¿Y si leer literatura en internet fuera, al fin, fácil y placentero? Sin ads, sin ruido, sin parecer el apéndice literario de un blog o un portal de noticias. Esa es la apuesta de Marcapágina: una plataforma digital que reúne relatos largos, cuentos breves, microficciones y una playlist que funciona como bitácora emocional del proyecto.
Pero su objetivo no es solo publicar buenos textos: quiere convertirse en la mejor interfaz posible para leer literatura en la web.
“El foco está en lo literario, pero también en la experiencia. Queremos que leer ficción sea fluido, sin fricciones innecesarias”, explica José Pino, desarrollador y uno de los editores del proyecto junto a Hazael Valecillos. “Al final, la calidad del contenido y la interfaz tienen que estar al mismo nivel. No basta con buenos relatos: si la lectura se interrumpe, se pierde el encanto”.
El cuidado visual también es parte del gesto literario. La identidad gráfica de Marcapágina está inspirada en las enciclopedias de anatomía del siglo XIX: grabados científicos, diagramas, esqueletos, órganos y tejidos que aparecen en las portadas como si fueran notas al pie de los relatos. “Nos interesa esa tensión entre lo racional y lo poético. Entre la disección y la narración”, comenta Pino.
De revista digital a App
Marcapágina nació como revista digital entre 2009 y 2014. Y volvió por una sucesión de eventos que no estaban en los planes de nadie. Ya en 2016, poco después de la muerte del escritor Alejandro Rebolledo (Pin, pan, pun), los miembros del proyecto intentaron un número homenaje desde el exilio.
“Ya los tres habíamos emigrado —Hazael, Anairene y yo—, con las vidas en pausa, y murió Alejandro, un escritor que nos marcó generacionalmente”, recuerda Pino: “Sacamos un número con textos y comentarios en redes, entre el elogio y el hate, pero después el proyecto se terminó de apagar… hasta ahora”.
El relanzamiento definitivo vino de la mano del archivo completo de Transtextos, un feed de narrativa urbana fundado por Javier Miranda-Luque (1959–2023), y editado actualmente a seis manos por Luis Garmendia, Quim Ramos y Mirco Ferri, quienes lo sostienen desde Buenos Aires, Barcelona y Caracas. El archivo se integró como subsitio de Marcapágina, aportando un fondo literario vivo con relatos propios y de autores invitados.
Desde entonces, la plataforma funciona como una app web con alma de biblioteca viva: se accede directamente desde el navegador, sin necesidad de instalar nada.
“La migración de Transtextos nos dio una columna vertebral”, dice Pino. “Trajo más de doscientos relatos y una línea editorial clara: plural, libre y con riesgo. Ahora toca estar a la altura”.
Es importante señalar que Transtextos continúa activo como proyecto editorial con su propia línea curatorial. Marcapágina no absorbe su funcionamiento: simplemente le ofrece una estructura de alojamiento dentro de la app. El foco principal de Marcapágina no está en convertirse en una editorial, sino en seguir perfeccionando la interfaz y la experiencia de lectura. La publicación de nuevos relatos —aunque sigue ocurriendo— ocupa hoy un segundo plano, más abierto, flexible y comunitario.
“Si otros proyectos literarios quieren migrar sus archivos o catálogos a esta estructura, podemos hacerlo”, comenta Pino. “Marcapágina puede ser un hogar para archivos editoriales digitales que merecen seguir en línea, pero con una interfaz digna”.
Pero no fue la única migración que marcó el proyecto. Mucho antes de mover archivos, hubo que mover cuerpos. Esa primera diáspora —la de haber dejado el país hace más de diez años— también está en el ADN de Marcapágina. Los editores están en distintas ciudades y husos horarios, los autores y lectores en distintos países. Las coordenadas se desdibujaron, pero algo se mantuvo: el idioma, el deseo de contar.
Así, sin proponérselo como consigna, Marcapágina se vuelve naturalmente un proyecto hispanoamericano. Una plataforma hecha desde la distancia, para toda la región, sin fronteras pero con idioma común.
Literatura y ritmo: playlists para leer
Una de las secciones más singulares de la app es su playlist, donde la música no acompaña: dialoga. Cada canción resuena con el tono emocional de ciertos cuentos: salsa para una historia ácida y caribeña, trip-hop para una confesión íntima, jazz para la nostalgia seca.
Curiosamente, la idea no partió del equipo editorial. “Fue de una seguidora, @nayjand, que comentó que le gustaban mucho las canciones que usábamos en los reels y nos sugirió juntarlas en una playlist. El crédito siempre será para ella”, cuenta Pino.
Curaduría en tiempos de scroll
Marcapágina no es una plataforma de autopublicación. No se aceptan journaling, ni textos tipo Wattpad —ese infiernillo de relatos donde un vampiro millonario se enamora de una humana mientras un dragón vegano la cela y un unicornio tatuado le escribe poemas en secreto. Todo con mucho glitter, ambientado en un liceo con traumas, pasillos eternos y ropa mojada. Nada de eso: acá se escribe literatura.
“Queremos dar lugar a voces nuevas, pero con exigencia estética. El músculo literario se entrena, y nos interesa conectar con quienes están en ese proceso”, apunta José.
La app —abierta y gratuita— ya supera los 370 relatos y microcuentos. Pero no es solo un archivo: también es una comunidad. Un lugar donde lectores, escritores y editores construyen nuevas formas de leer, de escribir y de conectarse con la literatura.
“No queremos que leer ficción se vuelva una tarea escolar. Queremos que sea un placer. Un crimen perfecto entre narrador y lector”.