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Vigencia y añoranza de la crítica: sobre el Premio Espasa

«Si sabemos que la poesía es tan constitutiva de todo lo que somos y lo que hacemos, ¿cómo no nos hemos esforzado por explicarlo un poco mejor?». Por Juan Marqués

Vigencia y añoranza de la crítica: sobre el Premio Espasa

Ha vuelto a suceder y es, en efecto, preocupante. Un hombre no especialmente joven (34 años, creo) ha ganado 20.000 euros del premio Espasa con un puñado de poemas que, si son los que han empezado a circular (y no son, como parecerían, parodias), son calamitosamente espantosos, francamente ridículos, etcétera.

Y por consiguiente ha vuelto a suceder, y es, enterémonos de una vez, muy aburrido: el pequeño y en absoluto brillante panorama poético español ha desenterrado las armas y muchos han llenado internet con muestras de cabreo, con imitaciones y caricaturas, o, los más listos, con chistes graciosos y realmente divertidos, desahogos que no delatan cólera o envidia (“quien se enoja pierde”, decía Max Aub) sino una mirada un poco más deportiva, menos iracunda, más sabia.

Pero ¿a quién han dirigido sus iras? ¿A la editorial Espasa, que es la titular del premio? ¿Al Grupo Planeta, al que pertenece el sello Espasa? ¿A los miembros del jurado? ¿Al siglo XXI, que ha traído en general y por doquier banalizaciones y trivializaciones de las que nadie habla?

¿Al sistema educativo, que –como por otra parte ha ocurrido siempre– no consigue transmitir a los niños que Jorge Manrique les está hablando directamente a ellos, con el corazón en la mano, y que estos poetas y cantantes a los que tanto escuchan sólo hablan a las masas, es decir a nadie, mientras actualizan con ansiedad el contador de likes?

¿Al híper-mediocre paisaje cultural que hemos formado entre todos (excepto, precisamente, los más jóvenes, que son sus víctimas, no los culpables, y que tendrían todo el derecho a exigirnos explicaciones) y en el que, como consecuencia natural, está sucediendo todo esto?

No: saltándose a menudo el Código Civil, y por supuesto incurriendo en todo tipo de faltas de respeto, se alían para atacar en manada a un poeta venezolano muy malo que se limita a escribir sus chorradas, publicarlas y recoger los frutos del hecho de que esas palabras, al parecer, gusten a mucha gente y, por tanto, hagan pensar a los grupos editoriales privados que conviene apostar por ese tono, por esos temas, por esas melodías.

Yo creo que lo que los poetas tenemos que hacer es intentar escribir buena poesía, no arremeter contra la mala, y en general veo muy pocos méritos literarios y pocas credenciales sobresalientes entre los atacantes que se han lanzado al foro público a disfrutar con saña de una batalla ganada de antemano, pues esa poesía premiada es totalmente indefendible.

Si fuera yo tan temerario y tan insolente como se dice, me dirigiría por sus nombres a esos poetas (amigos muchos de ellos, poetas serios y dignos) y les preguntaría, como cuando éramos niños, que por qué se meten con el infeliz de Rafael Cabaliere y no con gente de su tamaño, o incluso de mayor talla simbólica.

Al día siguiente de que Espasa diese un pellizco de su propio dinero a quien ellos consideraron adecuado, el Estado dio el doble del dinero de todos a Raúl Zurita, un poeta con grandes momentos pero que también ha perpetrado paridas literalmente monumentales, y que ha mezclado versos poderosos y estremecedores con espectaculares bufonadas, impropias de un poeta que merezca la más remota consideración.

Rafael Cabaliere Espasa

Por descontado doy que no estoy comparando trayectorias que son sencillamente incomparables (porque se trata de manifestaciones culturales radical y filosóficamente distintas), pero entre la simpleza y la pequeñez de las propuestas de uno y la megalomanía desbocada y narcisista del otro, podrían dar ganas de dudar. Me parece que la distancia que ambos exhiben con lo que uno, modestamente, entiende por poesía, sí que podría ser similar, aunque cada cual, insisto por si acaso, llegando desde sitios muy distintos.

Pero, por ventura o por desdicha, no soy tan osado, y jamás apuntaría estas cosas para enfrentarme a la cobardía intelectual generalizada, que ataca a los poetas a los que es tan obvio atacar (aunque no los hayamos leído) y venera a los poetas auto-ungidos, oficialmente intocables (aunque no los hayan leído). Lo que no me importa en absoluto reconocer es que, tal y como yo la entiendo, la poesía se parece más a dar un paseo que a ir a misa, y que prefiero cualquier tipo de cotidianeidad expresiva (aunque, por lo poco que he visto, estos nuevos poetas tienen un modo muy distorsionado y como de segunda mano, falso, de entender lo cotidiano, lo inmediato, lo doméstico…) que los aspavientos iluminados y visionarios.

Pero vengamos a lo de hoy: lo fundamental es que igual deberíamos intentar investigar las causas de lo que sucede, y no burlarnos de las consecuencias. ¿Qué hemos hecho los demás por la poesía en el tiempo, mayor o menor, en que hemos podido ocuparnos de ella desde algún punto de vista (editores, autores, críticos, profesores, periodistas, pedagogos, políticos, programadores culturales…)? Si sabemos que la poesía es tan constitutiva de todo lo que somos y lo que hacemos, ¿cómo no nos hemos esforzado por explicarlo un poco mejor?

Los poemas que se han difundido de Cabaliere son nítidamente despreciables, pero tienen la ventaja relevante de que están probablemente escritos desde cierta ingenuidad real (y ser un iluso es un defecto, por supuesto, la ingenuidad es lo contrario de la inocencia, igual que la simpleza es lo contrario de la sencillez, no su degradación), desde una posible ignorancia lectora, desde la improvisación, la espontaneidad, el vacío cultural… Probablemente el ingenuo sea yo y Cabaliere sea un trilero o un estratega que sabe muy bien que lo que hace es nefasto, pero que ha comprobado que le conviene escribir así: lo que importa ahora es que, sea como sea, nosotros, que nos las damos de haberlo leído todo, que sí tenemos buen gusto, que sí tenemos sensibilidad poética, que hemos tenido y tenemos espacios de reflexión y crítica, que hemos pasado por lugares de prestigio y podemos desempolvar títulos y bibliografías, verduras de las eras… ¿qué hemos hecho? ¿No tendremos acaso más responsabilidad? Igual los más ridículos somos nosotros y toca bajar los humos, pues no sería extraño que la vida estuviese de parte de quienes simplemente viven, duermen, pierden el tiempo en internet, salen por ahí y aman y cenan y follan y lo cuentan sin talento, ni gracia, ni trascendencia, ni siquiera con verdad, pero por las razones que sean, sin duda todas tristes, aciertan con el público. Quienes quieran público, y cheques, y ovaciones, que tomen nota. Quienes nos conformamos, agradecidos, con nuestros lectores, seguiremos perseverando en intentar escarbar y encontrar algo duradero que decir, algo que pueda acompañar a alguien.

No se me escapa, desde luego, que las editoriales no se limitan a estar atentas a “los signos de los tiempos” y someterse a ellos, con legítimo afán de lucro, sino que al caer en esas tentaciones están también creando esa misma demanda de la que se aprovecharán, condicionando la sensibilidad lectora, alterando lo probablemente natural… y por tanto tienen también una importante responsabilidad social, y sería deseable que los editores tuvieran la decencia de cortarse un poco, es decir, de comportarse.

Pero el problema de fondo no es ese, en absoluto, y no se resuelve con políticas editoriales por parte de empresas privadas. Hace sólo cinco años, en el metro de Madrid, aproximadamente una persona de cada diez iba leyendo libros en papel (no son impresiones: hice mis pesquisas y estadísticas de andar por casa). Ahora es una de cada cien: los demás están con sus teléfonos, y no leyendo literatura en ellos, sino, probablemente, abrevando en Instagram, ese nuevo caladero en el que los nuevos poetas, sin premeditarlo mucho, pescan miles de lectores poco exigentes.

No conozco otros contextos, pero en España hemos pasado en muy poco tiempo de la añorada ‘Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid’ a Twitter. Quien me quiera entender, que entienda, pero el batacazo se ha producido en apenas tres o cuatro años, ante nuestros perezosos ojos.

Yo nunca he sobrevalorado la crítica literaria, aunque vivo de ella: me parece que los lectores atentos saben lo que les va a gustar y lo que no, y no obedecen a críticos de referencia… de modo que los que estos escriben es más un complemento, una tertulia, que una verdadera recomendación. Pero sí valoro y echo de menos una crítica literaria panorámica, que no se fije en libros sino en fenómenos, y que intente hacer espeleología cultural para llegar a las causas y las intenciones. Una crítica indagadora que explore cómo la nature writing se va deslizando hacia lo santurrón, una crítica valiente que observe cómo la línea editorial feminista comienza a exhibir un paternalismo descarnado que utiliza a las mujeres de una forma impúdica, una crítica coherente que no machaque al soso de Cabaliere por su Espasa sino a un escritor tan solvente como (Javier) Cercas por el producto impublicable con el que ganó el último Planeta… etcétera.

Y, volviendo a lo que nos ocupa, una crítica que ponga en evidencia a los criticones acomodados, que trate de entender por qué de repente es la versión más desnatada de la poesía la que ha conseguido ventas y lectores, y que nos pida responsabilidades a los que estábamos antes.

Este artículo sobre el Premio Espasa de Poesía fue publicado originalmente en The Objective.

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