De aquel perfume, esta visa
¿Acaso puede un aroma apaciguar a los Torquemada en potencia de las oficinas consulares? Yo diría que antes de la aciaga circunstancia desatada por míster mertiolate, sí. Un buen perfume, abre puertas y fronteras

¿Acaso puede un aroma apaciguar a los Torquemada en potencia de las oficinas consulares? Yo diría que antes de la aciaga circunstancia desatada por míster mertiolate, sí. Un buen perfume, abre puertas y fronteras

Toca mi turno. Me acerco a la taquilla tres y saludo. “Buongiorno”, responde la oficial consular sin apenas mirarme. Teclea en su computadora datos que lee de papeles a los que vuelve cada tanto. Mis recaudos, deduzco, los que poco antes había entregado en otra taquilla (después supe que la verdadera entrevista ocurre ahí). Scrolea, marca enter una vez, otra vez; hace una pausa. Ahora sí empezará a interrogarme. Me ajusto los lentes como para aguzar mi entendimiento, pero no. La interrumpen por el caso de una chica rusa empleada de un crucero atracado en Civitavecchia. A ella la interpelaron minutos antes y desde donde yo esperaba algo oí de su enrevesada trama; le pidieron que aguardara.
— Smells so good…, le dice su colega a la oficial ya no tan concentrada en lo que supongo yo es mi trámite.
Ella replica con agrado el inciso olfativo: It does! Delicious.
De este lado del vidrio yo solo huelo marcos y perfiles de oscura madera vieja varias veces barnizada; el aire acondicionado a tope y mi ansiedad no me permiten más que repasar la miríada de preguntas que ella puede hacerme. Imagínense explicarle por qué si vivo en Venezuela cruzo el Atlántico para hacer la solicitud de visa estadounidense en Italia. Me solazo recordando el plan original de hacer coincidir esta cita con la 21ª edición de Pitti Fragranze.
Llega alguien más. La oficial de rulos cobrizos que me “atiende” se levanta, agarra los papeles de donde tomaba datos y los entrega a la recién llegada que rápido sale de escena (¡Hey! ¿Acaso no son esos mis recaudos?). Entonces coge el pasaporte burdeos que sostiene su colega, lo (h)ojea y se lo devuelve indicándole algo para mí inentendible a través de los agujeros del cristal. Este asiente, se da media vuelta y ¡al fin! pienso yo. Que ella pregunte lo que sea, que pida la constancia, el certificado o el estado de cuenta que le venga en gana, pero que me diga ¡ya! si aprobada o no aprobada.
— Ma che profumo!, suelta la oficial mientras se sienta mirándome a través de sus anteojos y del vidrio espeso.
¿De casualidad sabrá que me estoy consumiendo las angustias que me quedan mientras ella atiende a sus colegas; que yo anhelo por sobre todo irme a Sirmione para esperar frente al lago el aviso de que mi pasaporte con visa me espera en la sucursal de DHL? Y ocurre otra vez: reaparece su colega con el pasaporte burdeos entre sus manos, repasándolo escrutador.
Ella se gira expectante hacia a él, pero ¡bingo! Él encuentra lo que busca y se marcha haciéndole un guiño. Me recompongo y veo que ahora la oficial sí tiene sobre el teclado mis documentos; los aparta. Tipea algo en su ordenador; toma un trozo de papel.
— Che bel profumo indossi; quale usi?, es la segunda vez que la oficial me dirige la palabra en una contienda a la que vine artillado con la verdad y todos sus accesorios. Mas su pregunta me desarma mientras tomo el papel que desliza bajo el resquicio inferior de la ventanilla.
“Il suo visto è stato approvato”, leo en el encabezado del recorte media carta que atraviesa sin solemnidad alguna el límite de seguridad, como si de una acción mecánica, habitual, se tratase (y sí, lo es); después me percato de su impresión tiro/retiro en italiano e inglés.
¿Esta es la respuesta al legajo con irrebatibles pruebas de mi probidad y absoluta solvencia, mi atómico arsenal ordenado a todo método y que ni un amago de desenvaine precisa? En el aire la pregunta de la oficial espera por respuesta y ¡serendipia! ¿Cómo no había caído en cuenta de mi baza oculta capaz de ultimar todo lo que se atraviese con sus cítricas notas aliñadas de cardamomo y jengibre recién cortado? Todo un gallo tapado del 2016 —ahora lastimosamente descontinuado— con la firma de Anne Flipo, Dominique Ropion y Juliette Karagueuzoglou (quedo en deuda con esta pronunciación).
— L’Homme Ultime. L’Homme Ultime de YSL, le respondo. Comprende y anota correctamente. Le doy gracias, ella sonríe y en segundos ya estoy fuera del recinto cuya entrada se me había hecho eterna y tortuosa. En el primer pote de basura que encuentro tiro mi cartapacio de recaudos.
Aún queda bastante jornada y me bastan los esprayazos que llevo de L’Homme Ultime.
