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Verga, pues sí, pero ajá…

¿A quién le molesta el ron en una parrillada? A nadie. ¿Y las muletillas en una conversación? Depende. Para algunos revela pobreza de lenguaje. Para otros no es tan grave. La profe Miliber Mancilla aborda el tema, ¿entiendes?

Verga, pues sí, pero ajá…

Coño, esta semana quedé cansadísima.

-Verga, de pana, yo también y tenemos que hacer muchas cosas, ¿sabes?

-Sí, pero, o sea, en serio deberíamos tomarnos el fin de semana relajado, ¿verdad?

-Sí, vale, arrancamos el lunes así con todo porque ajá…

Si en una conversación como la de arriba, quitamos las siguientes palabras y frases “coño’’, “verga’’, “de pana’’, ‘‘¿sabes?’’, “o sea’’, “¿verdad?’’, “sí, vale’’, ‘‘así’’, “porque ajá…’’, se seguiría entendiendo la conversación, ¿no? Quiere decir que esas palabras están sobrando, ¿verdad? No necesariamente. Eso es como cuando vamos a una parrillada y se acaban la carne, el chorizo y las cervezas; nos preparamos para irnos a casa y, de repente, ¡alguien saca una botella de ron! No lo esperábamos, no lo imaginábamos, pero no es algo que nos estorbe.

Ese tipo de palabras son como el ron: no son tan necesarias en una parrillada, pero no molestan. Incluso, estas palabras también cumplen una función en el habla, ¿saben? Se llaman marcadores discursivos, pero las conocemos como muletillas, coletillas o comodines, ¿ok? Se trata de expresiones orales que nos ayudan a disimular bloqueos mentales.

¿Cómo así? Pues resulta ser que mientras en la escritura (novelas, artículos, tuits) tenemos chance de releer, borrar, reescribir sin que las otras personas lo sepan -a menos de que seamos unos atorados, escribamos sin pensar, nos arrepintamos, eliminemos el mensaje y WhatsApp le diga al otro Este mensaje fue eliminado (Gracias, maldito WhatsApp)-, en la oralidad sí planificamos sobre la marcha lo que vamos diciendo. Es decir, vamos hablando mientras pensamos (o mientras no pensamos). Muchas veces tenemos que usar recursos lingüísticos que nos ayuden a tener más tiempo para organizar el pensamiento y controlar, entre otras cosas, el dominio de palabra.

Aunque muchas veces hablemos al mismo tiempo y nos entendamos, en una conversación normal contamos con turnos de habla; o sea, los participantes de una conversación siempre tienen intervenciones, ¿me explico? Normalmente, cuando nos callamos le estamos diciendo al otro que ya terminamos la idea y que es su turno. Es por eso que algunas veces, para cuidar nuestro turno de habla y decirle de alguna u otra forma a nuestro interlocutor que vamos a seguir desarrollando la paja que estamos diciendo, usamos las famosas muletillas.

Por supuesto que no todas las muletillas están destinadas para los mismos fines. Si queremos dominar el uso del habla usamos un ‘‘esteeee…’’, ‘‘uhmmmm…’’ o ‘‘¿qué era lo que te iba a decir?’’. Estas le dan información al otro de que aun no hemos terminado la idea.

Hay unas muletillas a las que yo llamo ‘‘muletillas con salivita’’ porque son las que nos permiten no entrar de manera tan brusca y seca en el discurso, estas son, por ejemplo: ‘‘Ajá, lo que te iba a decir…’’, ‘‘Mira…’’, ‘‘Oye…’’, ‘‘Disculpa…’’, ‘‘Epa, te quería decir una cosa…’’.

Otro tipo de muletillas son las ‘‘jalabolas’’ puesto que con ellas siempre buscamos la aprobación y complicidad del otro, ¿verdad? Se muestran en forma de pregunta: ‘‘¿Ok?’’, ‘‘¿sabes?’’, ‘‘¿vale?’’, ‘‘¿no?’’, ‘‘¿cierto?’’. En ocasiones buscamos un complot con la persona con la que estamos hablando ya que a veces intentamos mantener una conexión con nuestro interlocutor y le decimos algo como ‘‘Debe ser arrechísimo viajar a París dos veces al año, ¿o no?’’ y puede que a la otra persona le dé bastante ladilla el olor a violincito del metro, pero el ‘‘¿o no?’’ logra comprometer el acuerdo. Además, nada nos cuesta responder con otro tipo de muletilla ‘‘jalabolas’’, pero de manera colaborativa: ‘‘claro’’, ‘‘ajá’’, ‘‘de bolas’’, ‘‘¡de pana!’’, ‘‘por supuesto’’. Igual, ni siquiera nos ha llegado la prórroga del pasaporte como para que nos pongamos a pensar en esas vainas.

Mis muletillas favoritas son las que se usan al final de la oración porque ajá, son las que te dan apoyo al terminar el enunciado y pues nada, eso. Ojo (esta es otra muletilla), ¿se dieron cuenta de que dije ‘‘al final’’ y no ‘‘a la final’’? Porque al final así es como se dice, y bueno.

Las muletillas rellenan ese silencio que puede resultar incómodo en cualquier momento. A veces cuando todos se quedan callados siempre saldrá alguien a decir ‘‘Pues, sí’’, ‘‘¡Qué vaina!’’ o ‘‘¿En cuánto fue que cerró el dólar hoy?’’ para romper el hielo (o deprimirse recordando que vivimos en comunismo). Y muchas veces, antes de comenzar cualquier enunciado o finalizarlo, usamos una muletilla que puede considerarse grosera: ‘‘Marico…’’, ‘‘A la puta…’’, ‘‘Ostia…’’, pero verga, hay veces que estas muletillas hacen falta, coño.

Algunos expertos en comunicación aseguran que el uso de muletillas da una imagen lingüística muy pobre y demuestra que la persona que las usa no tiene suficientes recursos para expresarse. Otros insisten en que un discurso sin coletillas es más agradable, da una sensación de dominar el tema y convence mucho más. Muchos lingüistas mencionan que las muletillas distraen a la persona que está escuchando porque ajá, son expresiones vacías de contenido: no tienen un significado importante en la frase. Yo no estoy de acuerdo con ninguna de esas aseveraciones porque las muletillas nos ayudan a guiar el discurso oral. Por supuesto que tampoco entenderíamos a una persona que hable solo con muletillas porque ajá, o sea, ¿no? por decir algo, pues nada, fíjense que no es muy bonito que digamos, ¿o qué? Bueno, digo yo, pero ni de vaina, equis, dale, fino, ¿entienden?