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Unorthodox: ¿por qué valoramos las series por sus buenas intenciones?

El último éxito de Netflix relata la odisea de una adolescente embarazada que escapa de la comunidad jasídica de Williamsburg, en Brooklyn, Nueva York

Unorthodox: ¿por qué valoramos las series por sus buenas intenciones?

¿Se deben los elogios a Unorthodox a la causa que subyace? Hace unos meses, todavía en enero, Stephen King tuvo su propia jornada de purga. Como académico de los Oscar tiene voto en las categorías de mejor película, mejor guion original y mejor guion adaptado, y como tal advirtió de cuáles son sus criterios: no mira color de piel, ni religión, ni identidad sexual.

El autor de obras maravillosas como Carrie recibió cientos de mensajes recriminatorios; no es difícil imaginar hacia dónde se dirigían los disparos siendo King, hasta donde sabemos, un varón hetero blanco. Pero más allá de la purga y los insurrectos, hay una cuestión que subyace: ¿por qué habría que valorar la obra en función de quién la escribe? Es más, ¿por qué habría que valorar la obra en función de la causa con la que se compromete?

Muchos años antes se metió Harold Bloom en un jardín parecido; no escurrió el bulto, defendió sus ideas a pecho descubierto. El influyente crítico literario, uno de los más grandes del siglo pasado, defendió la independencia del criterio estético y atacó la politización de los estudios culturales. Empleé estas mismas palabras en su obituario, cuando murió en octubre del año pasado.

Si analizamos la última miniserie de Netflix de éxito masivo, esa que en España conocemos como Unorthodox y en Latinoamérica como Poco ortodoxa, nos podemos plantear una cuestión parecida: ¿se deben los elogios a la causa que subyace? Para los lectores que no la hayan visto, hablamos de una ficción inspirada en una historia verdadera, la biografía de Deborah Feldman, que no tardó en subir como la espuma en las listas de los libros más vendidos en los Estados Unidos.

La serie relata la odisea de una mujer muy joven, postadolescente, que sufre el infierno de un matrimonio concertado, de la sociedad ultraortodoxa que habita —la comunidad jasídica de Williamsburg, en Nueva York—, y planea y consuma su fuga a Berlín con un niño en el vientre y con el ejemplo de su madre, que hizo lo mismo años atrás. No revelaremos más detalles de la sinopsis; no haremos del artículo un campo de minas.

Unorthodox: ¿por qué valoramos las series por sus buenas intenciones?

Esty, en su momento epifánico. | Fuente: Netflix

Sin embargo, contarlo todo y no hacerlo sería lo mismo: la narración camina sobre clichés, sobre golpes de efecto previsibles, sobre diálogos inverosímiles, sobre la emotividad que cualquier desgracia propicia. La superficialidad de los personajes queda al descubierto desde el momento en que los conocemos; fijémonos en sus amigos: multiétnicos, presumiblemente ateos o religiosos moderados, la mitad heteros, la mitad homosexuales.

Todos artistas, todos sarcásticos, guapos, amables. Todo lo que no son los judíos de Williamsburg. Las imágenes más epifánicas, como la entrada de Esty —nuestra protagonista— en el agua, son más superfluas que sugerentes; tal vez sea más poderosa la entrada de Esty en la discoteca, en el nuevo mundo del subsuelo, cerrado, pero libre. Tal vez perdieron las autoras de la miniserie, Alexa Karolinski y Anna Winger, la ocasión de crear una escena más evocadora, única, cuando uno de los judíos jasídicos —no revelaremos quién— decide podar su peot como gesto de desesperación y renuncia, como la muerte de una forma de comprender a Dios.

La tendencia no es nueva; muchos artículos, muchísimos, centran la crítica en la historia que cuenta, la valentía de Esty, la conmoción que provoca. Unorthodox funciona bien, gusta, no aburre. No es una mala obra. Pero ¿es posible que se haya engrandecido por la nobleza de su causa?

Este artículo se publicó originalmente en The Objective.

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