¿Venezuela puede ser capitalista?
En un país donde el Estado ha dominado históricamente la economía, el creciente entusiasmo por el capitalismo abre una pregunta clave: ¿es una oportunidad real o una expectativa difícil de sostener?

En un país donde el Estado ha dominado históricamente la economía, el creciente entusiasmo por el capitalismo abre una pregunta clave: ¿es una oportunidad real o una expectativa difícil de sostener?

La palabra capitalismo genera emociones. Positivas o negativas, pero a nadie le es indiferente. Mientras un grupo de personas se sienten cómodos con ella y la defienden, otro grupo le huye o rechaza. La posición de estos grupos respecto a la palabra capitalismo no tiene nada que ver con su estatus, poder adquisitivo, religión o educación. He visto CEOs de empresas transnacionales incómodos con el capitalismo que ellos mismos representan. Sin embargo, en Venezuela muchos empiezan a aceptarla como modelo alterno al socialismo que se vendió por muchos años, décadas. Pero, ¿está el país preparado para ser capitalista?
Lo primero es definir de qué se trata el capitalismo. Hay diferentes tipos de capitalismo, siendo los dos primeros los que han causado grandes estragos en Venezuela.

Primero, el capitalismo de Estado, donde el Estado controla los medios de producción, controla las industrias estratégicas (petróleo, acero, electricidad) y dirige al sector privado. El gobierno usa las empresas públicas para fines políticos (empleo clientelar, control social) en lugar de rentabilidad.
Después tenemos el capitalismo de compinches (O chrony capitalism). Este es el modelo que ha reinado en Venezuela y gran parte de Latinoamérica. Se trata de una economía de apariencia privada, pero donde el éxito de una empresa depende de su relación con la clase gobernante de turno y de monopolios que les permite el Estado, licitaciones recibidas a dedo, créditos preferenciales y protección arancelaria. Esto no es capitalismo, es mercantilismo actualizado. Es el sistema que reina desde los 70, que ha beneficiado a élites que se enriquecieron con controles de cambio, protección del Estado, todo esto sin competencia real, lo cual es lo opuesto al libre mercado.
Finalmente tenemos el capitalismo funcional. Este capitalismo no genera injusticias o exceso de poder de una figura (Estado o corporación). Es el capitalismo de libre mercado, que es el sistema que ha sacado de la pobreza a miles de personas. Según Ludwing Von Mises, economista y filósofo, este sistema se basa en la propiedad privada de los medios de producción, la cooperación voluntaria y la soberanía del consumidor. La producción se orienta a satisfacer las necesidades de los consumidores, resultando en un aumento de la riqueza y el estándar de vida, no en la explotación.
Sin importar lo que digan las diferentes presentaciones en las que vienen empacadas las ideologías colectivistas, el capitalismo es el único sistema que sacó al mundo de la pobreza y la desigualdad que se generaba con el feudalismo. El capitalismo le dio la oportunidad a la gente de generar sus propios recursos con su trabajo. Claro está, no es un sistema perfecto si lo comparamos con el ideal imposible colectivista donde todos somos exactamente iguales, felices y todo es perfecto. Pero es un sistema muchísimo mejor si lo comparamos con la época anterior regida por el feudalismo.
Nuestra posición histórica, política y económica no deja que sea tan sencillo adoptar el modelo capitalista. Desde lo histórico, lo político y lo económico, Venezuela está alejada del modelo capitalista y te explico por qué.
Para bien o para mal, no fuimos colonizados por la cultura inglesa sino por la española. Los españoles y los ingleses fueron dos colonizadores con una visión totalmente diferente sobre el comercio y la economía y eso nos afectó en nuestro modelaje actual.
En la España colonizadora, el Rey era dueño de la tierra y las “concedía” a personas que las trabajaran. El sistema político se basaba en lo que el Rey decía, punto y fin. Todo el poder emanaba de él, y la visión económica era igual de simple: el Rey no era un administrador, era el dueño de las tierras, los recursos y las concesiones para comerciar eran favores reales, no derechos. La riqueza era el oro acumulado. El objetivo no era crear riqueza a través del intercambio libre, sino acumular metales preciosos y mantener el monopolio comercial.

España recibió toneladas de oro y plata de América, pero terminó en bancarrota varias veces. ¿Por qué? Porque no invirtieron en industria (capitalismo), sino en guerras religiosas y consumo interno que no generaba riquezas a largo plazo. No producían, importaban todo.
Por su parte, en Inglaterra nace la Common Law donde la ley está por encima del Rey. En la Inglaterra colonizadora, la libertad del individuo es sagrada y la ley nace de las costumbres, los precedentes judiciales y los acuerdos privados, no del Rey ni de un grupo de burócratas en el poder.
A diferencia de las colonias británicas donde los colonos buscaban tener propiedad, en Hispanoamérica la tierra era cedida como un favor por el Rey. El Estado (la Corona) te la «prestaba». Esa precariedad de la propiedad privada es una de las raíces de nuestra inestabilidad.
Como si esto no fuera suficiente, en 1492, España expulsa a judíos y moros, quienes eran la clase comercial y artesana. En el siglo XVI, España tenía leyes que decían que un noble perdía su rango si se dedicaba al «comercio servil». Nuestro ADN Venezolano nace de este desprecio al mercado.
Otro guiño histórico anticapitalista: la primera universidad de Venezuela (UCV) se enfocó por siglos en Teología y Derecho para formar burócratas y sacerdotes, mientras que en las colonias del norte, en la misma época, se imprimían manuales de agricultura, comercio y mecánica. ¿Vamos entendiendo la diferencia?
Mientras España fundaba ciudades con una plaza central donde estaban la Iglesia y el Gobierno, los británicos fundaban puertos y almacenes. El diseño urbano ya establecía otra diferencia, en el norte, libertad y comercio, y las colonias españolas, control.
Toda esta historia nos recuerda que no fuimos diseñados para el capitalismo.
Nuestra historia moldeó nuestra política, como pasa siempre. En la Constitución de 1961 (considerada «liberal» por algunos), el Estado ya tenía la potestad de expropiar por «interés social» y dirigir la economía nacional. La semilla del control por parte del Estado estaba allí mucho antes del 99, aunque muchas personas crean que Venezuela era un país capitalista antes de la situación que inició en el 99. Todo lo que pasó en los últimos años fue el paso lógico de una cultura que siempre ha visto al Estado como el «papá» proveedor.
Vale destacar que la política venezolana no ha sido una lucha de ideologías (Izquierda vs. Derecha), sino una lucha por quién controla los recursos que desde siempre nos han sobrado.
Al ser el presidente el “encargado del petróleo», posee un poder que anula la separación de poderes, así que controla los recursos y en consecuencia, el poder.
Para complicar el asunto, los latinoamericanos históricamente buscamos el próximo redentor, no un administrador. El capitalismo requiere que el Presidente sea un empleado de los ciudadanos, es decir, un administrador, no el dueño, redentor, que resolverá todos los deseos y necesidades.
Desde que era niña siempre he escuchado que “Venezuela es un país rico”. Y ahí yace una de las causas de nuestra mentalidad anticapitalista. Venezuela no es un país rico; es un país con recursos, que es algo muy distinto. Mientras el colono norteamericano sabía que si no producía, no comía, los venezolanos (primero con el cacao y luego con el petróleo) aprendimos que la riqueza «ya estaba ahí», por lo cual nunca desarrollamos un capitalismo de producción porque siempre tuvimos mentalidad de recolectores. Recogemos lo que la naturaleza nos dió pero no producimos.
El capitalismo no es «tener recursos», es acumular capital (maquinaria, tecnología, conocimiento) para producir eficientemente. El petróleo permitió a Venezuela comprar una modernidad construida sobre la arena sin haber pasado por la Revolución Industrial o mental. Importábamos todo porque el Estado tenía los dólares.

Para terminar, en Venezuela, la propiedad privada ha sido siempre un derecho condicionado. El Estado puede regular precios, márgenes de ganancia y expropiar. También puede “ayudar” a ciertos sectores a través de subsidios, beneficios y favores. Sin propiedad absoluta, no hay inversión a largo plazo.
Esta arista económica nos muestra que Venezuela no ha tenido, desde el inicio de su colonización, las bases económicas que permitan el capitalismo de libre mercado.
Si España nos heredó el desprecio por el comercio y el amor por el estado paternalista que “se hace cargo de todo”, y el petróleo nos dio la ilusión de que no necesitamos trabajar para prosperar, ¿Cómo rompemos ese ciclo cultural? Para lograrlo tenemos que hacer un trabajo importante que va alineada a varios pasos:
El petróleo no es de todos porque cuando es de todos, en la práctica es de nadie o del político de turno.
Debemos aprender que lo único que tenemos es lo que trabajamos y ganamos: “la propiedad es lo único mío». El ciclo se romperá cuando aprendamos que el bienestar individual depende de la inversión propia y el trabajo, y no de un bono prometido por el político o partido de turno.
Los bonos y regalos nunca son gratuitos, para que el Estado de algo, primero tuvo que sacarlo del bolsillo de la gente. Esos regalos se pagan caro a través de impuestos e inflación.
Eliminar la hiperregulación (si algo no está explícitamente prohibido, está permitido, así que no se regula lo que se debe hacer, se regula solo lo que estrictamente no se debe hacer). Eliminar los ministerios, superintendencias y trámites que solo sirven para generar burocracia, gasto público y procesos no transparentes y que dificultan la libre empresa.
Dejar de ver al empresario como un «explotador» y empezar a verlo como el motor de la productividad y el crecimiento. En el capitalismo, el empresario solo se hace rico si sirve bien a los demás.
Establecer una cultura de responsabilidad individual y la competencia. Eliminar de nuestro vocabulario y de nuestra educación la idea de que la riqueza es algo que se distribuye y no algo que se crea. La riqueza primero se crea y se distribuye a partir del libre mercado y el trabajo.
Debemos aceptar que la desigualdad de resultados es natural en libertad. No tendremos resultados iguales porque las capacidades de cada individuo son diferentes (por más que quiera, jamás cantaré ni bailaré como Shakira, así que debo esforzarme en tener resultados con otras capacidades y no con habilidades artísticas que no tengo).
El único lugar en el que debemos ser iguales es ante la Ley. Lamentablemente en Venezuela desde hace muchísimos años no ha existido tal igualdad. Empresarios, algunos sectores y clases específicas han recibido beneficios económicos y legales de parte del Estado mientras que otros han sido despojados de sus derechos. Esto no es igualdad.
Romper el ciclo cultural que nos trajo hasta aquí requiere quitarle a los políticos y al Estado el poder de destruir el valor del trabajo y del dinero vía inflación. Un primer paso para lograrlo es a través del poder ciudadano: monitorear y alertar cuando el Estado aumente el gasto y regular que el Estado emita una moneda de forma restringida o, directamente, adoptar una moneda dura que el Estado no pueda imprimir a su antojo.
Cuando entendamos que nuestro ahorro es sagrado y que el Estado no puede tapar sus deudas imprimiendo moneda y quitándonos el valor de nuestro trabajo, empezaremos a pensar a largo plazo (inversión y ahorro) y no a corto plazo (consumo frenético/bachaqueo).

¿Podemos sobreponernos a la historia, a nuestras bases económicas y políticas? Creo que si, pero para ello Venezuela necesita:
Y
Ser un país capitalista no significa que el Estado nos haga ricos, sino que el Estado deje de impedirnos serlo.
Como bien advirtió Carlos Rangel, la madurez de una nación comienza cuando deja de buscar culpables externos y asume que la prosperidad es el fruto sagrado del trabajo libre y el derecho respetado.
El camino hacia la libertad es exigente, pero es el único que nos permitirá, al fin, dejar de esperar que se cumplan las promesas vacías del partido de turno y empezar a hacernos cargo de nuestra libertad y de nuestra vida.
¿Estamos preparados?