Venezuela: los viejos tiempos no eran ni malos

Al rememorar la Venezuela de los años setenta del siglo pasado surge la nostalgia, e inmediatamente aparecen las dudas sobre la sensación de que, con algunos ajustes en esos años, se hubiese podido avanzar en el desarrollo del país de forma sostenida. Es evidente que esa aseveración es meditada y no surgida sólo de un ideario de añoranza.

Venezuela: los viejos tiempos no eran ni malos

Venezuela era la referencia de América Latina, el país de las oportunidades, la meca o el sueño americano del sur, según quien lo pensó y vivió. El poder de atracción era de proporciones incalculables, dado el catálogo de posibilidades que se ofrecía tanto en la capital como en otras ciudades del país (los llamados polos de modernización. Ejemplos como los ejes Ciudad Bolívar – Puerto Ordaz o Maracay – Valencia).

Tal vez el mejor indicador para sustentar esa argumentación es el número de inmigrantes que se radicaron en Venezuela en esos años para iniciar nuevos proyectos de vida. Se estima que millones de personas que provenían de distintas latitudes se insertaron en un tejido socio-institucional que estaba en constante crecimiento y requiriendo de todo tipo de conocimientos, llegando a representar cerca del 15% de la población total.

La mayoría lo hizo para huir masivamente de situaciones críticas vinculadas a las economías de sus países de origen, o de férreas dictaduras que los obligó a exiliarse ¿Les parecen conocidas esas circunstancias que motivaron/obligaron a esas personas a abandonar sus raíces?

Los signos de bonanza económica eran evidentes. Se implantó una política de pleno empleo, una economía en crecimiento sostenido, salarios competitivos, incluso, con países desarrollados, sin inflación y con una moneda dura. Un país pujante, con movilidad social hacia arriba, en la que se consolidó una clase media que tenía todo tipo de oportunidades.

En esa época se fortaleció el sistema de centros generadores de conocimiento en Venezuela. Creación y apoyo de universidades de élite, centros de investigación científica y politécnicos se nutrieron de personal de primera línea proveniente de múltiples países, mientras las becas Gran Mariscal de Ayacucho (Fundayacucho), del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT) y del Fondo para la formación de personal técnico para la industria petrolera (FONINVES) apalancaban la formación de cuadros de profesionales, científicos y técnicos con nivel competitivo internacional que se iban a formar pero retornaban a trabajar. Nadie se quería ir.

Es evidente que esa época pujante pudo transformarse en un proceso de desarrollo sostenible si algunas decisiones de la ‘Gran Política’ se hubiesen diseñado pensando en el mediano y largo plazo y no en el inmediatismo. Siempre el ex-post permite hacer la crítica a lo que no se visualizó en su momento, pero lo cierto es que con medidas distintas países como Corea del Sur o el Chile actual pudieron colocar a esos países en una senda de progreso con menos ingresos per cápita que aquella Venezuela.

Al comparar las dos últimas gestiones gubernamentales, en cuyas arcas ingresaron los mayores recursos de la historia vía renta petrolera (con el barril de petróleo siempre superior a $40 entre el 2005 y 2015) con aquella Venezuela de los años setenta en las que ‘sólo’ aumentó el barril de petróleo a $34 en una ventana de tiempo mínima, se puede certificar que aquellos modos de gestionar al país no fueron tan malos ¿cierto?