Si quieres disfrutar 'La Casa de Papel', no la tomes en serio

'La serie en español que conquista el mercado anglosajón', como la está vendiendo Netflix, comienza muy bien pero se desinfla a tal punto que el espectador tiene dos opciones: o renuncia y se mete una sobredosis de Quentin Tarantino para olvidar el mal rato o simplemente se entrega a la risa fácil, como si fuera un capítulo de 'A-Team'.

Comencé a ver la serie de Alex Pina con mi sobrina, una adolescente que representa muy bien a los «nativos» de las descargas o servicios de streaming. En un abrir y cerrar de ojos se nos había hecho de noche. Consumimos capítulo tras capítulo como si una lata de Pirulín fuese. Por más que queríamos parar, los restos del último dulcito nos invitaba a continuar con el siguiente.

Pero a partir del sexto o séptimo episodio todo cambió. El espíritu de Delia Fiallo se apoderó de la trama. Obligados por engordar a la gallina de huevos de oro, los guionistas descuidaron a los personajes. En consecuencia, un montón de decisiones absurdas y subtramas insustanciales invadieron la pantalla.

Tras estrenarse la continuación o segunda parte, como quieran llamarla, las sensaciones fueron peores. Y entonces sucedió lo inevitable cuando los productos de Netflix flojean: revisamos el Instagram, paramos la cinta para pasear el perro y dejamos el capítulo por la mitad.

Y a partir de aquí, spoilers

Bastaría darle play al brillante episodio de «Te lo Resumo Así Nomás», para acabar con este post. Allí están reseñados de manera muy original todos los pelones o agujeros argumentales de la serie. Es muy divertido escuchar durante la introducción que explica las cualidades de cada personajes: «Y Denver… que lo presentaron como el violento, pero que no se violenta en ningún momento».

Otro de los grandes momentos del resumen en YouTube es la revisión de los protagonistas: «Río y Tokio se van a enamorar; Denver y esta rehén (Mónica) se van a enamorar; Río y esta otra rehén se van a enamorar, pero después se van a desenamorar y Río se va a volver a enamorar de Tokio. Pero también pasan cosas trágicas: casi matan a una rehén, pero al final no; casi matan a Río, pero al final no; casi matan a unos policías, pero al final no; casi matan a otro rehén (Arturo), pero al final no; casi matan a Berlín, pero al final no; casi matan a Río pero al final tampoco; casi matan a Moscú pero al final no. No muere nadie, bah, muere uno. Los rehenes se amotinaron y le dieron un palazo a Oslo y Oslo muere. Adiós Oslo, que la fuerza te acompañe».

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Efectivamente son muchas las carcajadas que la serie, lamentablemente sin querer, produce. Porque los graves problemas de  ‘La Casa de Papel’ suceden precisamente porque hay demasiada seriedad en el producto. Si le hubieran dado más espacio al cachondeo, a la autoparodia, el análisis sería distinto. Por cierto, ¿alguien sabe por qué Úrsula Corberó usa el look de Natalie Portman en ‘León’?

Ya se ha analizado hasta la saciedad la influencia del cine de Tarantino (‘Reservoir Dogs’) y Sidney Lumet (‘Tarde de perros’) en la serie española. No obstante, el giro que da hacia la acción disparatada nos recuerda a ‘A-Team’ (‘Los Magníficos’ para el mercado hispano), aquella maravillosa obra ochentera que protagonizaban George Peppard, Dwight Schultz, Dirk Benedict y Mr. T.

Claro, en pleno boom del #Metoo y de las denuncias por desigualdades en los papeles protagónicos, el arquetipo de los grupos especializados en los que cada uno de los integrantes desempeña un rol clave -experto en armas, en tecnología, en disfraces, etc.,- no podía estar formado estrictamente por hombres. El problema estriba en que son pocos los directores y escritores que saben barajar las cartas cuando los dos sexos están en una producción audiovisual.

Una muestra de tal dificultad es que en ‘La Casa de Papel’ abundan las féminas que son presentadas como la versión millenial de Uma Thurman en ‘Kill Bill’ o Pam Grier en ‘Jackie Brown’, pero tras breves interacciones, se estancan y pasan al decorado (desnudos incluídos). El uso de la vieja fórmula de emparejarlas con sus pares masculinos (Berlín, Río, Denver o Arturo…) es una salida fácil, que no corresponde con las intenciones iniciales de la serie.

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Y todo empeorara sobre los capítulos finales, porque son las decisiones masculinas las que echan a andar el carro. Evidencia de ello ocurre en uno de los episodios más vergonzosos: cuando Nairobi – el personaje más interesante que nunca termina de ser explotado-, grita en primer plano que comienza el matriarcado. Pues bien, el matriarcado no dura ni un suspiro, retomando Berlín el poder.

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Lo anterior subraya la incapacidad del equipo creativo para permitir que las mujeres lleven el hilo de las acciones. Porque salvo la voz en off de Tokio (¿esta es la historia de Tokio o El Profesor? ¿Por qué desaparece esa voz y la serie cierra solo con lo sucedido entre Raquel y el líder del atraco?), las decisiones clave siempre recaen en los roles masculinos (El profesor, Berlín, El Sub Inspector Ángel…) y los errores en los femeninos (Tokio, Raquel, Mónica…).

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El mejor ejemplo del machismo que impera en la serie es que ningún carácter femenino muere, aplicando el estratagema de dejar vivo a los más débiles para empatizar con el espectador. Por el contrario, es el misógino, el que consigue su redención, como lo hiciera el ganador del Óscar, Sam Rockwell, en ‘Tres anuncios en las afueras’ inmolándose. Eso sí, no sin antes – y aquí otro capricho chapucero de los guionistas- poner en peligro la vida de su amada, a quien -y vamos de nuevo- muestran como una víctima de sus ambiciones.

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Después hay varias pifias que no aguantan una revisión. Ya hemos señalado a Raquel, una supuesta mente brillante de la investigación que se deja llevar siempre por sus hormonas o Mónica, que descubre cómo se utiliza una ametralladora en un segundo y se le olvida del tiro que está embarazada. Ni hablar de su pierna herida, ya quisiera Wolverine recuperarse tan pronto.

Sin embargo, el mayor gazapo ocurre con una prueba clave en el desarrollo de la historia: el retrato hablado de El Profesor. La imagen estaba prácticamente lista cuando el habilidoso testigo consigue borrarla. Es risible, por decir lo menos, que el dibujante no pudiera recrearla. Si a eso le sumamos el bendito pelo en la chaqueta que le permite a Raquel aclarar sus sospechas, concluimos que los escritores no tenían mucho tiempo para pensar o simplemente fueron víctimas de un ataque de flojera.

Hay otros errores menos evidentes, que igualmente cualquier fanático podría notar: ¿Por qué no cortan la luz para impedir que sigan imprimiendo billetes? ¿Qué pasa con los rehenes que salen y que dan tan poca información a la justicia? Y más allá de esto, es lo filosófico lo que termina de reventar la tuerca.

La justificación del robo por parte de El Profesor, que convence a Raquel de sumarse a los «malos», es tan endeble como las explicaciones de Nicolás Maduro para aplicar su socialismo. Bajo la estrofa del himno comunista ‘Bella Ciao’ (y la publicidad por emplazamiento de chocolate y cerveza), el encuentro entre los dos tórtolos se da en un paraíso fiscal, donde solo tienen cabida los que pueden gastarse miles de euros entre champaña y camarones. Es decir, los que aprendieron a blanquear y vivir del capitalismo salvaje.