Carta desde CDMX: Leer la casa

Fedosy Santaella, prolífico escritor venezolano cuenta aquí sus consideraciones sobre el impulso o la "moda" de leer en la pandemia. Al autor de "Tatuajes de criminales rusos" ahora le cuesta entrarle a las novelas. Y eso que ganó el premio Ciudad de Barbastro con "Los nombres"

La gente se ha puesto a leer. He visto, sobre todo, que se están recomendado novelas y pasándose libros en PDF. No puedo menos que ponerme a pensar en mi relación actual con la lectura. No es que no esté leyendo, pero últimamente le tengo pavor a las novelas. Estoy como los escritores del cuento “El fin de la lectura” de Andrés Neuman. Aquellos narradores estaban en un despacho antes de salir a una charla. Eran tres o cuatro, no recuerdo bien. Estaban allí porque habían sido invitados a hablar sobre la importancia de la lectura en nuestros días, pero en un súbito ataque de honestidad, se habían sentido incómodos e hipócritas. Y es que hacía tiempo que habían dejado de leer.

Los escritores, sí, habían dejado de leer.

Así me siento un poco. La gente está leyendo novelas en sus casas y a mí hace tiempo se me acabaron las fuerzas para leer novelas. No sé, ¿me cansé de la narrativa aunque la siga escribiendo? ¿Estoy viejo y me canso muy rápido? ¿O será que ya mi cerebro se modificó y no puedo sino leer Twitter, Facebook e Instagram?

El cerebro no es una figura de concreto inquebrantable. Hoy día se sabe que es elástico, maleable, que se va modificando, y allí, en la forma en que leemos, sin duda, ha habido una modificación plástica que ha creado un efecto en nuestra concepción del tiempo de la lectura.
Últimamente sólo leo poesía y cómics. Pero novelas, ya no. Las compro y las dejo a la mitad. Me duele leer novelas, esa la verdad.

Y sí, lo sé, qué morro tengo; yo, que escribo novelas ando diciendo esto. Alguien en Twitter me preguntó qué estaba leyendo. Yo acababa de comprar In Hell de Alan Moore y eso le respondí. Pero en ese momento, debo confesar, apenas llevaba dos páginas, leídas con pereza. Lento, muy lento.

Por acá tengo algunos libros de poesía que he estado revisando en estos días. Los saco de la biblioteca y se quedan por allí. Son como amigos que han ido ocupando la casa, amigos que no están infectados, voces que llegan en silencio en este tiempo dilatado. Por allá está Mark Strand, por acá Manuel Vilas, junto a él Rojas Guardia.

En la mesita de noche aguardan Elizabeth Bishop y Yolanda Pantin. Acá, junto a mi laptop reposa Gamoneda. Leo un poema y me quedo allí, con ese poema, resonando, saboreando las palabras. Voy lento, lento con la poesía. No solo leo, sino que también medito en lo leído. Así va el tiempo, así intento disfrutarlo.

El tiempo, como el cerebro, es maleable. Quizás siempre lo supimos y no digo más que un lugar común, pero hemos acelerado el tiempo de tal modo que se ha convertido en una totalidad de vértigo. Ahora nos damos cuenta de que puede ir a otro ritmo. Al ritmo lento de la casa, que es donde nos toca estar, que es donde estamos en esta pandemia.

La gente también está haciendo listas para escuchar música. Yo me he puesto a pensar en mi relación con ella. Para mí, la música siempre ha sido importante. Cuando escucho música me vuelvo a encontrar conmigo mismo. Y lo digo porque yo me pierdo de mí muy a menudo. Así que la música me recuerda que estoy perdido, que debo volver a mí. La música me recuerda quién soy, lo que siempre he querido ser. Es más fuerte que yo la música.

En estos días me vi el documental Miles Davis: The Birth of Cool, en Netflix. Me han gustado mucho el de Davis, el de Coltrane, el de Robert Johnson, el de Nina Simone, el del gran Johnny Cash cuando fue a la Casa Blanca porque Nixon quería conocerlo. Me gustan los documentales sobre músicos. Es una vida heroica. He aprendido que los músicos, por más hundidos que estén en las drogas y en su ego, por más que se arrastren por las esquinas y los callejones, siempre serán dignos. Su arte siempre los lleva con la frente en alto.

leer

No soy un dechado de virtudes ni pretendo serlo. Solo trato de ver las cosas con amor. De hacerme de un tiempo amoroso. ¿Soy cursi? No lo sé, pero así como digo me ayuda. Acá estoy, suelo estar en casa, trabajo en casa, lo que implica que siempre trato de hacer de la permanencia un asunto llevadero.

No me gusta pensar en la casa como un lugar de aburrimiento, como un lugar que te puede volver loco.

Ahora con menos trabajo, trato de que la lectura, la música y las películas o las series sean algo más que una distracción momentánea mientras nos aburrimos. Me parece injusto este pensamiento, el de leer tan solo porque estás encerrado y aburrido. Se me antoja, sí, incompleto, superficial y egoísta. Leer, escuchar música y ver películas es también una manera de dialogar con la belleza, con el arte, con el alma, con uno mismo, y debería ser, creo yo, algo duradero.

Necesitamos huir del virus. Pero el virus no está nada más afuera. Está en nuestras casas, en las redes sociales, en internet. La pandemia llegó primero a muchos sitios por las redes. Nos infectamos por internet antes de estar infectados. El virus sigue en nosotros, está en nosotros.

En estos tiempos es inevitable ir de una lectura a la otra. Quiero decir: de leer en las redes la desolación del mundo a leer los libros que ahora anhelamos leer. Leemos también películas y leemos la música. Por eso me pregunto de nuevo, ¿acaso esta otra lectura, la lectura lenta y profunda, se está dando porque estamos aburridos, porque no sabemos estar en casa, porque nos parece terrible estar en casa?

Me pregunto también qué haremos después que pasé todo esto. ¿Volveremos a la calle y nos olvidaremos de esas otras lecturas? ¿Saldremos huyendo de la casa que nos tiene aterrados y dejaremos atrás el tiempo lento y las lecturas y la música?

Es como si hubiese otra pandemia. La pandemia del no sabernos estar en casa, que es como decir la pandemia del aburrimiento. La casa no es solo un lugar para estar ni para protegerse. La casa, eso creo, también puede ser un lugar para estarse con uno mismo, para leerse uno mismo, amorosamente. Porque al final, el espíritu humano es lo que cuenta.