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...y entonces me encontré al Dr. Requesens

Cuando le preguntamos por su hijo Juan, quien lleva 19 meses preso por el régimen, nos respondió que lo vieron la semana pasada y que él le dijo: “Papá, peor que yo están quienes pasan hambre y no tienen medicinas”

...y entonces me encontré al Dr. Requesens

Martes 10 de marzo de 2020. Una nueva convocatoria del presidente Guaidó. Esta vez, para ir a la Asamblea Nacional a aprobar el Pliego Nacional de Conflicto. Las calles de Caracas amanecieron militarizadas. Desde el día anterior, los ejercicios de los verdeolivas para una supuesta jornada de “prevención de la violencia” habían hecho lo suyo para tratar de amedrentar a una población que ha padecido, padece y sigue padeciendo el estar bajo el yugo de ellos.

La represión, como era de esperarse, no se hizo esperar. Apenas arrancó la marcha, las bombas lacrimógenas –lanzadas indiscriminada e irresponsablemente sobre una masa humana que se movilizaba en paz- aparecieron una vez más. La gente corrió, pero no se fue. Una pifia del régimen haber enviado a reprimir. Una vez más, la comunidad internacional vio sus desmanes en vivo y directo. Las sanciones aumentarán. Cada vez estarán más cercados y con menos posibilidades de salvarse.

Yo confío en Juan Guaidó. Estoy segura de que está haciendo lo que debe hacer. Regresó apoyado y asesorado por el mundo demócrata. Pero en Twitter y otras redes sociales siempre aparecen las voces desconfiadas y agoreras, que no hacen más que daño. Hoy se fajaron a repetir como loros lo que dijo Diosdado Cabello… ¡el coro de ese sátrapa!… ¿a quién le hacen el favor? Que nadie iba para la Asamblea, que todo estaba listo en la Sadel, que nosotros jamás llegaremos al centro, que no vale la pena salir.

A esas personas les digo que no saben lo que dicen. Que salir a la calle no es la pérdida de tiempo de la que ellos se quejan. Mucho menos, “perder la dignidad” como me dijo una histérica en Twitter. Es la manifestación de un pueblo que sobradas muestras ha dado –y sigue dando ante el mundo- de que es pacífico y que se planta frente a un monstruo violento y genocida.

En la marcha me llené de “energía de venezolanidad”. Por ejemplo, cuando me encontré a mi amiga Mariu, que tiene terror de las multitudes, pero que, sobreponiéndose a su fobia, siempre acude a las convocatorias. O cuando hablé con Ale, recién operada del tobillo. Cuando le pregunté que qué hacía allí, me respondió “tenía que venir”. El ver a tantas personas que han tragado humo, que han sido pisoteadas, golpeadas, vejadas… El ver a tantas personas mayores que tenían todas las excusas para haberse quedado en su casa. El ver a tantos venezolanos resteados, que siempre vuelven a dar la cara por el país, me hizo sentir –una vez más- que estaba haciendo lo correcto.

Pero el epítome de mi marcha fue haberme encontrado con el doctor Juan Guillermo Requesens, padre de Juan y Rafaela Requesens. Un hombre de sonrisa luminosa. Un hombre de una entereza que habla de valores acendrados. Un hombre de una verticalidad moral que debe convertirse en ejemplo de lo que debe venir. Cuando le preguntamos por su hijo Juan, quien lleva 19 meses preso por el régimen, nos respondió que lo vieron la semana pasada y que él le dijo: “Papá, peor que yo están quienes pasan hambre y no tienen medicinas”. Y para el doctor Requesens es un acicate para seguir en esta lucha por la democracia.

Para mí también. Si alguien tiene razones para sentirse desesperado, deprimido o desesperanzado, es él. Y sigue ahí con el ánimo intacto. Yo le doy las gracias desde mi corazón. En ese encuentro tuve la respuesta de que valdrá la pena salir a la calle todas las veces que sea necesario.