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Un perdigón dentro del ojo (una bienvenida constituyente)

El domingo 30 de julio de 2017 nuestro periodista Andrés González Camino fue herido dramáticamente en el ojo izquierdo tras recibir el ataque directo de los cuerpos de represión del Estado en las protestas que tuvieron lugar en Los Ruices, Caracas. Esta personalísima crónica obedece a una cobertura del acontecimiento, los estertores de las protestas en un día decisivo como lo fue el 30 de Julio de 2017, día de la elección del poder constituyente impuesto por el Gobierno. Enfocando la vivencia y el motivo presencial que significa coexistir en ese panorama actual de la ciudad de Caracas,  la situación converge en este relato, ejemplo de la convulsa y vapuleada situación de abuso represivos sumado a enfrentamiento.  Y, de paso, cumple lamentablemente con llevarse una muestra no muy gratificante del sufrimiento que muchos políticos, activistas, manifestantes y - en este caso, además- periodistas, padecieron durante estos últimos cien días. 

Un perdigón dentro del ojo (una bienvenida constituyente)

La persecución en la avenida Río de Janeiro me tomó por sorpresa.
Los esbirros detrás del piquete se percatan de mi mala jugada; esa supuesta ilusión de escape o escondite al no haber permanecido entre las filas detrás de la barricada del lado de Caurimare, sino oculto en los arbustos del nivel de abajo, en la conexión con la Río de Janeiro, me delata. Detectado, comienza la carrera alarmante, en la que tomo una ventaja crucial, sorprendente para mis propias cualidades. No estoy tan mal. Tengo algo de esa “resistencia”.
Completamente solo, mientras asumo una imprudente distancia, mi primo Santiago y otros amigos aguardan con calma en su sitio correspondiente, apuestan por la espera sensata frente a las arremetidas del poder. La ubicación periodística se maleaba con la funesta amenaza que cualquiera pueda recibir en estos tiempos: así cubras o no. Nada, por ende me permitía estar exento de los humos, y las lágrimas de siempre, los meses de entrenamiento de los escuderos, la gente presente que retrocede y avanza con su indumentaria de calle, los mayores tratando de ubicar la mejor logística, las consignas. Las molotovs. La espera. Lo que puede parecer estéril y a la vez no lo es, lo que es y la artillería de calle. Lo pacífico en legítima defensa- pero tampoco – mediante las respuestas y los métodos recíprocos y faltos de proporción. Un registro que se asume tanto en carne informativa como de carne de cañón voluntaria.
Por alguna razón quedo fuera del mapa. En un extralímite del perímetro que me convertía en blanco móvil de cualquier abuso y de ser capturado – sin duda el peor de los escenarios -. Era casi uno de los pocos corresponsales en dichos hechos.
Pienso en el Guaire. En aquel 19 de abril en que muchos no estaban preparados y surcaron el río fecal, cual espaldas mojadas en pánico. Tenía más sentido emprenderlo ahora ante ese acecho en vez de afrontar como aquél día en Bello Monte las lacrimógenas. Quizá. Pero mis perseguidores se esfumaron del panorama, ¿desistieron?
Sólo enfrentaba de nuevo el puente, esta vez sobre esa calle de Los Ruices Sur, la de la “Plumrose”, con los verdes apostados desde arriba percatándose de mi prisa desesperada y sin compañía. Sin «artillería». Sin nada.
Ya estaban dispuestos a divertirse un rato con alguien atrapado debajo. “Si te quedas te agarramos, si corres, llevas pela”. Decidí correr hacia adelante. Pam. Cuello. Pam. Cabeza. Pam. Cabeza. ¡No sé donde está mi casco!
Volteo a ver cuántos son y precisar el ángulo de escape. Pam. ¿El ojo? Visión desconectada. Otro impacto en la espalda. Sospecho una bomba, pues me bate contra el suelo. No hay tiempo para desfallecer. “Levántate y sigue”. La sangre es solo un aceite de espesor incomprensible que empieza a cubrirme, me acompaña hasta la meta decisiva y fortuita: la Clínica Vista California.
GoogleEarth_ElEstimulo_AndresGonzalez_Tuerto
Es el domingo 30 de julio 2017 y para muchos se vislumbraba como un Día D en nuestra historia reciente. Como el día del juicio de la República, si es que esta República en algún momento ha funcionado como tal parapeto. Quizá, lo diría Cabrujas, lo es dentro del desmadre vital venezolano, el de las formas postizas y ahora malogradas y disueltas en pocilgas poderosas, habitadas de esperpentos masivos y colectivos, esos que han determinado que ahora el derrotero infinito de la caída se llama Asamblea Nacional Constituyente. Ellos son los jueces de ese día y a lo largo de los años nos hicieron creerlo sin que en verdad nos lo pudiésemos creer.
Suma del irresoluto denuedo demostrado en los días pasados, muchos caen ante la resignación de la entrega. Pero ellos siguen y a ellos me sumé como uno más.
Quizá, meterme en el flanco equivocado de una de las muchas batallas, me condujo a experimentar, en solitario, como craso error, la bota represiva de los cuerpos uniformados, quienes desde un puente me vieron correr a toda mecha para descargar una ráfaga de peloticas letales de plástico. Dos en el cráneo. Una en el cuello. Y la otra, la protagonista de mi ceguera temporal: el cuerpo extraño que es el que aún orbita alrededor de mi cavidad ocular izquierda. El perdigón que aún llevo dentro.
Los otros tres extraídos tras posterior sutura en la Policlínica Metropolitana – a cargo de otros héroes que se desviven en pasión galena en medio de esta guerra y que merecen una ovación eterna – los tengo en mi poder como evidencia de lo peor a lo que hemos llegado. Del ejemplo que ya se ha llevado a cientos aún mediante peores maneras vejatorias e incomprensibles que no deseo enumerar y que todos conocemos, de la vejación monstruosa variante en materiales, formas infames, deshumanizadas. Ahí están y estuvieron.
Las presentes líneas discurren frente a mí entre dos terrenos. Uno corresponde a mi mitad ocular (OD) 20/20, sin alteraciones. El otro se bate entre una rara percepción luminosa, cuyo anexo presenta edema y hematoma bipalperal que limita la apertura. Ese es el estado de las cosas en OI.
Según el informe médico, se trata de mi ojo izquierdo magullado y casi perdido por un centímetro. Ese que ahora lucha por no ser más que una difusa proyección temporal de luz, color y movimiento y que está tan hinchado y enfermo como este país consumido por la rapiña. Espero que el país tenga las mismas expectativas de tiempo de cura de mi ojo izquierdo. Que las tiene.]]>