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Venezuela siglo XXI: ¿una ilusión de armonía?

En 1984, los profesores del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) Moisés Naím y Ramón Piñango publicaron el proyecto de estudio “EL CASO VENEZUELA”, cuya conclusión fue “UNA ILUSION DE ARMONIA”. La interrogante sigue vigente: “¿qué ha de pasar cuando ha cambiado drásticamente la situación de abundancia?”. A ella se añaden dos nuevas variables en el siglo XXI: la pérdida de la democracia civil y el fin del rentismo petrolero. El analista Luis Fidhel pone de nuevo este tema sobre el tapete  

Venezuela siglo XXI: ¿una ilusión de armonía?

El profesor Asdrúbal Baptista asevera con la explotación petrolera a partir de 1920, en Venezuela “se abalanza un poderoso empuje dinamizador”. Y no solamente sobre una estructura económica paupérrima, sino también sobre una sociedad inmóvil, detenida, estancada, carente de la vitalidad necesaria para encarar la “gran tarea” de lograr el progreso material y económico.

Efecto demostración y túnel

A la larga, “la fortuna petrolera” haría posible que la mayoría de la población venezolana, por “efecto demostración”, tuviera grandes aspiraciones personales y sobre el desarrollo del país, como consecuencia de observar en otros sectores condiciones de vida, situaciones o posesiones más atractivas de las que esa mayoría tiene. Ello operó en todos los estratos de la sociedad.

Los grupos aún menos favorecidos “han estado convencidos” de que para ellos también habría, si tienen “un poco de paciencia y algo de suerte”, aliviándose así la impaciencia y la frustración; aspiraban a poder avanzar y lograr en “gran parte” los que grupos altos y medios habían podido o habían creído poder satisfacer esas aspiraciones. Es como si la población estuviera atrapada en un inmenso túnel: al ver que los primeros de la fila avanzan, los últimos también lo harán.

La existencia de un sistema democrático competitivo, a partir de 1958, contribuyó a elevar las expectativas de la población, debido a que las ofertas electorales tendían a relegar a planos secundarios las propuestas ideológicas, para centrarse en las demandas y necesidades concretas de los grupos más pobres y mayoritarios. Sin embargo, para el venezolano de la época coexistían dos rasgos: la frustración y el escepticismo. En un proceso de crecimiento rápido, hubo grandes aspiraciones y también enormes frustraciones “…Pero avanzamos. ¿Cómo lo logramos?”.

La integración (consenso)

Moisés Naim y Ramón Piñango, docentes e investigadores del Instituto de Estudios Superiors de Administración (IESA), resposables de EL CASO VENEZUELA, (una ilusión de armonía) señalan que para que cualquier grupo humano pueda progresar, es preciso que buena parte de los esfuerzos individuales de los miembros se complemente y logren crear “una fuerza dominante”, que apunte en una misma dirección. Sin tener que abandonar los individuos o grupos sus objetivos particulares de importancia, puede haber “una convergencia de esfuerzos” hacia objetivos generales.

La integración en Venezuela se hacía difícil, por carecer el país de “reglas de juego” bien establecidas, aceptadas y seguidas por una mayoría. Ese hecho, al aumenta la “dispersión del poder”. El carecer de “marcos ideológicos poderosos” que ayuden a definir los objetivos que sirven de guía a la sociedad como instrumentos socialmente aceptables para alcanzarlos, exigir sacrificios, aportando razones políticamente útiles para postergar la satisfacción de aspiraciones sociales e individuales y dar un sentido de orientación al país o a sus grupos dirigentes.  Pero “hemos avanzado”.

Lineamientos estratégicos

El Estado y la sociedad en general no han dado orden a sus prioridades o jerarquizar objetivos y metas. Esto, a pesar de haberse planteado desde 1958 tres propósitos muy generales, pero permanentes e influyentes en la definición de acciones políticas, económicas y sociales. Son estos la democracia, la industrialización y  la igualdad social. No hubo “mayor necesidad” de aclarar con precisión metas concretas más importantes que otras, ni hacia dónde se debe inclinar los esfuerzos, a pesar de que con frecuencia el avance de uno de los objetivos debe hacerse a expensas de otro.

La ilusión del edificio

Plantear soluciones a los grandes problemas del país, mediante planes, programas o proposiciones entraña el riesgo del “voluntarismo” Si bien las soluciones se contrastan en su formulación y lenguaje, siempre están influidas “por esa creencia mágica” en el poder transformador de la “buena intención y el esfuerzo del hombre”.

La denominada  “ilusión del edificio” está muy relacionada con la creencia de que no hay objetivo importante “que no sea posible”. Consiste en tener un enfoque que distorsiona la importancia de los requisitos necesarios para el logro de las metas planteadas. En creer que lo más difícil -en consecuencia, “lo más digno de atención y de esfuerzo”- es la definición del objetivo, del apoyo político o financiero para tratar de lograrlo. Como la asignación de un “edificio” y una organización, para que el objetivo tenga “casa”; casi equivalente a haber alcanzado el objetivo mismo.

Cualquier consideración adicional se adquiere “demasiado fácilmente”. El  “detalle técnico” o “la carpintería” serían arreglados “sobre la marcha”.

Poca organización, muchas «organizaciones»

La profusión de objetivos tenuemente jerarquizados, combinados con la disponibilidad de recursos provenientes de la venta de petróleo y la “ilusión del edificio”, tienen dos consecuencias fácilmente apreciables: la proliferación de organizaciones y el desorden.

La tendencia, al parecer, habría sido crear una organización diferente para cada una de los objetivos que han ocupado la atención del Estado, originando una especie de “explosión demográfica” de las organizaciones, siendo en el sector público el principal responsable. Tal es una característica básica de los 25 años de la Venezuela democrática de la época (1984).

Conflicto abierto

La insurrección de la izquierda al inicio de la democracia resulta excepcional y breve. El “conflicto abierto” tampoco aparece como un factor de significación en la dinámica de la sociedad venezolana. Sorprende evidenciar que procesos, acciones o situaciones cuyo carácter es netamente conflictivo en otros países, en Venezuela se habían producido sin mayores secuelas de turbulencia social o conflicto. Lo usual es que mucho de los objetivos, sectores y actividades sean representados por grupos antagónicos en permanente tensión, que suelen entrar en conflicto.

Destacan el proceso de urbanización y la nacionalización de las principales industrias básicas. Igualmente, la “paz laboral”, pues las huelgas y paros fueron muy escasos en comparación con otros países. Las fuerzas armadas venezolanas habían respetado “fielmente” el rol que le asignaba la Constitución Nacional de 1961: servir de garantes del sistema democrático.

Vitrina de ilusión

La ausencia “sorprendente” de niveles significativos de conflicto pareciera estar muy relacionada con el hecho de que el vacío de prioridades específicas y más permanentes, había sido llenado con la posibilidad de que cada grupo social plantee y siga las orientaciones que más convienen a sus intereses.

Lo crucial se había convencido como país en el que “todos tienen una oportunidad”, siendo la clave tener “un poco de suerte, paciencia y hacer un pequeño esfuerzo”. La visión predominante en los estratos sociales bajos y medios fue que se iniciaba  un proceso de ascenso social y que ellos “pudieran lograr algo”.

La “ilusión de armonía”, particularmente producto del “efecto túnel”, se origina en los inmensos recursos petroleros, en la “larga y arraigada” tradición de dadivas paternalistas y en el crecimiento de algunos grupos “socialmente privilegiados”, capaces de aprovechar la bonanza permitiendo que “salpicara hacia abajo”, teniendo un efecto distributivo en sectores no privilegiados. Esto sirvió de “vitrina” o “muestra” de lo que podían alcanzar los sectores deprimidos o los “que no tienen”, moderando su frustración e impaciencia.

Alergia a la confrontación

En Venezuela se dio la estrategia de atender todas las necesidades que fuesen plateadas por grupos de presión influyentes. Eso fue posible porque el Estado había contado con dinero para ello. También parece haber existido ininterrumpidamente la voluntad política de dedicar los cuantiosos recursos a esos fines en vez de a otros. Se reconocía que Estado y gobierno habían evidenciado  un “enorme apego” a la democracia como régimen, teniendo y al igualitarismo y la diversificación de la economía como objetivos básicos.

Fue imperativo utilizar los recursos petroleros para atenuar las amenazas al sistema democrático, ampliar las oportunidades para toda la sociedad y fortalecer la economía, intentado “sembrar el petróleo”. Esta preocupación “casi obsesiva” sirvió para evitar que los conflictos escalen y se resolvieran tensiones, asignándoles a cada parte involucrada recursos y posibilidades para organizarse y promover sus intereses.

Eludir el conflicto

Desde esta perspectiva, la proliferación de objetivos y organizaciones tanto públicas como privadas aparecía más como el resultado de los intentos de una sociedad  con recursos que busca evitar a como diera lugar conflictos y tensiones, que como el simple producto de la negligencia, incompetencia, desorden o corrupción.

Existía el firme propósito  de evitar cualquier situación que pudiera escalar y transformarse en un conflicto abierto. O peor aún: violento. Los recursos económicos lo habían permitido y la desconfianza en los mecanismos para manejar los conflictos, sin el riesgo de que se desbordaran y causaran daños a la democracia. Ello se había justificado para impulsar las grandes e importantes transformaciones logradas en un lapso breve y la manutención del clima democrático, básicamente desprovisto de conflicto, que en otros países habían paralizado los procesos de cambio.

Dilemas

Se intentó alcanzar “objetivos deseables”, pero que competían entre sí, en el sentido de que, casi siempre, alcanzar uno de ellos significaba alejarse del otro. Cuando hay tensión en objetivos sociales estamos ante dilemas que, por naturaleza, no tienen solución. En épocas de “no abundancia”, la presencia real de los dilemas sociales se hace más  patente.

Los polos de todo dilema reflejan necesidades básicas, reales o percibidas, de una sociedad en un momento dado. La atención de algunas de esas necesidades satisface los intereses de algún grupo en detrimento de otro, razón por la cual, inevitablemente, surge algún tipo de tensión social.

Trauma para decidir    

Los dilemas y los conflictos sociales van estrechamente relacionados. En el fondo, se encuentran las posiciones antagónicas de grupos que se benefician o son perjudicados por la adopción de una u otra política. Los dilemas sociales hacen de la implementación de políticas un juego en el que las ganancias de uno son percibidas como pérdidas para otros. Con el correr del tiempo, los sectores sociales iban desarrollando sus propias ideas de lo que les conviene o no. De allí surgen sus posiciones ante los distintos “dilemas políticos”.

El fin de la ilusión de armonía

En épocas de escasez de recursos, o “vacas flacas”, es más difícil disfrazar los dilemas. En consecuencia, aparece la “urgente necesidad” de definir prioridades. Ello significaría decidir lo que no se va atender y, al hacerlo, se posterga la atención a alguna necesidad de algún grupo social. “Se le estaría diciendo ‘No’ a alguien”.

Lo quedaba de siglo XX sería para Venezuela una época de grandes aspiraciones, tanto sociales como individuales. Un lapso en el que las carencias, las desigualdades y las limitaciones económicas harían inocultables los dilemas sociales. Era época de  decidir, o diferir, respecto de muchas aspiraciones. De tener que optar o tomar decisiones por largo tiempo pospuestas. Entre ellas, cómo lidiar con los embates de grupos sociales, políticos y económicos descontentos con las decisiones adoptadas.

No había razones para pensar que el conflicto social fuera a disminuir, sino, por el contrario, a intensificarse. Lo urgente de “la necesidad de consenso” era preparar al país para manejar adecuadamente los conflictos. La búsqueda de consensos había que dirigirla hacia formas de organizarse para solucionar  conflictos. Resultaba obvio que los mecanismos para enfrentar y arbitrar  no dependían de la existencia de condiciones como la abundancia financiera y las actitudes que de esta surgen.

Supervivencia de la democracia civil

Naim y Piñango no se limitaron a efectuar un diagnóstico de la situación de la democracia civil venezolana de la época. Expusieron además una metodología interpretativa con base en las “decisiones dilemáticas” que debe tomar la gerencia estatal (gobierno) o privada.

Los distintos dilemas por solucionar fueron, en parte, pospuestos debido a la abundancia de recursos estatales provenientes de la renta petrolera, que podía aminorar el conflicto entre los diferentes actores sociales o grupos de presión que, por lo general, se manifiestan opuestos. Era un objetivo político de supervivencia de la democracia civil venezolana.

Destaca el “aspecto sociológico” -tanto del colectivo como del poblador venezolano. de aspirar a “mejoras materiales” en su modo de vida, que había impulsado la explotación petrolera. Por el “efecto demostración y túnel”, hubo el “convencimiento” general de que se podrían lograr mejores parámetros de calidad de vida, lo que proporcionaba “legitimidad” al sistema democrático, a pesar de las frustraciones. Existía, pues, la percepción que “se avanzaba”.

parlamento asamblea nacional

Consideraciones finales

El sistema democrático mostró ciertas carencias estructurales, como la falta de objetivos y la ausencia de diseño en la implementación y  ejecución de estos y de la ideología. La exagerada  burocracia o hipertrofia del Estado se manifestaba en la “explosión demográfica” de organizaciones. Al parecer, tenían el efecto de desorden o entropía. Los altos ingresos petroleros hacían posible la armonización. Esto impidió la creación de instituciones especializadas en la solución de conflictos, que actuaran “árbitros institucionales”.

El “punto de quiebre” de la “ilusión de armonía”, además de la caída de los precios internacionales del petróleo, lo representó el descrédito de los partidos tradicionales. A ello se adicionó la miopía intelectual de las élites, que no lograron apreciar el incremento de la pobreza, que hicieron una sociedad “muy desigual”, junto con la fragmentación política y la falta real de separación de poderes.

Asdrúbal Baptista (1947-2020)

La hipótesis de Naim y Piñango parte del hecho que la “armonía” prevaleciente en Venezuela era “falsa e irrisoria”. Sin embargo, se había conseguido un cambio “extraordinario”, de los más acelerados y veloces del mundo. Incluso llamativamente prolongado, superior al “milagro alemán”. Esto lo logra el petróleo. Conclusión que ratifica la tesis Asdrúbal Baptista sobre el “capitalismo rentístico”; en el estudio el Caso Venezuela, tesis desarrollada en el texto titulado MAS ALLA DEL OPTIMISMO Y DEL PESIMISMO: LAS TRANSFORMACIONES FUNDAMENTALES DEL PAIS.

 Baptista pronostica científicamente, como hecho natural, la inexorable o irremediable finalización del ciclo petrolero iniciado en la segunda década del siglo XX. Advertía que Venezuela deberá apoyarse en su estructura erigida en el ciclo petrolero y construir otra que, a diferencia de la inicial, impone crecientemente demandas de sacrificios productivos. Ello deberá lograrlo sin dañar el sistema político democrático y sin desmejorar las condiciones económicas alcanzadas por la población.

El siglo XXI

Con el inicio de la revolución militar bolivariana en 1999, se da la finalización del ciclo petrolero, particularmente en el año 2020. Esta se expresa en la importación significativa de petróleo como rutina permanente o no circunstancial. En lo político, es evidente la paulatina extinción de la democracia civil iniciada en 1958.

Se llega a una situación de “no democracia” o cesarismo democrático del siglo XXI. En ella, se afianza la hegemonía militar sobre la sociedad civil, la instauración del Estado-cuartel en los aspectos económicos, políticos y sociales. Resulta evidente que la “armonía” de intereses y la superación del conflicto se restringe con los sectores identificados como leales al proceso bolivariano, descartando a los no leales. Ello refleja una simplificación de la sociedad y una reducción de los intereses que pudieran haberse conformado. Incluso, la significativa migración de la población venezolana hacia el extranjero responde a esta dinámica.

Se podría haber exacerbado los vicios de la democracia civil que identifican Naim y Piñango. Entre ellos, el incremento de la burocracia y la “tradición de las dadivas”, a consecuencia del “nuevo clientelismo”, o la desproporción en la repartición de las cuotas sociales, por los escasos ingresos petroleros. La «ilusión de armonía” se lograría «con menos libertad”, dilema opuesto a la “democracia civil competitiva”.

Abogado UCAB- Internacionalista UCV 

   

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