Y el rey bailaba…

Había una vez un reino llamado Avernus. Era un lugar bendecido por la Naturaleza. Así como sus tierras eran fértiles para que todo creciera, eran ricas en recursos minerales y energéticos. Las playas más hermosas estaban allí. Las montañas más imponentes también. Había grandes ríos que dotaban de agua y energía a sus habitantes. Las llanuras donde se perdía el horizonte se encontraban en aquel lugar. Y la selva… la maravillosa selva, pulmón del mundo, coronaba la multiplicidad de ecosistemas.

Y el rey bailaba…

Como toda cosa buena, también tenía su lado malo. Su lado peor. Su lado pésimo. El reino cojeaba en materia política. Hubo un rey que decidió que su manera de mantenerse en el poder era corromper a sus ejércitos y a sus adláteres. Así podía mantenerlos con la rienda corta. Lo hizo. Y lo logró. Mientras los recursos se vendían a altos precios, pocos parecieron advertir la tragedia que se venía encima. A quienes lo hicieron los tildaron de pavosos y exagerados. Pero por desgracia, tuvieron razón.
Cuando aquel monarca murió, ascendió al poder su hijo, un joven que no sabía hacer otra cosa que bailar. Cuando estaba contento, bailaba. Cuando estaba triste, bailaba. Cuando algo le salía bien, bailaba. Cuando tenía problemas, bailaba. Cuando tomaba decisiones, bailaba. Cuando no sabía qué hacer, bailaba. Su principal tutor, otro tirano de un país cercano, le aconsejó que siguiera bailando, que él tomaría control de la situación como había hecho con su padre. El rey lo obedeció y siguió bailando.
Y entre baile y baile, el reino se precipitaba en un abismo. Las escuelas cada vez tenían menos maestros. Los niños no aprendían. Los liceos se quedaban sin profesores. Los jóvenes se entregaban a las drogas y a la delincuencia. Y el rey bailaba.
El futuro, una vez promisorio, se tornaba sombrío. Las oportunidades de surgir se reducían exponencialmente. Los empleos escaseaban. La informalidad crecía. Jóvenes de familias que pertenecían a la nobleza también sucumbieron a la tentación del dinero fácil. Y el rey bailaba.
La moneda, otrora una de las más fuertes de la región, cada día valía menos. Se implantó un control de cambio que se convirtió en una fuente de corrupción. La población, seducida por el reparto de dinero y la facilidad de obtenerlo, olvidó el valor del trabajo. Y el rey bailaba.
Comenzó a escasear la comida. Y a la par, a subir los precios. Las medicinas se convirtieron en un lujo antes de desaparecer por completo. Los súbditos morían de hambre y de mengua. Los hospitales colapsaban, los pobladores registraban la basura para buscar qué comer. Y el rey bailaba.
La gente empezó a protestar, lo que molestó al rey. “¿Por qué protestan, si el Avernus es lo más parecido al paraíso que hay en la tierra?”, se preguntaba cada vez que bailaba. Como no quería que nada ni nadie interfiriera en su baile, ordenó reprimir con toda fuerza, como le aconsejó su tutor. Y sus huestes salieron a matar. Pero el rey seguía bailando.
Jóvenes valientes fallecieron asesinados por las balas del autócrata. Los reinos vecinos comenzaron a mostrar preocupación e indignación. Algo tenían que hacer para ayudar a los habitantes de Avernus a salir de aquel horror. El rey simuló un plebiscito para demostrar que el pueblo sí lo quería, el fraude más rotundo que se haya conocido. Y mientras reinos libres y democráticas lo desconocían, el rey bailaba.
Vinieron las sanciones. Comenzaron las averiguaciones. Se destaparon las ollas más podridas de las que se haya tenido noticia. Los asesores y los ministros simularon sorpresa. Sumas equivalentes a miles de millones de dólares americanos habían desaparecido, pero nadie podía decir cómo. Mejor dicho, no querían decir cómo, porque todos tenían las manos sucias.
Y el rey bailaba.
Pero un día pasó lo que tenía que pasar. Los acólitos, asustados por caer como habían caído otros, empezaron a darle la espalda al rey. Y éste se quedó solo, como se quedan todos los que no son queridos sino buscados por interés.
Y aquel monarca terminó sus días bailando en una celda en la que a duras penas cabía su gigantesca humanidad. Bailó, bailó, bailó… hasta que un día no bailó más.
Y rojín, rojado, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.]]>