Stayfree: “Todo este tiempo he resistido como una bacteria”

Detrás de la resaca todavía queda algo de la diva de los 90, un celebrity sin redes sociales de una larga noche caraqueña llena de discotecas y que hoy es un desierto de santamarías abajo. Esa memoria tiene la huella de Julian Eduardo Guzmán, el famoso Stayfree. Bailarín, escritor y autor de la legendaria columna Te lo juro por Madonna, que inauguró hace 20 años en Urbe y ha vuelto a UB

Una marcha de empleados públicos vestidos de rojo, con gorras y ánimo impostado atravesaba la avenida Francisco de Miranda en apoyo a Nicolás Maduro, quien días antes había sido víctima de un supuesto atentado con drones. Entre permisos y disculpas cruzamos y Stayfree no dejaba de contar cómo fue que conoció al alemán, Swen, un estudiante de arquitectura que vino de intercambio en los años noventa a Caracas para trabajar en el paisajismo del Metro de Caracas, un personaje de su épica personal.

Hacíamos un nuevo viaje por una cajetilla de cigarrillos, una bomba y una Pepsi, la quinta merienda de azúcar y nicotina invertidas en este perfil. La historia del alemán al que nunca besó y por el que una vez se lanzó por un barranco del Ávila seguía mientras yo hacía la cola para pagar. Era 1995, o 96 en otra versión del cuento, o 97 en otro recuerdo. Estaba terminando de bailar Vogue en la discoteca Salvation y ahí apareció el hombre con toda su germanidad. “Strike a pose”, la frase que dice Madonna en esa canción y acompaña la voguing face. “En ese momento me sentí como Candy Candy con el Príncipe de la Colina”, dijo mientras las pestañas perfectamente peinadas hacían un vuelo.

Pasamos el barullo rojo. Esa tarde por Bello Campo todo el mundo lo saludaba. Dejó su huella en la zona, parte del circuito nocturno que se extendía a La Castellana, Altamira, el CCCT, El Rosal, Las Mercedes, Los Chaguaramos, Plaza Venezuela, la avenida Libertador y Sabana Grande. Debajo de esa resaca aún se puede reconocer a la diva de los 90, al provocador Stayfree.

En el lugar donde estábamos mucho antes estuvo Brighton, una discoteca de dos pisos que le tocó inaugurar. El nombre se suma a una lista que hoy se corresponde con lugares vacíos o reconvertidos para una Caracas que le bajó la santamaría a la noche, que ya no aguanta a un Stayfree y en la que son otros los que salen de marcha, no aquellos 500 jóvenes modernos y maricos, como él mismo calcula y califica al séquito del que formaba parte y que le seguía, una tribu en la que se ascendía a punta de entrar a los locales nocturnos, donde hacerse notar -antes y ahora- te ponía un lugar más arriba en la cadena trófica de lo trendy.

“Anota los sitios importantes”, dijo y remarcó con su índice. Esa tarde, como casi todas las que nos vimos, iba vestido de negro con un suéter de cuello ancho que dejaba ver una piel cobre brillante, como si todavía transpirara la gasolina de la cocaína. Nada de maquillaje, el cabello engominado, una cicatriz en la entreceja y una tos perenne.

Antes de comenzar a hablar de sí mismo en tercera persona, como lo hacen quienes son más de una persona a la vez, ya se ha metido varias cucharadas de la torta red velvet que compramos a falta de bombas. Luego hizo el relato de su vida como una correlación de hechos históricos, a veces inconexos, notas al pie, acotaciones sobre tendencias de la moda y del pop, andanzas caraqueñas, provocaciones y personajes que ya emigraron. Todo histriónicamente contado según el antojo de una memoria luminosa, aunque bastante intoxicada de ego y otras drogas.

Comienza el inventario. Estudio Mata de Coco. Weds. Los Party Junior, unos matinés para gays menores de edad que ofrecía The Ponch, en El Rosal. “En este tiempo estaban en boga los Party Monster en Nueva York (el llamado crazy fashion neoyorquino de finales de los 80), cuya película la protagonizó Macaulay Culkin. Nosotros no supimos de ellos hasta que en VTV, que transmitía el programa de Geraldo, pasaron la noticia de que se metían en el Metro de Nueva York disfrazados, bailaban y hacían desastres. Usaban chores, medias, botas, ropa de niños, pelucas, colitas. Y para ese tiempo nosotros ya hacíamos eso. Stayfree se echaba escarcha en la cara y todo. En ese tiempo comenzaron a sacar los bolsos de ositos de peluche, yo salía a rumbear con un Mickey Mouse que le habían regalado a mi hermanito. También empezó a usarse el color rosado y el celeste y Adidas sacó el zapato clásico en tacón”.

Paladium en el CCCT, a la que entró a los 14 años. 1900 My Way. Underground, bajo la plaza Alfredo Sadel de Las Mercedes. “Era un tiempo en que había sponsors de la noche como El duo-deno. La periodista Luz Elena Carrascosa organizaba los Madonnarama, que eran toda una noche escuchando Madonna y que para mí eran como si me cogieran diez hombres a la vez”.

Ice Palace. Las fiestas con The Lawyer’s, Coco’s y Explosion People. Pongan freno de mano a la nostalgia, caraqueños. Las fiestas en el club del INOS en Macaracuay. El Basurero, un antro culturoso en la Zona Rental, lleno de universitarios, con su respectivo gordo mal encarado que controlaba el acceso al baño. No había aire en ese lugar y el sudor colectivo de una rumba desprejuiciada se condensaba en lluvia, cuentan quienes fueron a verlo bailar. “Las discotecas de Caracas eran pequeñas y la gente se trataba como familia. Hubo parejas de gays que me adoptaron como a un hijo, me compraban muñecas de Sailor Moon, ropa, regalos. Y qué mejor hijo que Stayfree”.

La Iguana Café en Las Mercedes también es importante, dice. “Para ese tiempo se creó un circuito en esos locales solo para ver a Stayfree y a Débora”. Débora es David Regalado, coreógrafo. Cree que hoy vive en España. Estudió con él primer año de bachillerato, fue su compañero de baile en las noches caraqueñas y contra él se enfrentó en una especie de Celebrity Deadmatch que hacían en una quinta en El Hatillo y perdió. “La verdad es que yo me enamoré de Débora, pero es que ella era tan pasiva”, dice y suelta una risita.

Los Happening Extremos que se hacían en la casa de Marcos Pérez Jiménez en el Country Club. Doors. “Ahí entrábamos por nuestro look, aunque éramos menores de edad y a nosotros no nos gustaba en rock. El grunge comenzaba a sonar en ese momento, pero imagínate que en nuestras fiestas ponían Nirvana al final para que la gente se fuera, era el Alma llanera”. En ese tiempo, acota, empezaron a usar collares de perro como los que le vieron a Dolores O’Brien, la de The Cramberries, en la portada de la Rolling Stone de algún mes de los 90, que llegaba a Venezuela con un cortísimo delay al igual que las revistas Vogue y Harper’s Bazaar, dos de sus muchas biblias, unas de sus primeras adicciones.

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La noche sigue. Dark Hole, la disco que abrió la leyenda del techno Johnny Ferreira, que estaba donde hoy está un apagado Triskell. “Si querías ser alguien tenías que entrar en Dark Hole y a los 15 yo logré entrar. Me puse un saco de mi papá y una boina, como el look de Madonna en ese tiempo, tipo Marlene Dietrich. En esa discoteca siempre estaba Omer (Breton, un gótico del estilismo) que era un influencer sin redes y todos entendíamos que era un duro porque él iba a ver en vivo a Deee-lite, que sacaron un ícono del momento: Groove is in the heart. Desde niño me cortaba el pelo ahí, sin saber que yo era gay ni que iba a ser Stayfree. Mi tía, que trabajaba en el Centro Perú, siempre me llevaba”. 90 grados. Rainbow. Tiffany’s. The Flower. Acero. El túnel. Xenon, que antes fue El Puño.

Por el año 92 Stayfree se hizo Stayfree a fuerza de imitar la chillona voz de Eyla Adrián en un comercial de toallas sanitarias. En ese tiempo él se la pasaba en el CCCT, Hugo Chávez desnudaba su insurrección militar y los Madonna dancers comenzaban a ser un movimiento en Venezuela. Y en ese culto pop, en el único en el que hasta entonces él militaba, hay una santísima trinidad que tiene clara: “En el 89 vi a Vivi (Virginia Ramírez Iragorri) bailar por primera vez. Ella es la precursora del voguing, pero es mujer, y ahora es una artista muy influyente en Barcelona”. Luego estaba Anthony. “Cuando Anthony era una leyenda Stayfree apenas era un rumor. Él era una niña hermosa, se convirtió en mujer, se cambió el nombre a Verónica, pero lo mataron en la Libertador, de 17 años, había comenzado a prostituirse a los 13. Eso salió en Crónica Policial”. Luego, naturalmente, quedó él.

Un día le tocó ir a un duelo en Caricuao. Se enfrentó a Roberto. La competencia consistía no solo en bailar como la artista que hoy está en sus sesenta, sino también en imitar al calco sus gestos de diva. El rumor que era Stayfree comenzaba a sonar más fuerte y ya se anticipaba que ganaría el duelo. Dice que la Madonna de Caricuao mandó a buscar una pistola para matarlo. “Gracias a Dios que vino Dj Melchor, sabes, el que todavía anda por ahí, y que es de Caricuao, y me sacó antes de que ocurriera una desgracia”.

Gloria Gaynor y la estamina
Una noche de agosto estaciono en la calle frente a la entrada del barrio La Cruz de Bello Campo, donde vive Stayfree. Quedamos en vernos ahí por su insistencia en que conociera y hablara con sus padres. Lo vi parado bajo el arco de ladrillos que indica que a partir de ahí vienen muchas casas sin frisar. Stayfree se acerca, me abre la puerta y una muchacha veinteañera que iba saliendo en el carro de al lado le ofrece dinero. “No, gracias, no soy el parquero”, responde amablemente. Seguimos a su casa.

La vida nocturna puso a Stayfree en el foco de la escena underground que vivió la generación que hoy anda sobre los cuarenta y que aglutinaba el semanario Urbe. Primero salió en una portada titulada “Caracas travesti”. Luego vino otra titulada “Rambotrans” en la que salió con la que hoy es una estrella de la música electrónica Aérea Negrot. “Si para ese tiempo yo ya era el Jesucristo de los maricos, ella terminó siendo la Mahoma, la que se vino contra el cristianismo, la que fue a por Stayfree. Ella de verdad es increíble, hoy es dueña de Berlín, pero también es una consecuencia de Stayfree”, dice.

Ya tenía dos portadas cuando empezó a andar con Adriana Lozada y Carlos Lizarralde, los fundadores de la que fue la publicación juvenil más leída de esa década. “De repente Stayfree llegaba a la oficina y montaba su show. Era melodramático, bullente, vital. En Urbe había ese ajetreo de redacción divertido en donde no sabías qué iba a pasar y él era parte de ese ecosistema”, recuerda Lozada al teléfono desde Rochester y lanza las coordenadas: “El Barquisimeto de Nueva York”.

El primer aniversario de la publicación Stayfree y ella hicieron un show cantando I will survive de Gloria Gaynor. Esa fue una famosa fiesta de junio de 1996 hecha en la tienda Neutroni, en el centro de Caracas, a las que unos pocos fueron con invitaciones. “Uno se maquilla, pero no se endiva, y Stayfree fue mi escuela para ese show”. Ya era un celebrity de la noche. Y otra fiesta que no olvida Lozada lo confirma: “Fue uno de mis cumpleaños y pasó esto: en una misma noche se presentaron Caramelos de Cianuro, La P Eléctrica, pusieron música Alejandro Rebolledo y Johnny Ferreira y terminó Stayfree con uno de sus shows”.

Un día comenzó a escribir. Al otro inauguró la columna de culto «Te lo juro por Madonna», una frase que acuñó para el argot gay caraqueño, y que la banda mexicana Plastilina Mosh hizo canción luego de que en una gira por el país los acompañó en sus salidas nocturnas y en su hospedaje en un luminoso hotel Las Quince Letras de un Macuto predeslave.

No perdió el tiempo. Estaba inscrito en la Escuela de Ballet del Teresa Carreño, aunque el inicio tardío y la terquedad de sus articulaciones, como le pasa a muchos balletistas varones, frustraron sus aspiraciones en la danza clásica. Tuvo un papel en «Variaciones sobre un concierto barroco», de Vicente Albarracín y Edwin Erminy, la primera obra de teatro multimedia que se hizo en Venezuela y que los llevó a Londres, donde asegura se rindieron a sus pies, y luego al Festival de Teatro de Bogotá donde se dio cuenta de que los hits musicales llegaban primero a Venezuela que a Colombia. En ese viaje, dice, todo el elenco de Betty La Fea fue a verlos y a él lo entrevistaron en el diario El Espectador y supuestamente titularon la nota así: “Stayfree, el Libertador de las locas”.

En esa etapa dorada de artista lo conoció la actriz y bailarina Eloísa Marturén: “Estaba en la esencia absoluta de su personaje. Venezuela siempre ha sido muy conservadora con el tema gay y de repente él llegaba con un moñito rosado y unas botas plateadas y hacía un pedacito de Vogue en el cafetín del teatro o lo veías haciendo un performance en la vitrina de la librería del Ateneo, cuando todavía existía, cantando Desde mi ventana, de Karina, o algo de Madonna. Ese era un show increíble, tenía una estamina y logró sacar a Stayfree de los bares y meterlo en la cultura. En ese tiempo no paraba, era un remolino y a donde llegaba dejaba una estela”, cuenta por Whatsapp desde Los Ángeles.

Pela y palo
En la casa de escaleras imposibles a mitad de una de las veredas del barrio La Cruz de Chacao Stayfree no es Stayfree. Es Julian, escrito con j y pronunciado con y. Julian Adalberto Eduardo Guzmán, nacido en Semana Santa, el 5 de abril de 1977, al que su mamá ni su papá nunca quisieron ver en la televisión en el programa Noche de perros que transmitió Televen a mediados de los 2000. Al que tampoco vieron como Madonna dancer ni leyeron en Urbe. De quien no supieron que tuvo su primera aparición vestido de mujer, a lo Marilyn Monroe, durante el llamado Concurso de la Parchita, donde Carolina Perpetuo y Divine le dieron la banda de top model simpatía.

Stayfree tiene una conjetura sobre sus vínculos con Madonna. No es un fan. Se cree un aborto de la reina del pop de sonrisa con diastema. “Madonna tiene la misma edad de mi mamá y cuando tenía 17 años, más o menos, era muy puta y salió embarazada y tuvo que abortar porque su papá era un italiano muy recalcitrante. Yo nací en el 77. En el 87 ella sacó el disco True blue que tiene mis canciones favoritas. También me he visto cierta separación en los dientes, así como la tiene ella. Yo creo que soy como uno de los hijos que no tuvo”. Madonna, de alguna manera, lo convirtió en lo que es. Y también Zenaida, su mamá, Jóvito, su papá, y su abuela María, sobre todo.

Julian nació de la primera relación sexual de sus papás, así lo especifica la madre. “Mi familia materna es descendiente de Antonio Guzmán Blanco y también son fundadores de El Hatillo”, interrumpe Stayfree para resaltar otro de sus linajes. Sigue la madre. Se hicieron padres a los 19 años, casi adolescentes, y les tocó criar a un niño que rápidamente se asiló en el territorio de la abuela materna. Zenaida, una morena de ojos bien abiertos y cuentera, trabajaba como secretaria en Línea C, una compañía de cruceros. El papá es músico. Salsero para más señas, de cara dura, voz pausada y pocas palabras, que había conseguido empleo en un banco.

“¡Mi mamá me dio una pela cuando salí embarazada! Me pegaba cada vez que me veía la barriga. Pero luego, cuando nació Julian se adueñó de él, nos quitó toda autoridad. Fue muy mimado, lo tenía todo en exceso. Nació enmantillado, como dicen”, cuenta acomodada en un sillón en un recodo de la sala. Julian, que lleva el nombre de un amigo de su papá, la interrumpe con una línea de contexto histórico: “Era el final de los 70, la gran Venezuela. Todos mis juguetes eran Fisher’s Price”.

Las pelas fueron luego para Stayfree. “Desde que era niño yo sabía lo que él era, por su conducta, su forma de hablar, pero yo no entendía eso y sí le di mucho palo, porque le hacían bullying en el barrio y en la escuela. Después lo acepté, pero siempre le dije que respetara la casa porque ya habían nacido sus hermanos”, dice Zenaida, que luego intenta disolver la espesa confesión contando la jocosa historia de Freddy, un compañero del trabajo, de bigote y abundante pelo en pecho, que salió del closet en una fiesta de la agencia de cruceros mientras jugaban a ponerle la cola al burro.

Julian vuelve a entrar para dar una explicación que no hace falta: “En muchas familias venezolanas existe la idea de que si hay un miembro gay los más pequeños pueden influenciarse”. Fuera de la casa me había contado que a los 5 años lo encontraron tocándose con otros niños en un terreno baldío cercano, donde hoy está el gimnasio vertical, y que entonces la pela fue por tres días e incluyó la negación de la comida.

Cuando tenía 15 años Stayfree hizo una de sus primeras escapadas de casa. Salió con sus amigos al CCCT y no llegó a dormir. Apareció al día siguiente. “Primero estaba preocupada, luego molesta cuando llega y me dice que estaba en una fiesta en Palo Verde y en eso sale a meterse entre sus dos abuelas y entre ellas, igualito, le partí un palo en la cabeza”, dice Zenaida. Julian entra con otra acotación: “Palo Verde en ese tiempo no es lo de ahora. Era una zona clase media con poder adquisitivo”.

A la primera escapada siguieron todas las demás que se tragaron el bachillerato que todavía aspira a terminar. En una ocasión la reprimenda fue contra los afiches de Madonna que decoraban su cuarto. Ese día les gritó a sus padres lo que ya sabían y les lanzó una profecía autocumplida: “No les va a alcanzar la vergüenza para todo lo marico que voy a ser”.

Harto de regresar
A mediados de julio vi a Stayfree en una jornada de Música x Medicinas de Provea. Estaba solo en una silla, cóncavo del malestar. Me presenté. Años atrás lo había visto pidiendo cigarros y dinero en la puerta del pub Greenwich en Altamira. Conocía su historia de refilón, pues los seis años que me lleva me separaron de sus 90. “Pasé cuatro meses sin tomarme los antirretrovirales y ayer los volví a conseguir y fue como si me hubiese pasado la noche tomando éxtasis”, me contó como si lo conociera de toda la vida.

Le pedí su contacto y me dio su correo, porque no tiene celular. Le dije que quería hacer una historia sobre la crisis de los fármacos para el VIH. Me ofreció su testimonio sobre cómo el diagnóstico positivo le llegó después de estar 15 días hospitalizado por una neumonía en el Hospital Universitario de Caracas. Eran los años duros de la coca, en los que llegó a consumir 10 bolsas de perico por noche, en los que se le hizo un hueco en el tabique nasal y en los que el crack sacó su lado más horny, nunca antes descubierto porque dice que su pene de 17 centímetros es pequeño para los estándares del coito homosexual. El testimonio incluyó este largo perfil.

Uno de esos días post VIH, Stayfree iba caminando por Bello Campo con el martillazo del crack encima. Había descubierto las piedras en su propio barrio. Se drogaba con indigentes en la quebrada que desemboca en el distribuidor Altamira. Ahí podía hacerlo incluso a la luz de las 2 de la tarde y fue ahí donde, corriendo de la policía, se golpeó con una viga que le abrió la entreceja. Esa es la raja que está en el espejo todos los días.

Recuerda que los vigilantes del centro comercial tenían encendido un pequeño televisor. Ahí se vió en uno de los episodios repetidos de Noche de perros, por el que lo pueden recordar mejor los centenials que ensuciaban pañales cuando él bailaba en discotecas, y que ahora llenan unas pocas tascas de Chacao vestidos con la ropa que él descubrió por revistas y videos de Sonoclips y de MTV. “Qué marico me veía”, dice que se dijo.

El programa, que duró poco, era un late show masculino donde Carlos Mata, Carlos Canache y Jean Paul Leroux hacían chistes machistas y Stayfree ponía un toque femenino y cierta ilustración. Hizo casting en Televen para hacer de homosexual. En la televisión venezolana, los maricos genéricos, como se reconoce Stayfree, nacido en una época sin las correcciones inclusivas de las siglas LGBTI, eran caricaturas en los programas de humor. Charly Mata y sus catalinas en Radio Rochela. La gaita de las locas de Joselo, mucho más atrás. Lo de él era otra cosa, dice. Él iría a opinar con autoridad. “Yo ya había estado en Alemania, cuando fui a buscar a Swen. Ya había ido a Londres. Me los llevaba por los cachos a ellos”.

Pero ese programa fue su debacle personal. La cocaína ya estaba instalada en su vida. “Un día empiezo a llegar tarde al trabajo, a irme a saunas, a hacer el amor sin protección. Es un Stayfree que tiene mucho dinero, con la ciudad a sus pies”. Una de esas crisis coincidió con la visita al programa de Boris Izaguirre, otra gran diva venezolana, pero forjada en el star system de España. Y a Stayfree le molesta que lo comparen con Boris. “Todo el mundo me decía que era una copia burda, negra y malandrizada de Boris Izaguirre y eso me daba arrechera. Yo era Stayfree, nunca fui una copia de nadie. Eso me desgastó. ‘Es que eres como Boris, tío’, dijo Bertin Osborne una vez que fue al programa. Luego invitaron a Chenoa y yo me fui a drogar para no llegar porque me iba a decir lo mismo. Luego cuando viene Boris a Noche de perros, se quedó como por dos semanas… La televisión es un mundo terrible y a mí me habían empezado a hacer la guerra”.

Una relación estrecha que asegura que tuvo con los Izaguirre es su argumento para decir que la comparación que tanto lo enerva es malsana. “Yo iba a almorzar con sus padres, casi que me adoptaron, una vez le modelé a Boris en casa de Fran Beaufrand y cuando él celebró mi pasarela recuerdo que le dije: ‘Boris, es que tu primera pasarela es como tu primera comunión’ -y se parte en una risa-. Yo le mostré la noche caraqueña que se había perdido desde que se fue a España. Fuimos amigos, por lo menos por esa noche”.

Rodolfo Izaguirre, escritor, crítico de cine y papá de Boris, no recuerda esas comidas en su casa. Dice que Stayfree pudo ser más amigo de su esposa Belén Lobo, ya fallecida, en los tiempos del ballet del Teresa Carreño. Pero el recuerdo más nítido que tiene de él es en Noche de perros, justo cuando vio ese programa porque su hijo estaba de invitado. “En ese tiempo supe que era un poco desorganizado, que había problemas, que de pronto no iba. Pero tengo mucha simpatía hacia él y hacia el nombre artístico que escogió. Usar el nombre de una toalla sanitaria me pareció siempre un agresivo gesto de rebeldía, una ironía con la sociedad. Después me lo encontré un día y no lo reconocí”, dice a sus 87 años.

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En el 2001 había dado muestra de otras de sus ironías. Desfiló en la primera Marcha del Orgullo Gay de Caracas con un vestido verde militar y una boina roja, como si fuera el comandante eterno de las locas. “Creo que sin la revolución un negro, marico y pobre no hubiese llegado a la televisión. El chavismo afeó el canon y así pude llegar yo”, dice hoy para justificar su simpatía por el gobierno, aunque la televisión, insiste, fue su peor etapa, una en la que le abrió camino, en un medio cada vez más devaluado, a personajes como el presentador Pedro Padilla, conocido como La Pepa, el travesti Chicky Lorens y ahora, en los días de Instagram, el influencer Andrógena, con 43.000 seguidores y un repertorio de frases hechas, “como para complementar”.

En 2015 Stayfree intentó publicar de nuevo «Te lo juro por Madonna» en el portal Noticias 24, de filiación gubernamental. En una entrevista promocional en la que se ve hinchado y nervioso, dijo que regresaba de las cenizas con madurez. Apenas le dieron un celular en ese nuevo trabajo lo empeñó para drogarse, como hacía con cosas que se robaba de su casa. Y volvió a desaparecer. Su blog personal olvidado en Internet tiene el registro del ritmo frenético de esos años de crack y Kabbalah. Más de 100 publicaciones al mes del Zohar, su otra biblia que también es la de Madonna.

“Entre 2009 y 2016 me incineré yo mismo, era un guiñapo ambulante, sin esperanzas”. En ese tiempo se decía que vivía en la calle. Volvía a ser un rumor, pero uno oscuro y Zenaida, su mamá, un día se vio obligada a aclararlo. “La Pepa había dicho en una entrevista que Julián era un drogadicto y un indigente y yo escribí a Últimas Noticias diciendo que eso no era verdad, que él dormía en su casa. No me quedé con esa, lo llamé y le dije que si algún día una mujer le metía un coñazo en la calle, esa iba a ser la mamá de Stayfree”, dice ella, investida de madre fiera. Pero en 2017 sí tuvo que irse de casa porque le pegó a su mamá. “Yo estaba en la indigencia mental”, reconoce ahora él.

Este 2018 le dieron otra oportunidad y volvió al portal de noticias a escribir de otros temas, consiguió un empleo en la revista del diario Ciudad CCS, asiste a un programa de recuperación para adictos, escribió un monólogo que presentó en el Teatro Chacaíto y en el Festival de Teatro Rosa de la Alcaldía de Caracas y hoy está otra vez bajo el mismo techo con Zenaida, Jóvito y sus dos hermanos. Hace unas semanas «Te lo juro por Madonna» reapareció en UB, dice que con la única expectativa de pulirse como escritor. Pero en realidad Stayfree está harto de regresar. “Me cansé de ser Ave Fénix, no me quiero volver a quemar. Prefiero pensar que todo este tiempo he resistido como una bacteria”.