Venezuela: Año I de la dictadura

Los acontecimientos en Venezuela van a ritmo vertiginoso, pero en el fondo de las cosas, lo verdaderamente medular, no parece cambiar. En Venezuela vivimos en dictadura: se ha producido en diferentes etapas un golpe desde el Estado, para desconocer la voluntad popular y cooptar desde el poder a las instituciones. Se ha cumplido un año de esta nueva etapa dentro del chavismo.

Venezuela: Año I de la dictadura

La fecha del 20 de octubre de 2016, desde nuestro punto de vista, deberá ser recordada como el día en que el chavismo finiquitó el último vestigio democrático en el país, al anular el derecho a las elecciones. Esa decisión seguramente se tomó con antelación, en el alto mando político-militar, pero se terminó anunciando hace un año y un poco más.
El país vive su primer año en dictadura al anularse lo que era una suerte de último eslabón democrático, la posibilidad de votar y que el voto representase la legítima voluntad del pueblo.
Hace un año cayó la última condición que ubicaba al chavismo como un autoritarismo electoral, una definición contemporánea con bastante aceptación. Pasó a ser un autoritarismo a secas, ya que la decisión del chavismo fue no celebrar elecciones en 2016, para luego convertir el 2017 en un año electoral con un nuevo sistema, que apelando a diferentes mecanismos fue rebanando los votos opositores, junto al estricto control político de los pobres, obligados a votar este año a cambio de bolsas de comida.
Hace un año, no debemos olvidarlo, cinco tribunales regionales, de carácter penal (sin competencia sobre el ámbito electoral), anunciaron al unísono lo que ya era esperado por millones de venezolanos: el régimen de Nicolás Maduro le cerró el paso al referendo revocatorio, en un momento en que 3 de cada 4 venezolanos, según la firma Datanálisis, votaría por recortar su mandato para que dejase la presidencia.
Hoy el 90 por ciento de los venezolanos quieren un cambio en la presidencia de Venezuela.
Dinamitar el puente que le brindaba una salida democrática del poder, como lo era el referendo revocatorio, no fue una decisión aislada ni espontánea: estas sentencias no las difundieron los jueces sino los gobernadores chavistas de los cinco estados. Dos días antes, el 18 de octubre el Consejo Nacional Electoral había diferido, sin explicación alguna, las elecciones regionales para 2017, pese a que constitucionalmente correspondían a diciembre de 2016.
Precisamente por días como éstos, un año atrás, citábamos el documento que entonces había difundido la Compañía de Jesús en Venezuela: “Organizaciones internacionales y muchos Estados del planeta hablan de crisis humanitaria en Venezuela y de violación de derechos humanos elementales. Las encuestas señalan que el 94% de la población dice que el país está muy mal y que más del 70% está a favor del Revocatorio al Presidente de la República. Venezuela es una olla de presión con las válvulas tapadas. La situación no sólo es insostenible, es insoportable”.
En medio de una situación de descontento y malestar, una verdadera olla de presión social, la respuesta oficial fue tapar las válvulas, al cerrar la posibilidad de que se celebrara el referendo revocatorio y cerrarle el paso al recambio de gobernadores en 2016. Ese momento representó un punto de inflexión, dentro del propio chavismo con secuelas para toda la sociedad: el régimen asumió su condición dictatorial.
Lo que vendría en los meses siguientes fue consecuencia de aquello y representa el guión de cualquier dictadura: represión con niveles desconocidos en Venezuela en el período abril-julio de 2017, aumento del número de presos políticos, boicot a los espacios de diálogo y negociación, implosión de la Mesa de la Unidad Democrática, convocatoria de elecciones con un nuevo esquema que le garantice los cargos pese a no tener los votos, etcétera.
Hace un año, cuando se revisa en retrospectiva lo que significaba el referendo revocatorio contra Nicolás Maduro, el chavismo le cerró la puerta a una transición política democrática y pacífica a su salida ordenada del poder. Un año después esta puerta aparentemente sigue cerrada, al menos por ahora.
Venezuela es, y que nadie lo dude, una olla de presión con las válvulas tapadas como bien lo señalaron los jesuitas hace un año. En los últimos 12 meses el gobierno ha optado por no sacarle presión a la olla. El escenario de un estallido cobra vigencia, lamentablemente.
Este ha sido el año I de la dictadura en Venezuela. Ha sido lo ha entendido a cabalidad la comunidad internacional, que si bien hace esfuerzos por presionar a Maduro, tales iniciativas se encuentran con una oposición interna fragmentada y dividida.
En tanto, para la mayoría de venezolanos sigue siendo inexplicable que Maduro permanezca en el poder. Se despiertan rumiando lo que genialmente sintetizó el guatemalteco Augusto Monterroso en su microcuento: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.]]>