Yo tengo un moco…

¿Te desagrada? Hay quien se come los mocos. Otros juegan con ellos a escondidas. Y todos los desechamos sin pensar mucho en su importancia: el moco también es vida

¿Por qué estoy escribiendo sobre mocos?

Si ha leído mi primer par de artículos, se habrá dado cuenta de que esta columna se trata en gran medida de entendernos orgánicamente, de perdernos el asco. Algo muy necesario para disfrutar del sexo que este medio vende, por cierto.

En realidad, escribo del moco porque me parece fascinante. Los humanos le tenemos miedo porque solo nos percatamos de él cuando hay una enfermedad, momento en que lo vemos lleno de bacterias y pudrición.

Empecemos por decir que el moco es el vehículo mediante el cual el cuerpo intenta sacar esa pudrición desde adentro de sí mismo. Ya por ahí tenemos un atisbo de lo importante que es.

Los humanos… todos los animales…. Somos unos mocosos. El moco humecta nuestras vías respiratorias y evita su colapso, lubrica nuestro intestino y evita su obstrucción y, en general, protege nuestras cavidades de la deshidratación, la abrasión, el shock osmótico y los agentes externos que puedan ser dañinos. El moco es la frontera entre nosotros y el medio, es nuestra primera línea de defensa y de interacción.

Técnicamente se habla de moco en animales, incluyendo corales y medusas, porque nuestro coctel de Sustancias Poliméricas Extracelulares (SPE) incluye glicoproteínas llamadas mucinas. Las plantas producen mucílagos, que son pura azúcar, y las bacterias y hongos producen cocteles diferentes… Pero para efectos de este artículo llamaré moco a cualquier SPE que cumpla con estas condiciones:

1) Es muy hidrofílico, retiene agua en abundancia.

2) Es relativamente inerte, no reacciona químicamente con facilidad.

3) Es extremadamente viscoso.

Hasta donde sabemos, una sustancia con estas características no es posible sin que la vida intervenga en su fabricación, y su existencia cambió completamente las reglas de juego en un mundo lleno de agua.

Al principio de la vida en este planeta, suponemos con cierta claridad, sus habitantes éramos agentes libres, unicelulares, flotando a merced de la corriente. El moco fue la primera toma de control sobre nuestro propio destino. Una arquea o bacteria (¿quién sabe?) secretó esa sustancia pegajosa y logró establecerse, unirse a otras como ella y empezar a cambiar el entorno para explotarlo. Surge el primer biofilm, algo muy similar a la baba que le sale al jamón cuando se daña en la nevera: agrupaciones de células autónomas que crean un microecosistema bien delimitado y diferenciado en sus propiedades de todo el medio externo que está completamente fuera de su control.

De ahí en adelante ha sido una carrera evolutiva vertiginosa que pasó por las primeras colonias, los primeros organismos multicelulares, los primeros sistemas tisulares, los primeros organismos que podían vivir en el aire… una historia natural rica, diversa, pujante y próspera que deja un rastro de millones y millones de toneladas de moco. Literalmente, podemos estudiar la historia evolutiva en este planeta analizando el registro que se encuentra en los genes de las SPE de cada especie.

No fue el barro la sustancia viscosa e inerte que nos dio forma a partir de lo informe, fue el moco. Somos carne, hueso y moco.