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“Y ahora... ¿quién podrá defendernos?”

En las sociedades más avanzadas del mundo, cada individuo empieza desde pequeño a desarrollarse como el líder de su propia vida. Aquí en Venezuela es todo lo contrario: nos enseñan que los problemas que tenemos son fruto de la mala suerte, o de otra persona que nos tiene envidia, rabia o mala voluntad o incluso, de la voluntad de Dios

“Y ahora... ¿quién podrá defendernos?”

Indagando sobre el origen y causas de nuestro subdesarrollo, he llegado a la conclusión de que esa sempiterna necesidad de buscar un líder que nos resuelva la vida, es uno de los rasgos fundamentales del atraso de las sociedades como la nuestra. Nadie pareciera ser dueño de su vida. Siempre se está adjudicando la causa y la solución de los problemas propios a algo o alguien externo, cuando, por lo general, ambas, tanto la causa como la solución, están dentro de nosotros mismos.

Mi papá, que además de médico era historiador, decía que el siglo XIX venezolano estaba resumido en una estrofa del “Palabreo de la Loca Luz Caraballo” de Andrés Eloy Blanco:

Tu hija está en un serrallo

Dos hijos se te murieron

Los otros dos se te fueron

Detrás de un hombre a caballo.

En el siglo XX, el descubrimiento del petróleo permitió que una parte importante de nuestra sociedad se educara. En un momento dado fuimos el país con la mayor clase media de América Latina, quizá no tanto por la educación, sino por la fortaleza de nuestra moneda. Hoy, empezando la tercera década del siglo XXI, hemos retrocedido a referentes y números del siglo XIX, cuando éramos uno de los países más pobres de la región. La educación en las instituciones públicas prácticamente ya no existe, y en las privadas, la mayoría deja mucho que desear. Nadie quiere ser maestro en Venezuela, porque serlo es condenarse a morir de hambre.

Esta “revolución robinsoniana” lo que ha hecho es enterrar el pensamiento de Simón Rodríguez y convertir a la gran mayoría de nuestro pueblo en mendigos. No existe mejor manera de sojuzgar a alguien, que mantenerlo en un estatus de supervivencia permanente, porque nadie que esté sobreviviendo puede insurgir.

Pero quiero entrar en el tema de la necesidad de líderes como un rasgo fundamental de nuestro subdesarrollo. En las sociedades más avanzadas del mundo, cada individuo empieza desde pequeño a desarrollarse como el líder de su propia vida. Japón es un ejemplo maravilloso. Los niños japoneses crecen pensando que ellos tienen la capacidad de resolver sus problemas por sí mismos. Lo mismo sucede con los niños alemanes, suizos, escandinavos, neozelandeses y australianos.

Aquí en Venezuela es todo lo contrario: nos enseñan que los problemas que tenemos son fruto de la mala suerte, o de otra persona que nos tiene envidia, rabia o mala voluntad o incluso, de la voluntad de Dios. Y si los problemas son externos a nosotros, su solución también lo es: pasamos la vida esperando que ocurra un milagro, un rapto divino, una suerte de magia que resuelva todo. ¿Cómo puede prosperar un pueblo que piense así?

Los mexicanos nos dieron la respuesta hace muchos años, cuando Chespirito inventó aquel personaje que, en vez de causar repulsión, se volvió entrañable: el Chapulín Colorado. En las víctimas que clamaban por el Chapulín estamos retratados todos los latinoamericanos. “Y ahora… ¿quién podrá defenderme?”, preguntaban. Y salía aquel personaje ridículo, vestido de rojo con una CH en el medio del pecho, antenas y martillo amarillos, que respondía “¡Yooooo!”.

Por supuesto, que la solución es la educación. Todos los caminos nos conducen a ella. Pero mientras educamos a un pueblo que muere de hambre y de mengua, que no sabe para qué sirven la democracia, la libertad y la justicia, podemos hacer lo que cada uno sabe y puede hacer bien. Y convertirnos en entes multiplicadores.

Admiro y apoyo al presidente Juan Guaidó. Quienes hoy lo critican tan injusta y cruelmente son quienes –independientemente del estrato social al que pertenezcan- siguen esperando que otro les haga la diligencia. Son unas maravillas criticando y destrozando desde un escritorio y frente a una computadora. Este valiente joven ha arriesgado su vida por encontrar una solución para Venezuela. Pero uno solo no puede. Todos tenemos que remar y remar juntos en la misma dirección.g

Cuando vuelva a pensar en “¿quién va a resolver esto?”, pregúntese más bien qué vamos a resolver y cómo lo vamos a resolver. El “quién” es cada uno. No hay necesidad de meterse a político para hacer política. El reto que tenemos enfrente es gigantesco. Y si no nos convertimos en parte de la solución, seguiremos siendo parte del problema.

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