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“Y ahora... ¿quién podrá defenderme?”

Desde hace 500 años se ha dicho que América Latina es “el continente de la esperanza”. Pero durante esos cinco siglos lo que hemos visto es desesperanza tras desesperanza. Cuando apenas un país pareciera que va a levantar cabeza, algo sucede que vuelve para atrás.

A mi modo de ver, una de las causas principales es el populismo. Desde que éramos colonia de España, las Leyes de Indias trataban a los nativos como si fuesen menores de edad, hasta los caudillos de los siglos XIX, XX y lo que va del XXI que prometen LO QUE SEA con tal de llegar y permanecer en el poder, a sabiendas de que no todo se puede regalar y que el trabajo es el valor fundamental de las sociedades avanzadas.

En México, ese genio que fue Chespirito caricaturizó al latino que espera que todo se lo resuelva otro, con ese personaje ridículo, vestido de rojo (¡qué casualidad!) que usa un gorro con antenas y en ocasiones porta un mazo. El antihéroe por excelencia. Torpe, poco inteligente, en vez de solucionar los problemas, enreda todo más, hasta que las víctimas a quienes supuestamente está ayudando se las arreglan para solucionarlos ellos mismos. Una lección de vida en cada episodio, que aparentemente los latinoamericanos no entendimos. La mayoría se reía de frases clichés como “que no panda el cúnico” y “no contaban con mi astucia”, y de las situaciones llevadas al extremo de la ineptitud y la ridiculez, sin entender la gran lección que cada capítulo traía consigo.

Me referiré al caso particular de Venezuela, que es el que me ocupa y, sobre todo, me preocupa. Aquí, la sociedad en general está esperando –no ahora, sino siempre- un mesías que resuelva los problemas. Como si fuera problema de otros, esta espera del “ungido” nos ha robado años que hubieran podido ser prósperos si cada uno de nosotros hubiera puesto de su parte con tan sólo hacer bien lo que debe hacer, como ciudadano y como actor de una sociedad que en un momento dado logró convertirse –gracias al petróleo- en una de las más prósperas de nuestro continente y que justamente como no hubo esa conciencia ciudadana, caímos en esta tragedia donde estamos inmersos.

El populismo… ese cáncer que ha invadido nuestro país. Ese hacer creer, como hizo Chávez, que lo que uno no tenía era porque otro se lo había quitado. Esa desvalorización del trabajo que tantísimo daño nos ha hecho. El mito del país rico donde el problema es “que las riquezas no están bien distribuidas”.

Si cada uno no pone de su parte, no viviremos la reconstrucción del país: indefectiblemente seguiremos padeciendo este régimen, volveremos a vivir otro como éste, o todavía peor que éste. El domingo pasado entrevisté para El Universal a María Alexandra Tineo de Lovera, quien con su amiga Rosy Albornett de Alfonzo, creó la Fundación Panchita para ayudar a comprar los tratamientos oncológicos de los niños menos favorecidos en el Hospital San Juan de Dios. Me encantó su frase: “No todos podemos ser Gandhi o la Madre Teresa de Calcuta, pero todos podemos hacer la diferencia en nuestro entorno, con la gente que nos rodea”.

Mucho se habla de la solidaridad del venezolano. Muchas personas solidarias han colaborado en las grandes tragedias que nos ha tocado vivir, pero en general, en el día a día, el venezolano es egoísta. Ni siquiera voltea a mirar los problemas de su vecino, mientras él esté bien. ¡Eso tiene que cambiar, porque ese “mirar para otro lado” fue lo que trajo a Chávez y luego a Maduro!

Ese compromiso nos atañe a todos. Desde Juan Guaidó, como presidente encargado, hasta el niño más pequeño de la aldea más remota. Incluso a quienes se fueron del país, que pueden colaborar de muchas maneras al cambio desde la misma base. Porque no son cambios cosméticos los que necesitamos en Venezuela. Son cambios profundos en cada uno de nosotros. Ciertamente es muy difícil cambiar paradigmas, sobre todo los que llevan tanto tiempo instalados en nuestras mentes y en nuestros corazones. Pero no es imposible. Y la labor de un líder no es hacer todo solo, porque eso es imposible. Es empoderar a la sociedad para que aprenda a resolver sus problemas.

Cuentan que uno de los asesores del presidente Roosevelt, cuando le fue presentado el proyecto de construcción del puente Golden Gate que une las ciudades de San Francisco y Oakland, puso como objeción que dicha construcción tomaría años. A lo que el presidente le respondió “¿tomará años?… ¡hemos debido empezar ayer!”. Nosotros también hemos debido empezar ayer. Pero como no lo hicimos, mañana siempre será un buen día para comenzar. Y como ya cité a un presidente de los Estados Unidos, voy a citar a otro, John F. Kennedy, quien en su discurso inaugural pronunció unas palabras contundentes: “en vez de preguntarte qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”.