Y le diremos a nuestros nietos que vimos a Juanpi Añor

Si usted no vio el partido contra Argentina, espere la repetición y grábelo. Allí podrá ver a un muchachito de 22 años y 1.71 metros, que hizo trastabillar al hasta entonces líder de la eliminatoria: Argentina.

Y le diremos a nuestros nietos que vimos a Juanpi Añor

Sucedió en el minuto 35. Nació de una recuperación de Tomás Rincon, se concibió en la tosudez de Añor y en el tesoro que guarda en su pie izquierdo. Todo eso condimentado con una cintura que le permitió escabullirse entre dos rivales como si fuera un contorsionista.

El gol de Añor debería enseñarse en las escuelas, en los liceos y en las universidades. Es un precioso verso de una literatura futbolística venezolana, con muchos errores y horrores.

Pero el tanto también grafica por qué la selección necesita destellos individuales para establecer diferencias. El movimiento de Rincón, antes del desenlace, es un punto positivo para la dirección de Rafael Dudamel. Sin embargo, que fuera apenas el segundo remate vinotinto – el primero fue una balita mojada de Salomón Rondón – resume las carencias en la elaboración del equipo nacional.

El 1-0 también se explica por lo predecible que resultó la Albiceleste, si bien no se puede negar que tuvo al menos tres oportunidades relativamente claras para oscurecer la noche merideña.

Argentina fue plano. Con un «9» como Lucas Pratto se vio estática y robótica. Atacaban el costado de Alexander González para buscar al delantero del Atlético Mineiro, que mide 1.88 centímetros y no más. Funcionó, en la mayoría de los casos, la anticipación de Oswaldo Vizcarrondo. También los relevos de Sema Velázquez. Este último, por cierto, compró todos los números para ganarse esa posición.

Con el gol, Venezuela se agigantó y Argentina se convirtió en un pitufo embriagado; no sabía a donde correr o marcar. Así finalizó la primera mitad, con el visitante deprimido y el Metropolitano bañado en optimismo.

La conexión que se perdió

El segundo tiempo no pudo comenzar con una mejor noticia para Venezuela. Con apenas 7 minutos de inicio, la conexión entre Rondón y Josef Martínez dio el resultado que desde hace mucho tiempo se  espera, independientemente de quien sea el finalizador. Está vez fue el del Torino quien sólo tuvo que empujar un balón trabajado con paciencia y salivita por el delantero del Browinch.

El 2-0 era un Kino de oro para un solo ganador. El resultado no era consecuencia de una aplastante superioridad, sino de una eficiencia de hormiguita. Venezuela no hacía ni más ni menos, hacía lo necesario.

Pero siempre hay un halo de tragedia que persigue a la defensa venezolana, a medio camino entre la dificultad para despejar y la buena suerte del atacante. Esta vez fue Pratto quien la capitalizó al definir de caimanera un rebote de fortuna en el área. Lo más triste es que apenas habían pasado pocos minutos desde el 2-0.

Dudamel respondió con el ingreso de Víctor García por un extenuado González. Tuvo un partido de luces y sombras, sobre todo por como lo exigió Di María. De tanta entrega, salió exhausto. No podemos obviar que una lesión de última hora de Roberto Rosales, en el glúteo, lo retrasó al lateral. Este movimiento tuvo el famoso Efecto Mariposa: permitió que Añor fuera titular.

Con el 2-1, el terreno mojado y Argentina jugándosela, la Vinotinto no encontró la forma de herir en algún contragolpe a la visita. Por el contrario, los dirigidos por Edgardo Bauza encontraban cada vez más espacios.

Dudamel planeó manejar más aún la pelota en el mediocampo para impedir el avance sureño. De allí que le diera entrada a Jacobo Kouffaty. Para su mala suerte, el efecto del cambio no duró ni un nanosegundo por una inoportuna lesión. Al revisar en la banca, no había otro con iguales características pues Rómulo Otero lo veía desde las gradas. La opción fue Yonathan Del Valle, quien nunca entró en el juego.

Argentina aprovechó para aumentar su superioridad en las bandas, aunque fue en un tiro de esquina donde nació lo que parecía inevitable. Nicolás Otamendi, adelantándose en la marca, rescató a una selección que media hora antes estaba cerca del nocaut. El 2-2 era un premio tan casual como consecuente. 

En el último suspiro, Mikel Villanueva pegó una pelota en el poste. Un mensaje de valentía y esperanza. Puede que ya esté perdido el camino a Rusia, pero aquí nadie se rinde. Una bonita imagen para los que preferimos quedarnos con lo bueno de este partido, como esa postal maradoniana de Juanpi, que le contaremos a nuestros nietos.