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#SexoparaLeer El jinete sin cerebro

Diva Divina, la autora misteriosa de estas historias lujuriosas, vuelve a la carga con otra de sus aventuras carnales

#SexoparaLeer  El jinete sin cerebro

Siempre hay que sentirse diva en este negocio, de otra manera no te llaman los clientes. Es por eso que cuando subo al escenario a bailar me luzco, semanas de pole dance están rindiendo sus frutos.

Giro en el tubo mientras me quito el sostén, mis senos pequeños, pero de pezones parados han sido siempre un gancho, ubico un objetivo en la barra y me le acerco, dejando mi brassier de leopardo frente a su puesto. A este no lo pelo.

Cuando finaliza el show me paseo por el local y efectivamente me llama el chico, me invita a sentar y no tarda en hacer la pregunta de rigor, la que llamo la pesca bobos.

-¿Y eso que me dejaste ese regalo?
-Bueno rey me gustaste, le miento.

Eso es suficiente para sacarle los tragos y no pierdo tiempo para calentarlo. Subo mi falda para que se me salgan las nalgas mientras las recuesto en el apoya brazos del sillón en el que está sentado.

Es un chamo como de 30 años. Mi culo de 21 seguramente lo convence. No me equivoco: comienza a meterme mano “echo el loco”, como todos piensan que hacen en el local.

“¿Papi por qué no subimos?”, le digo para acelerar las cosas. A fin de cuentas, mi tiempo vale oro.

El muchacho está animado y acepta. La noche está hecha, el primer cliente me da holgura para trabajar con calma hasta el amanecer, sin desesperarme por la plata.

En la habitación se desviste mientras le bailo. No deja de verme las nalgas, redondas y duras por meses de pole dance. Pensaba que mi movimiento lo tenía hipnotizado, hasta que me preguntó

-¿Te mueves rico arriba? Debe ser así por como bailas.
-Claro rey. Tú aquí mandas.

Se acuesta y me pide que comience arriba, que quiere ver mis movimientos en la cama. Cuando me acomodo sobre su pene y empiezo a menearme, el tipo me da una nalgada: “Jinetéame nena”.

Como si fuera una vaquera comienzo a darle con más ritmo, con cada movimiento el tipo me suelta una nalgada, al principio suave, pero cuando se comienza a emocionar, trato de frenarlo.

-Papi no tan duro que me duele.
-¡Shh! No se olvide que aquí mando yo.

Con cada movimiento me suelta una mano. Si me muevo duro me pega más suave, pero si le bajo el ritmo me las suena con rabia, como si fuera un jinete dándole con el fuete a su caballo.

-Papi me duele.
-Hazme acabar y todo termina.

Ya estaba claro que el fetiche de este tipo eran las nalgadas, me moví con mayor ritmo para hacerlo acabar, aguantando palmada y palmada en cada una de mis nalgas.

Cuando pensé que no aguantaba más solté un gemido de dolor, el peor error que pude cometer: el jinete sin cerebro comenzó a sonreir, con cada lamento que salía de mi boca, me sonaba las nalgas como si el placer de mis gritos estuviera acompañado con el ritmo de un golpe de tambora.