EDICIÓN ESPECIAL UB

Raelianos frustrados y extraterrestres en Petare: quiero creer

Un "alto" representante del Movimiento Raeliano vino a Caracas para un encuentro con devotos locales que terminó en nada por culpa de un virus. La tradición de sectas y creencias ya no tan new age se mantiene como en los tiempos cuando seres de otros planetas paseaban por Petare

raelianos
Ilustración: Andrés Palmero / @cosmikpowder

David Uzal portaba una cadena con una suerte de estrella de seis puntas en su cuello. Por la ventana circular del vuelo de Iberia aparecían los montes de la Cordillera de la Costa y las barriadas oxidadas de La Guaira que acosan sus verdes faldas. El francés se dirigía a Caracas como encargado religioso de América Latina, para asistir a un encuentro del Movimiento Raeliano que se celebraría bajo los árboles frondosos de Los Caobos a mediados de marzo del año terrible de 2020. Había pasado una larga temporada en Japón, donde se concentra el mayor número de raelianos, y ahora encontraría a los devotos venezolanos de su religión ovni: una suerte de culto fijado en el color rosa que Claude Vorilhon fundó en Francia en 1974, predicando sobre como la raza extraterrestre de los elohim había creado genéticamente a la humanidad hace apenas 25.000 años.

Algún día, esperan los raelianos, la humanidad logrará su emancipación de la muerte por medio de la clonación: cumpliendo las palabras de sus cuarenta profetas híbridos entre elohim y hombre, que incluyen a Buda, Jesucristo, Mahoma y Raël. Y no son apolíticos: advocan por el derecho de la mujer a andar topless y promueven el sistema de la “geniocracia”, en la que los genios gobernarán el planeta.

Por ello, quizás sorprende la visita de Uzal a Caracas: sede de una de las más notables anti-geniocracias de los cúmulos estelares.

Uzal fue fotografiado en una marcha chavista junto a una mujer que vestía una franela de la bandera de Venezuela y llevaba flores tricolores de celofán en su pelo afro. Él, en cambio, usaba un paño rojo sobre su barba y una camiseta clamando por la ‘descolonización’. Pocos días después, Uzal fue informado de que en su vuelo de Iberia se había coleado un indeseable virus originario de Wuhan. Venezuela entró en cuarentena, cerró sus fronteras aéreas y el encuentro raeliano se deshizo en el caos de un fin del mundo inesperado.

Según la página de Facebook de la rama venezolana de los raelianos, dedicada a esparcir propaganda en contra de las mascarillas, el evento tenía al menos 17 personas confirmadas: un remanente, triste y anacrónico, de la manía ovni que alguna vez estuvo tan en boga en el país. Basta con mirar al pasado, antes de que quedase recluida a un programa de Carmencita Padrón en la radio oficialista YVKE Mundial, para encontrar páginas de El Universal y Últimas Noticias salpicadas de apariciones de ovnis sobre los cielos capitalinos o de el litoral.

En aquella Venezuela Saudita pero new age que esperaba convertirse en la Nueva Jerusalén, según las profecías de Conny Méndez, y en la que los hippies americanos (incluyendo a los padres de Joaquín Phoenix, inscritos en una secta sexual cristiana) hacían vida en comunas en El Paují y Mérida o se rebuscaban vendiendo pulseritas en Bellas Artes, también cautivó el fenómeno ovni. Y no era solo cuestión de sectas extrañas como los raelianos, o conferencias internacionales para ufológos, sino avistamientos constantes y reportados por gente común y corriente.

Como los fantasmas, los avistamientos de ovnis proliferan en Venezuela. Basta con preguntarle a algún familiar o profesor, a algún amigo, y aparecerán platillos voladores sobre los cerros de Carabobo, luces extrañas en las aguas del Caribe o alguna cuestión multicolor y fuera de este mundo entrando y saliendo del Ávila. La afirmación de que el Ávila es una base subterránea para naves estelares se ha incrustado en el imaginario popular caraqueño: simplemente porque los supuestos avistamientos, de día y de noche, de objetos voladores no identificados por las lomas de aquella cordillera azul son frecuentes y no desaparecen con el pasar de los años.

Pueden contar a su fiel servidor en aquella tanda: cuando observé tres pelotas anaranjadas formando un triangulo perfecto, sobrevolando lentamente el Ávila durante cerca de una hora a plena luz del día.

Claro está, los vientos cambian: con aquella súbita e inesperada revelación de videos sin explicación del Pentágono en los dos últimos años y las afirmaciones aun más desorientadoras que han soltado. “Cuando hablamos de avistamientos, estamos hablando de objetos que han sido vistos por pilotos de la Fuerza Aérea o la Marina, o que han sido captados por imágenes satelitales que francamente participan en acciones difíciles de explicar”, dijo John Ratcliffe, exdirector de la Inteligencia Nacional de Estados Unidos, en marzo del 2021: “Movimientos que son difíciles de replicar porque no tenemos la tecnología. O viajando a velocidades que exceden la barrera de sonido sin un boom sónico”.

Siguió la audiencia en el Congreso americano en mayo de este año, con videos de objetos brillantes cerca de aeronaves y triángulos voladores captados con lentes de visión nocturna. Según los reportes, al menos 18 objetos –dijo el congresista Adam Schiff, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes– “parecen mostrar características inusuales de vuelo… Tecnología avanzada y algunos parecen mantenerse estacionarios en vientos en lo alto, moverse contra el viento, maniobrar abruptamente o moverse a velocidad considerable sin medios discernibles de propulsión”.

En la audiencia también se mencionaron reportes de ovnis dejando inoperantes a instalaciones militares con armas nucleares y Scott Bray –director adjunto de Inteligencia de la Marina– explicó que en 11 ocasiones aeronaves militares de Estados Unidos han estado apunto de estrellarse con objetos voladores no identificados.

No hay evidencia de que sean naves extraterrestres, concluyó el reporte de las agencias de seguridad gringas, pero tampoco de que no lo sean.

Yo prefiero las teorías de Jacques Vallee en Passport to Magonia: los ovnis son parte de un fenómeno misterioso y libre de las reglas físicas, que se expresa de acuerdo con las eras en forma de duendes y hadas en siglos pasados y en forma de naves estelares en la era atómica. Sean lo que sean, este cambio de actitud ha demostrado que quizás los testigos –gente que hasta hace poco solo era tomada en serio por el agente Mulder– no estamos tan enloquecidos como se dijo por mucho tiempo: aunque los avistamientos a veces tuviesen miles de testigos simultáneos, como pasó en Phoenix, Arizona en marzo de 1997.

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Los venezolanos tenemos nuestras propias luces de Phoenix: las del 31 de julio de 1974 cuando, según reportó el periódico 2001, “cuatro objetos luminosos” sobrevolaron los cielos de Caracas y fueron avistados en lugares tan distantes como Catia, Prados del Este y el aeropuerto de Maiquetía –incluyendo a un grupo de reporteros que se dirigían al diario luego de una rueda de prensa del presidente Carlos Andrés Pérez en Miraflores.

Ante lo sucedido, el Ministerio de Defensa solicitó un informe a Aviación y al sistema de radares del aeropuerto internacional. El reporte concluyó que aquella noche no había autorización alguna de vuelo comercial, privado o militar.

“No se trataba de vuelos nocturnos de aviones de combate”, informó 2001, recalcando que “el Centro de Operaciones de Radar de Maiquetía no registró nada en las pantallas de sus diversos sistemas electrónicos”.

Veinte años antes, el 29 de noviembre de 1954, sucedió algo aún más curioso en Petare. Allí, a altas horas de la madrugada, el comerciante Gustavo González y su ayudante José Ponce transitaban por el pueblo cuando súbitamente la calle se iluminó como si fuese de día. Sorprendidos, se bajaron del carro y notaron que a pocos metros de ellos había un objeto incandescente que flotaba: y de allí, se aproximaba un hombrecillo descalzo de poca estatura.

El ser era peludo, sin nariz alguna y con ojos brillantes, y vestía lo que asemejaba un guayuco. Atizados por los nervios, decidieron forcejear con la criatura. Y aparecieron dos criaturas más a auxiliar al primer tripulante, para luego regresar al objeto y despegar en la noche.

Siguió la conmoción de los vecinos de Petare al escuchar el alboroto. En la Inspectoría General de Tránsito se comprobó que los hombres no estaban ebrios y que uno tenía contusiones en su brazo izquierdo. “Asombro y expectativa en Petare por la Invasión de los Marcianos”, reseñaría el diario perezjimenista La Esfera.

Hoy, los hombrecillos peludos no aparecen por las noches de Petare: Wilexis podría dejarlos sin nave.

¿Y cómo olvidar cuando, pocos días después del gran apagón de 2019, varios habitantes de Ciudad Bolívar observaron luces extrañas una noche y consiguieron la maleza aplastada en forma de círculo al día siguiente? Aquel crop circle criollo nos dejó ese fabuloso video de una mujer que, con acento oriental, nos narra su visita a la pista de aterrizaje espacial: “Miren a Maikel como esta grabando, ¿cómo pisaron todo eso, ah?”, dice, “¿Y si quedamos con súper-poderes así como los Cuatro [Fantásticos]?”. Quizás eran las huellas de las iguanas gigantes que se comieron los cables, o los restos de una de las supuestas armas electrónicas-magnéticas de los norteamericanos que causaron el apagón. Nunca lo sabremos.

En fin, otra página más para una parte de nuestro imaginario colectivo que quizás hemos olvidado desde los días hippies de los setenta: días que, con mirar al cielo, podríamos rescatar en esta nueva ola de interés que inesperadamente ha desatado el Pentágono –y distraernos un poco de nuestro teatro criollo. Quizás, desde la base ovni del Ávila se cumpla la profecía de “Arrival” y una nave nodriza se pose sobre Maracay: les mandaremos a Lilian Tintori, con sus mangas gigantescas, como nuestra excelsa embajadora.

Es más, podríamos mandar a toda nuestra clase política con ellos: de todos los colores. Que hablen parloteos sin sentido, como bien saben hacer, siguiendo los pasos de Mafe Walker al conectarse con las frecuencias galácticas desde las pirámides aztecas: “Me amo, te amo, siento”, gritarán a los ocupantes de las naves interplanetarias, “Llama trina, llama gemela, inamakinamajenikamá”. Le daremos una mala impresión a los extraterrestres, eso es seguro, pero al menos comprobaremos si –Comandante Galáctico dixit– el capitalismo mató o no la vida en Marte.