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Una cuarentena que lo que da es risa

Cada quien trata de acomodarse lo mejor posible a las imposiciones del encierro. Algunos enloquecen, otros se transforman en atletas, unos en estrellas de Instagram y otros, como Miliber Mancilla, se inventan su propio sitcom

Este es un diálogo del sitcom The Big Bang Theory:

Raj: Ya está, tengo todo lo que necesitamos para la partida: lonjas de pavo sin calorías, cerveza light, bolsitas de aperitivos de 100 calorías…
Leonard: ¿Compraste algún cromosoma «Y»? No te vendría mal.
Raj: Oye, planeo subir el nivel del juego, no la talla de mi traje de baño, gracias.

Esto es lo que pasaría en la vida real:

Raj: Traje vainas para picar.
Leonard: [Abre una bolsa de platanitos] Marico, ¿esta vaina es qué?
Raj: Son dietéticos, sino voy a rodar un día de estos.
Leonard: Sí eres marico. De pana sabe burda de raro.
Raj: Así no me decías anoche.

Las series de televisión me arruinaron la vida. Todo comenzó en cuarentena, el encierro hizo que experimentara distintas cosas: conseguí plastilina en una gaveta e intenté hacer a los personajes de Harry Potter, que terminaron siendo una bola gris. Me he peinado como la princesa Leia, trate de ver películas en un VHS que no pude arreglar y terminé viendo videos de Youtube. He jugado Sims, me he hecho mascarillas con sábila y aguacate, he almorzado Doritos, me he hecho manicure, pedicure y hasta pelicure.

Y un día solo decidí meditar, filosofar, monitorear todos mis pensamientos para quinictirmi quinmigui mismi.

Ser consciente de lo que realmente pasa por mi cabeza me pareció un buen experimento. Escribí mis pensamientos en un cuaderno.

Ese día me desperté, escribí lo que pensé. Me cepillé los dientes, escribí lo que pensé; me lavé la cara, escribí lo que pensé; me senté en la poceta, escribí lo que pensé.

Revisé las redes sociales sentada en la poceta, escribí lo que pensé. Alimenté a mis mascotas, escribí lo que pensé. Desayuné, escribí lo que pensé. Trabajé -esta vez sentada en una silla-, escribí lo que pensé… Definitivamente, cogito ergo sum, anque quisiera decir coito ergo sum, pero, qué carajo, estoy pasando la cuarentena sola.

Y me di cuenta de que solo pienso pendejadas.

Lo único acertado e importante que se me vino a la cabeza pasó cuando, simplemente, estaba viendo televisión.

Definitivamente, mi adultez comenzó muy mal por culpa de las series llamadas sitcom. Las sitcom o comedias de situación son esas que se caracterizan por tener risas grabadas -no necesariamente- y que se desarrollan en un mismo contexto: Friends, The Big Bang Theory, The Office, How I met your mother, The Nanny, The Fresh Prince of Bel-Air, Modern Family, Seinfeld

Todas estas series del grandísimo demonio, entre las que incluyo Sex and The City, me arruinaron la vida porque me hicieron crear demasiadas expectativas y mi vida no es ni parecida a lo que pensaba que iba a ser.

Primero -y más importante-, nunca me prepararon para una cuarentena.

Segundo, pensaba que mi madurez permitiría que fuese amiga de mi ex. Pensé que ser una obsesiva compulsiva iba a resultar gracioso y no aterrador; que, cuando estuviese despechada iba a salir a comprar ropa, zapatos y un helado de tres litros, y hasta juré que ese helado jamás me haría engordar. Por mucho tiempo esperé tener un vecino extraordinario, amable o científico. Pero uno de mis vecinos era drogadicto y el otro evangélico.

En las sitcom todos son felices: hay risas por cosas de las que normalmente no nos reíriamos tanto. En Friends, Phoebe siempre habla del suicidio de su madre y eso resulta gracioso. En The Big Bang Theory, todos -salvo Penny- hablan del bullying que han sufrido toda la vida y eso, en esos contextos, da mucha risa.

En las sitcom casi nunca nadie está triste, estresado o amargado. Así que mientras esté en cuarentena decidí vivir en una sitcom. Llamaré «comerciales» al momento en el que salgo a comprar comida. Descargué una aplicación de efectos de sonido para poner risas de fondo cada vez que diga algo gracioso -todo el tiempo, obvio- y “One way or another” es mi nueva alarma.

Sé que muchos de ustedes dirán que es ridículo que use risas enlatadas, pero creánme que si quiero vivir en una sitcom, tengo que hacerlo. El primer episodio de Friends fue transmitido sin ese artificio sonoro y se perdieron muchas risas. Eso no quiere decir que no existan sitcom sin risas de fondo, pero muchas veces hacen falta.

Este es un diálogo que tuve con una persona con la que normalmente interactúo por teléfono o redes sociales:

-Estoy cansada (no dije “ladillada” porque esa palabra no pega en una sitcom) de las maripositas que entran a mi cuarto cada vez que llueve.
-Piensa que son haditas del bosque.
-Pues, ya he matado unas diez haditas del bosque.

Esta vaina nunca sería graciosa si no tuviese unas buenas risas de fondo. Y es que estas risas guían al espectador cuando algo que se está diciendo es gracioso. Las risas pueden verse como otro personaje que logra marcar un discurso. Es una estrategia medio tramposita, usada para que la gente se ría más de la cuenta.

Tuve que estudiar este género a profundidad y hacer algunos análisis lingüísticos, con lo cual me di cuenta de ciertas cosas: esas series se desarrollan en un número muy limitado de entornos, cosa que no será problema para mí porque me muevo de la cocina al cuarto, del cuarto al baño y del baño a la cocina.

También hay una gama mucho más estrecha de tipos de interacciones y temas. La mayoría de las conversaciones giran en torno a los temas que nos hacen felices: amistad, citas… Como no estoy teniendo citas -bueno, con mi psiquiatra, pero creo que eso no cuenta del todo-, entonces decidí hablar sobre citas de libros; y, si en una serie como The Big Bang Theory hablan de física y teoría de cuerdas, yo hablaré de lingüística y haré ejercicios con una cuerda para saltar.

Además de este número restringido de configuraciones y temas, la mayoría de los diálogos tienden a referirse a problemas o eventos inmediatos. Como estoy sola, no mantendré diálogos con gente de verdad, pero todo será un monólogo o, mejor aún, diálogos conmigo misma. Esto será perfecto para este experimento porque en una conversación real entre dos o más personas reales existen muchas interrupciones, hay mucha interferencia en el flujo de intercambio porque, ajá, las conversaciones son interactivas y las personas suelen estar ansiosas por participar en la conversación porque son unas atoradas.

En una serie cada quien tiene un turno de habla bastante definido -porque bueno, se aprenden un guion-, no hay muchas interferencias y los hablantes terminan sus ideas.

Me he permitido maldecir, es fascinante que en las sitcom nunca nadie te dice “No maldigas, porque se te puede devolver”. Me parece genial que en las series de televisión sean conscientes de que las palabras no se devuelven, los golpes quizás sí. Entonces usaré intensificadores, marcadores discursivos, respuestas cortas, marcadores de posición (aquí dije un montón de términos lingüísticos para que crean que hice un análisis profesional)…

Lamentándolo mucho, no podré decir las groserías que me gustan. Quizás “coño” o “mierda”, si me golpeo. Pero si me refiero a alguien, solo será válido decir idiota, imbécil e infeliz; nada de mamagüevo, aunque definitivamente lo sea.

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