Vinotinto: la derrota no debe tapar el bosque

El público quiere sangre. Es propio de una especie que se autodestruye desde hace siglos, pero que en los últimos años ha metido quinta velocidad para acabar con todo lo más rápido posible. Así que inmediatamente le adelanto que por acá no encontrará la dirección a la trituradora. Si la selección nacional Sub-20 perdió una final del mundo fue porque primero llegó a ella, y eso, aunque se le olvide a los oportunistas de turno, jamás se había logrado.

Vinotinto: la derrota no debe tapar el bosque

Duele. Y le duele a todos aquellos que siguieron la actuación de este equipo. Solamente los mezquinos, esos ignorantes prepotentes, pueden dividir o calificar el apoyo. No debe extrañarnos que eso sea así; pocas veces en nuestra historia tantos zoquetes tuvieron tribuna. Por ello insisto, le duele al país no haber levantado la Copa Mundial.
Ahora bien, lejos de quedarnos con la frustración que trae consigo esta caída, siento que debe valorarse la cualidad esencial de este grupo: la humildad para reinventarse tras la victoria.
Durante el mes de enero, la selección juvenil disputó el Campeonato Sudamericano que daba cupos para el mundial. Aquel equipo se hizo fuerte a partir de las actuaciones su portero, Wuilker Fariñez. Tanto así que el guardameta del Caracas FC fue designado mejor jugador de la competencia. Apenas recibió siete tantos, y fue su figura la que sostuvo anímica y futbolísticamente al grupo. Sus atajadas propiciaron la reacción de un equipo al que no le sobraba fútbol.
Sobre ese déficit se habló mucho. Aquellos que hacen de alcahuetes no se atrevieron a señalar que a la selección le fallaba la construcción de juego. Ese ítem parece poca cosa, y muchos pretenden cuantificarlo en “ocasiones de gol” o “disparos a portería”, pero lejos de ello, la construcción de juego ayuda a un equipo a determinar cómo juega, dónde juega y con quienes juega.
El equipo de Rafael Dudamel obtuvo el tercer puesto del campeonato regional, y con ello el boleto al torneo que acaba de finalizar en Corea. Negado a conformarse con lo hecho o encerrarse en la burbuja del éxito, el entrenador, junto a su staff técnico, buscó las maneras de potenciar el juego criollo. No en vano, y contrario a lo que se vio en el Sudamericano, el equipo fue el más goleador del mundial y el que menos tantos recibió.
Esto que aquí expongo no es producto de la casualidad. Debo insistir en la inteligencia del cuerpo técnico criollo para no dejarse llevar por las voces que sugerían que todo era maravilloso y nada, o muy poco, debía corregirse.
Dudamel, que primero fue cocinero antes que fraile, identificó rápidamente que, contrario a las estadísticas que dejó el Sudamericano, el equipo no defendía correctamente, una consecuencia directa de malas construcciones de juego, una situación que no se refleja en las estadísticas que algunos utilizan para afirmar «que saben de fútbol». Todos los módulos de entrenamiento previos al campeonato mundial, así como los duelos preparatorios, seguramente se enfocaron en darle a la selección mayor fortaleza futbolística. Esto, que parece una obviedad, no lo es.
Existen entrenadores que construyen equipos a partir de un discurso. Sus soluciones futbolísticas no son profundas, y cuando el partido lo exige las arengas se quedan cortas. Por ello, lo que el seleccionador nacional intentó y consiguió no es poca cosa. Cuando muchos hablan de la cantidad de entrenamientos y partidos preparatorios se equivocan; la evolución nace y se desarrolla en la calidad de los trabajos.
La inclusión en la alineación titular de Nahuel Ferraresi, Ronaldo Lucena y Adalberto Peñaranda sumaron a esa voluntad progresista. El central del Deportivo Táchira le dio al equipo, además de sus capacidades defensivas, una salida limpia del balón. Esa calma para decidir con quién jugar es vital para las propuestas que pretendan ser protagónicas: disminuye las distancias de relación y potencia sociedades.
Bajo esa idea, la de jugar más con los cercanos que con los lejanos, era necesario apostar por Lucena, y vaya si el chico respondió. Lejos de limitar su influencia en momentos de tensión”, el volante central se mostró en completo control de las emociones, incluso cuando el equipo perdía una final del mundo.
Por otro lado, la aparición de Peñaranda agregó un plus en los duelos uno contra uno y permitió, a pesar de las lesiones, que Yeferson Soteldo iniciara su accionar en posiciones más centradas y más cercanas a posibles socios. Esto, por más natural que parezca, debe entrenarse. No es soplar y hacer botellas.
Es muy posible que a estas horas, cuando la caída está fresca y los lobos acechan, el lector sienta que hay que encontrar responsables, pero le pido me excuse una vez más: esto es fútbol, no hay culpables sino realidades.
La derrota duele y está más, porque era la primera vez que un equipo criollo se plantaba en una final del mundo, a la que había accedido con una contundencia incontestable, y, además, en pocos paisajes del partido final se vio superado por el rival. Aun así, la frustración no debe convertirnos en los verdugos que estos tiempos piden. La evolución propuesta por Dudamel, y ejecutada por sus jugadores, debe tomarse como correctivo para todos aquellos que creen y predican que ganar es lo único que importa. Este equipo eligió los caminos de la evolución y tuvo al campeonato mundial como campo perfecto para poner en práctica esas ideas.
Lejos de conformarse con lo hecho, esta selección asumió nuevas maneras. Ese es su gran triunfo: haber derrotado a los fantasmas del conformismo y entregarse al cambio. Eso no era un riesgo; arriesgar era dejarse manipular por los mentirosos de siempre.
Los nuestros libraron la batalla más dura de todas y la ganaron. Vencieron las tentaciones deportivas del éxito, y ya ese es un trofeo que nadie jamás les podrá quitar. La derrota en la final no debe nublar lo que ha sido un enorme tránsito hacia estadios nunca antes visitados. Que los lobos vayan a lo suyo; el fútbol pide un estudio que va más allá de señalar culpables que realmente no lo son.]]>

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