hacía el amor rico y por horas, pero sin cariños. Solo un par de veces tuvimos encuentros realmente íntimos.

Cada vez mi apetito sexual crecía más y más. Es por eso que tenía otro amante, pero era de goma. Con él descargaba mis deseos ocultos y así me mantenía consentida como una princesa.

A la cuidad de Mérida salimos un miércoles en la noche desde el terminal La Bandera, el frío me congelaba la cara. Me acerque a mi escalador pero dormía profundamente. Pensé en mi amante de goma pero esta vez lo había cambiado por Sebastián.

Las horas en autobús son interminables, rodamos alrededor de cinco horas hasta la primera parada. En lo que encendieron las luces y abrieron la puerta, corrí para estirar mis piernas y buscar un baño. Al bajar vi que estábamos en una bomba de gasolina que estaba full de autobuses alineados en frente de un Restaurant. Ahí compre un sándwich y algunos chocolates.

No sé cuánto tiempo paso, pero al ver el autobús arrancar corrí hacia él y me abrieron la puerta. Busque mi puesto pero no vi a Sebastián por ningún lado. Tardé quizás unos minutos en darme cuenta de que estaba en el autobús equivocado. Seguíamos a toda velocidad y cuando me prestaron atención estábamos ya muy lejos para regresar. Me dijeron que llegaríamos a Mérida y que podía seguir con ellos. Me tranquilizó saber que al final del viaje me encontraría con mi equipaje y mi escalador en el mismo destino.

Al final vi unos puestos vacíos. Al lado se encontraba un hombre alto y robusto. Me senté a su lado, era la parte que llaman “la cocina del bus”, ese lugar en el que nadie quiere sentarse por el calor del motor. En lo que tomé asiento, él hombre se presentó y hablamos de lo que me había pasado. Él era muy optimista, compartimos un chocolate mientras me hacía reír con sus divertidos cuentos.

Después de un par de horas viajando comenzamos hablar de relaciones y sexo. Todo estaba oscuro y  todas las personas presentes dormían. Eso dio pie para el toqueteo y luego algunos besos. Comenzó por tocarme las piernas y no puedo negar que me gustó como lo hizo. Lo besé con miedo mientras tocaba por encima de su pantalón. Ahí encontré uno parecido a mi amante de goma, así que le bajé disimuladamente los pantalones y lo llevé a mi boca. Entonces, me di cuenta que era más grande y grueso que el que yo conocía de memoria y lo chupe largo rato.

Estaba tan excitada, que cuando logre entrar en razón mis pantalones ya estaban abajo. Con la pantaleta puesta y arremangadita de un lado, me senté sobre su miembro. Era tan grande que me produjo un orgasmo al meterlo completo. Quería gritar de placer pero no podía, pues despertaría a todos. Mientras lo cabalgaba, lo besaba delicadamente y él me lamía el cuello. Las tetas rebotaban por cada brinco que producía el bus y nos dimos cuenta de que el sonido producido por nuestro vaivén se confundía con el rechinar de un autobús tan antiguo. Sin esas preocupaciones encima, ambos logramos llegar a un rico orgasmo. Yo estaba empapada de fluidos y muerta de frío. Nos vestimos en silencio y logré dormir el resto del viaje.

Recibiendo el amanecer con los bellos paisajes de Mérida, busqué por todos lados pero mi hombre había desaparecido. Todavía un poco dormida pensé que pudo tratarse de un sueño mojado. Pero luego al aclarar mis pensamientos, recordé que me entregué por completo a un desconocido. Para quitar un poco de peso a la conciencia responsabilicé a Sebastián, quien prefiere a la montaña y a la aventura, antes que a mi cuerpo. Así me sentí feliz y libre de culpa.

En el terminal, fui directo a la oficina de información al turista. Mi sorpresa fue ver a Sebastián preguntando por mí. Nos abrazamos y sin besarnos salimos rumbo a la montaña. Las cosas habían cambiado gracias a mi equivocación. Sebastián solo amaba su vida libre y en mi caso, amaba perder el autobús.