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El Guerrero del folclor: “El guayabo se canta para que no mate”

Llanero en cuerpo y alma, Jorge Guerrero, coplero de versos profundos, Bien de Interés Cultural de Venezuela, doctor honoris causa de la Unellez y mejor artista llanero en los Premios Pepsi 2017, tiene una historia que hay que escuchar y sentir especialmente ahora que el 19 de marzo no sonó el arpa ni hubo fiesta en Elorza

Llega con su estampa de llanero campeador y transforma la Fiesta de Elorza: celulares y gañotes se alzan para ovacionar a Jorge Guerrero. Cunde la tierra plana y El Guerrero del folclor sabe cómo domarla a su antojo. Se quita el sombrero para entregar su lealtad a la tierra en la que ensemilló su afecto y va mejorando lo presente en esta madrugada del domingo 19 de marzo de 2017, día de San José de Nazaret, el patrono de los elorzanos.

Arranca El nuevo grito guerrero con gallardía. El Guerrero se permite los nervios y los goza sin sobresaltos. Ha hecho el Ave María, el Padre nuestro y el Credo. Le basta media canción para liquidar a todos los copleros del porvenir y a todas las canciones que están por inventarse. Palabra por palabra reconstruye su epopeya y cosecha aplausos, brindis, llantos y alabanzas con la humildad de una piedra. Quizás redescubre la vocación para la cual consagró su vida y recuerda que lo andado es bastante. Ahora es cuando empieza la parranda, pero es tanta su moderación que no encaja entre tanto zapateo.

El arpa ronca a guaya viva y al descendiente de Florentino la voz le suena más o menos viva. Ladea la cabeza para alcanzar las notas más feroces. No es coplero de garganta, sino de versos profundos. Su respiración contiene una fatiga lejana y repetida. Exhala resistencia. Cada verso es una oración entrecortada en la que se extravía como queriendo encontrar en ella una añoranza que desea retener para siempre. Desde cierta distancia, rodeado de tantos embelesados, Jorge Guerrero parece un campesino solitario confesando que su vida no se inventó al ritmo de un golpe, sino aguantando golpes.

Jorge Guerrero

Homenaje a Reynaldo Armas. Plaza de Toros de Valle de la Pascua, Guárico. Febrero 2017.

Sobre su vida hablamos en el 2017, en su casa en San Juan de Los Morros, el lugar donde su voz recupera cierta vivacidad. Allí se mostró como lo que es: Jorge Fernando Guerrero Sánchez, un veguero con el orgullo de la denominación de origen y que para entonces no creía que una plaza y una calle en Apure llevarían su nombre, que es Bien de Interés Cultural de Venezuela, doctor honoris causa de la Unellez y abogado de la Unerg. Contó su vida sin lloriqueos como si vivir le hubiese sido tan sencillo desde siempre.

Guerrero llanero en cuerpo y alma

Dice la leyenda que la noche de su nacimiento, el 14 de febrero de 1965, en el caserío apureño Leche de Miel el séptimo guerrerito de Carmen Castorila Sánchez y José Eduardo Guerrero ya tenía como primer nombre el del paisano materno Jorge Eliécer Gaitán. El nombre de un santo huérfano y de un hombre asesinado sentenció la tragedia: Jorge perdió a su padre cuando apenas jugaba con cuescos, que así se le dice a las semillas del corozo; y a su madre la perdió más tarde, cuando se holgaba de vellos. Para su fortuna, también fue llamado Fernando como su abuelo paterno y como los hombres temerarios. Así se ahuyentaron las fatalidades y las derrotas.

Pero no lo llamaban Jorge ni Fernando, sino “Lundo”, porque sí.

El negrito, aunque avispao, no figuraba en la escena musical doméstica. Lundo participaba en aquellas ceremonias con la atención de quien está en presencia de un hecho venerable y, cuando acababan, dedicaba sus soledades a contemplar el cuatro del hermano Manuel guindado como si un santo estuviese en ese rincón del fondo de la casa. Hasta que un día se montó en la silla, bajó el cuatro, ensayó las pisadas y esto fue, en rigor, la primera hazaña musical de Lundo, aunque no sonó como Manuel ni como Jorge Guerrero.

La radio y la juventud llegaron al mismo tiempo. Como en Lechemiel basta el vaivén de una hamaca para cruzar la frontera geopolítica colombo-venezolana, las emisoras colombianas cruzan la frontera sin miedo. Una noche, como un hecho premonitorio, el programa La voz del Cinaruco entonó Contemplando mi tristeza de Nelson Morales. De este lado del río, del fundo y de la radio, Jorge escuchaba la que se convirtió en la primera canción que se animó a aprender y sufrir. Lloraba con sentimiento y sin compañía: “No sé si eso haya marcado el estilo de cantar con ese lamentico de llanero lamentao.”

En abril de 1986 el lamento dejó de ser radial: el despecho por una elorzana lo llevó a presentarse como voluntario al servicio militar. El desamor nublaba la mirada, la claridad del horizonte mental y el resplandor de las calificaciones de bachillerato. Jorge sólo quería irse y ya en la madrugada estaba en un bus rumbo a San Fernando de Apure para llegar a Caracas. “Cuando llegué pa’ la ciudad, me dieron ganas de arrepentirme, porque eso es muy grande. Esa vaina era muy bonita, puro vidrio y esos pisos brillaban”. Desde ese día, Jorge comenzó a desandar sus certezas y cada vivencia se le enredaría para siempre en su memoria prodigiosa. Estaba dejando de ser el “muchacho del carajo” que creía que la tierra era plana y hasta la talanquera.

Jorge Guerrero

El Gran Guerrerazo. Complejo Ferial Caño del Arroz. Agua Blanca, Portuguesa. Octubre 2017.

El soldado Guerrero fue el cuatrista en jefe del conjunto del batallón. Bajo su mando la formación se mantenía unida y subordinada a las melodías sabaneras. Antonio era el arpista: “Lo sacaron del monte. Agarraba el arpa y tocaba con pánico. Como a los quince días ese muchacho se puso mudo, fue dejando de comer y como a los dos meses murió de guayabo por su tierra y su gente”. Con Antonio, murieron en Jorge otros lamentos propios y ajenos, mientras nacía la advertencia que no olvidaría jamás: el guayabo se canta para que no mate.

Tras dos años de entrenamientos, guardias, escoltas y de ver que el mar es una sabana azul, Jorge necesitaba poner la vista hacia su llano. Y así fue: “Agarré una parrandeadera, me agarró la música y no volví más nunca”. Fue el fin del cantante raso. Ya estaba preparado para muchas cosas. Sus santos hacían las señas para que se reencontrara para siempre con lo que le pertenecía, pero el futuro que le aguardaba estaba tan lejos que se escabullía en el horizonte.

“Estuve un tiempito en Elorza y después me fui pa’ San Cristóbal. No llegué cantando, sino como repartidor de leche, jugos Táchira, harina, sal y azúcar”.

Al culminar el bachillerato en el parasistemas obtuvo su ascenso laboral como distribuidor de tripas de cochino que desde Cagua hasta Ureña siempre conservaron los hedores de su frescura. Fue desde Táchira que partió al Festival del Cacho (Meta, Colombia), la primera vez que salió del país. Jorge había compuesto El Cumaral y se alzó con el Premio a la Mejor Letra. Se repitió el presagio de su primera tarima elorzana el 19 de marzo de 1986 cuando ganó el tercer lugar por su golpe para la feria. Pero aun nadie advertía por dónde iría la vida, lo que importaba es que se estaba viviendo… Y amando.

No faltó el amor

Un corazón tan grande sólo podía llenarse con varios amores ocupando el mismo espacio y al mismo tiempo. Jorge fue tropezando con muchos amores y muchos amores tropezaron con él: “Recuerdo que tenía tanta foto en la cartera, todas distintas, la tenía inflaíta. Uno sacaba una foto a cada ratico y la veía”.

Las retratadas también llegaron a verse fuera de la cartera y así se enfrentaban la nocturna con la matutina, la matutina con la vespertina, la sabatina con la dominical y la furtiva con la escurridiza. Mientras las fieras se mostraban sus dientes, Jorge no dejaba de sonreír, pero “esa vida amorosa tan numerosa no es fácil. Siempre anda uno con un problema encima. Lo pasado es pasado. Lo vivido ya está vivido”.

Fue una vida amorosa fecunda, mal llevada, pero muy gozada y que siempre le servirá para su propia inspiración, porque los amores que salen mal en la vida pueden salir bien en canción.

Homenaje a Reynaldo Armas. Plaza de Toros de Valle de la Pascua, Guárico. Febrero 2017.

Todos los agostos llegaban a Táchira los primos llaneros con plata y el ímpetu de gastarla. En una de las borracheras sacramentales los forasteros se acercaron al arpista de la madrugada jurando que el primo cantaba de todo. Llegó el último set y Jorge soltó La quirpa de Reynaldo Armas de un solo aliento y gustó. Improvisó, contrapunteó y nunca más calló. En la participación de esa hora, de ese lugar y de esa manera, sucedió lo que solo el tiempo se empeñaba en postergar: la creación de Jorge Guerrero. Así que la noche era torpe, pero la buena suerte estaba poniendo de su parte.

Siempre Guerrero

En aquella madrugada providencial no solo Dios vio que el hombre era bueno. También lo hizo Luis Lara, el dueño del local. Con él se concretó la idea de Jorge como un cantor ambulante. Después puso la divinidad a Juan Catorce Archila y a Neptalí Villanueva, y se acomodaron en un solo conjunto. Y mucho más allá del octavo día llegó José Archila, el primer hombre en la Tierra en escuchar Viejo laurel sabanero, Añoranzas y todo cuanto iba saliendo con más inspiración que aspiración. Escuchó Archila que estaba bien y dijo: “Coño, todas esas están buenas. Vamos a ver si las grabamos”.

Y hubo disco porque en este principio ya el verbo estaba hecho.

Sensacional fue grabado gracias a Manolo García, de la Asogata. El disco solo se paseó en San Cristóbal y Elorza. Entonces, crearon Añoranzas y Jorge llegó a conocer otras tierras en uno que otro viaje en autobús y en Bronco ajena.

“Recuerdo que le dije a Archila: Vamos a hacer el tercer disco y si no pasa nada, yo le voy a caer al llano otra vez y ya”. Grabaron las doce canciones de El nuevo grito guerrero y una canción “muy dramática que donde la cantábamos, la gente se reía mucho”. Y Guayabo de mes y pico entró en el disco y en todo el cielo nacional aleteado por la brisa de Dios. Fue el pasaje salvador y la creación de un nuevo mundo. El Guerrero fue puesto en él para lo cual fue creado y las especies revolotearon las llanuras.

Para el 2017 “la cancioncita esa de echadera de vaina” era el tema más sonado de los 135 que entonces componían la lista de canciones de su autoría. Era uno de sus 53 temas dedicados a los amores de lágrimas. Era la balada silvestre más cantada por los llaneros cuando el amor estorba. “Y las que faltan. Creo que hay más guayabos que todavía no deben estar en canciones”.

Amanecer llanero de la Fiesta de Elorza. El Rincón del Veguero. Elorza, Apure. Marzo 2017.

Siempre que se ande por los caminos de la dicha se está a un paso de la desgracia: en el 2000 a Jorge se le trancó la voz en San Fernando de Apure, Maracay y Valle de la Pascua. Padeció amigdalitis aguda al concluir la grabación del disco Remembranzas del Guerrero. Aquello fue mucho más que una carraspera y la dificultad de comer y beber. Fue un retiro de un año, antiinflamatorios, ejercicios de vocalización, té de corteza de Drago, plegarias a Dios, a la Virgen del Valle y a San José. Desde entonces, las amígdalas traicionan a manera de estribillo y la vida anda menos barajustada. Jorge graba los joropos más largos por partes, tomando sorbos de agua y con esa voz tan suya como su vida incomparable, su modo de ser y sus códigos de honor.

Ahora que se le escucha menos, Jorge Guerrero es esa voz que sin alzarse queda resonando para que el origen del llano se resista al olvido. Es el canto al campo de ayer y no a la tarima del mañana. Es una de las tantas voces que creció en Apure, pero de las pocas que asumió la música llanera, nuestra forma más antigua del arte de trovar y el testimonio de que cada inspiración trae su propio lenguaje. Y es la voz del hombre templao y de muy abajo cuyas batallas, como la de los héroes del Llano, no pasan a la Historia, pero dan gloria a lo rural y a las buenas maneras de la llaneridad.