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El 4F y los peligros de vivir por La Casona

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04/02/2018
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FOTOGRAFÍA DE PORTADA: HAROLD ESCALONA

El 4 de febrero de 1992 hubo disparos, muertos y miedo en La Casona. 26 años después, los vecinos de la residencia presidencial aún recuerdan la sublevación militar. Son los testigos de excepción del madrugonazo que sacudió al país y los hizo tiritar de angustia al quedar expuestos al fuego cruzado

Mucho antes de la llegada del 4 de febrero de 1992 se rumoraba la posibilidad de que ocurriera un golpe de Estado. El colectivo social y el alto mando político permanecieron adormecidos frente a los cuentos de pasillo, el ruido de sables, hasta que el día finalmente se hizo realidad. Pocas horas habían transcurrido desde que Carlos Andrés Pérez arribó a Venezuela el 3 de febrero, proveniente de Suiza donde participó en el Foro Económico Mundial. Cuando el mandatario aún no asimilaba el cambio de horario, y su soberbia lo había condenado a sufrir la intentona que creía imposible, en la noche se inició una sublevación militar en cinco estados del país: Distrito Capital, Miranda, Aragua, Carabobo y Zulia. En Caracas, Miraflores y La Casona fueron los únicos blancos que no se pudieron conquistar.

Hugo Chávez Frías, Francisco Arias Cárdenas, Joel Acosta Chirinos, Jesús Urdaneta Hernández y Jesús Ortiz Contreras fueron los cinco tenientes coroneles que lideraron el alzamiento militar del 4F. Más de 2.300 soldados subordinados a sus órdenes participaron en una fatídica noche que costó la vida de varios y la aprehensión de 1.089.

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Cuando el país se enteró que una sublevación militar se desarrollaba en Venezuela, ya quienes vivían alrededor de La Casona lo sabían. En los ocho salones protocolares de la residencia oficial del Presidente de la República corrió el miedo. Adentro, estaban Blanca Rodríguez de Pérez con su hija Carolina y dos de sus nietos. En sus murallas y garitas, los soldados probaron -algunos por primera vez- el acre sabor del enfrentamiento a tiros, a ráfagas, bajo el mando del comandante Bacalao, jefe de la Guarda y Custodia de la familia presidencial, y de Antonio Aguinagalde, el jefe de la escolta civil. Afuera, los alzados, camuflados y con brazalete tricolor en el brazo izquierdo, comandados por el futuro ministro de Interior y Justicia Miguel Rodríguez Torres, enfrentaban al miedo, el todo o nada de una intentona golpista.

Pero tras otros muros lo que había era miedo e indefensión. Alrededor de La Casona, en las casas llenas de civiles sin armas, la noche llegó con balas. Para los vecinos del lugar, el golpe inició no el 4 de febrero sino el 3, cuando se escucharon las primeras detonaciones.

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Reina Rivas, aún vive en la calle 8 de la urbanización La Carlota, adyacente a La Casona. Aunque suele dormirse a las 9 de la noche, aquel 3 de febrero de 1992 se quedó prendada a la televisión, en vela y en vilo. “Estábamos aquí a las 11 de la noche y empezó un bombardeo. Tiros y bombas como una guerra. Yo dije ‘¿Dios mío qué está pasando? esto es un golpe de Estado, no puede ser otra cosa’”, comenta la pelirroja de 75 años. La firmeza de su memoria contrasta con el quiebre de su voz. Las lágrimas que cunden sus ojos, haciéndolos más brillosos, dan cuenta del recuerdo del terror.

Es la memoria de quien temía asomarse, las frecuentes detonaciones la paralizaban. Las balas perdidas no tienen nombre sino de sus víctimas, y ella no quería una. Aunque Reina no vio a los soldados, de ninguno de los bandos enfrentados, sí sintió los pasos que daban sobre el techo de su casa y la de sus vecinos. “Yo estaba sentada ahí (en el mueble) y me cayó una bala aquí en la pared. Entró una que si se incrusta un poquito más, me mata. A mi suegra que vivía arriba le entraron tres balas en el escaparate. Esos son los recuerdos bellos que tenemos de Chávez, que Dios lo bendiga”, expresa con ironía.

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Alicia Lombardi, residente de la calle 3 en la zona occidente de Santa Cecilia, pasó esa noche en La Urbina. Su madre, que entonces tenía 67 años, la llamó alterada: “Oye, tengo rato escuchando un tiroteo”. Alicia incrédula le respondió que seguramente eran fuegos artificiales por alguna fiesta en La Casona. Su madre le replicó: “Son tiros, son tiros. Es un asalto a La Casona”. Allí comenzó la angustia de los hijos de la familia Lombardi. Su madre, una mujer de avanzada edad, estaba sola mientras ocurría un golpe de Estado. Sin que nadie pudiera dirigirse a acompañarla, le recomendaron encerrarse en el baño hasta que se normalizara la situación. “Mi mamá nos ponía el tiroteo por teléfono. Mi hermano, que vivía en Los Naranjos, intentaba observar con unos binoculares y solo veía humo. Fue terrible”.

Justo Paiva vive en la calle 3 de la zona oriente de Santa Cecilia. El frente de su casa colinda con un muro de la residencia presidencial por donde intentaron treparse varios soldados que, posiblemente, no lo superaban en edad, en aquel momento. Tenía 24 años y gran parte de los insurgentes no alcanzaba esa media. “Escuché muchachos pidiendo ayuda, pero uno no salía por miedo”, rememora.

La familia Rivas terminó resguardada en el sótano de su casa. El silbido del plomo dentro de su casa los obligó a permanecer allí hasta las seis de la mañana del 4 de febrero. Cuando dejaron de escuchar las detonaciones se atrevieron a salir, pero todavía no a la calle sino a la sala de su casa, donde fueron testigos de los estragos: la puerta de vidrio disminuida a trozos en el piso.

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“Oficiales y soldados les habla su Comandante en Jefe. Su obediencia es para conmigo”, dijo Carlos Andrés Pérez en la madrugada por las pantallas de Venevisión, canal al que logró trasladarse al salir en un vehículo no oficial por una puerta lateral del Palacio de Miraflores, asediado por balas y por blindados, uno de los cuales trepó las escalinatas del Palacio Blanco. Demostró que estaba a salvo, pero la redada todavía no había sido controlada.

Con el alba llegó la derrota para los sublevados. Alrededor de La Casona se confundían los uniformes de tirios y troyanos. “Somos los mismos, somos los mismos”, exclamaba un paracaidista, como si esas palabras pudiesen revertir los disparos que recibió en la esquina de la calle Oriente de Santa Cecilia. Héctor Díaz, vecino del lugar, recuerda escuchar esa frase mientras permanecía escondido bajo su cama, a donde se había metido apenas escuchó las advertencias de su papá. “Pude protegerme, en la cabecera de mi cama cayó una bala”, relata. Pero las súplicas de aquel soldado no valieron de nada. Cayó muerto por la bala de compañero de armas pero enemigo de la asonada.

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Con el sol despuntando el día, los golpistas estaban tendidos en el asfalto. Los vivos, con las manos en la nuca. Los muertos, desperdigados por el lugar. Poco a poco los cadáveres fueron retirados. Por eso, cuando los vecinos se atrevieron a salir a la calle, ya no había cuerpos inertes luciendo el uniforme verde oliva, en cambio una huella roja, como las boinas, impregnaba la calzada. 14 personas fallecieron, según cifras oficiales, pero extraoficialmente se habló de entre 50 muertos y más de un centenar de heridos, la mayoría entre las filas de los sublevados.

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Cuando Reina Rivas se atrevió a salir a la calle vio las consecuencias de ser vecina del Presidente de  la Reopública: 14 impactos de bala se habían alojado en la fachada de su casa. “No nos imaginamos nunca que nos fuera a pasar algo así. Fue de terror. Asustados es poco”, comenta Reina sobre aquél día.

Héctor Díaz y sus primos recolectaron varios cascos de bala y una moneda ensangrentada. Contaron más de 70 carros abaleados, un improvisado y callejero polígono de tiro.

Alicia Lombardi pudo llegar a su casa luego de insistirle a los uniformados que debía llegar a su hogar. Había toque de queda y el paso a la urbanización, zona de guerra, estaba restringido. Al llegar a su morada, le impresionó ver una fila de carros, todos, con numerosas marcas de balas. “Eso no lo pagaron nunca”, afirma. Pero Díaz y Paiva la desmienten. “Blanca (Rodríguez de Pérez, la primera dama) pagó el daño por todos los carros y las casas”, asegura Héctor. Justo, quien recuerda los “charcos de sangre” que manchaban las calles, lo secunda: “La Casona asumió los gastos”.

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Hugo Chávez dio los buenos días en televisión nacional aquella mañana, ya rendido. “Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros, acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor”, dijo en su alocución.

Amaneció de golpe el 4 de febrero, como se tituló la película del cineasta Carlos Azpúrua. Él también vivía en la calle 3 de Santa Cecilia. Su vecina, la escritora y poeta Carmen Cristina Wolf tiene una frase grabada en su memoria: “Ríndanse, soldados paracaidistas”. Una y otra vez el llamado se repetía aquella mañana por altoparlantes después de que Chávez pronunció su rendición ante las cámaras de televisión, el “por ahora” que lo mediatizó de por vida, el minuto que lo convirtió de mero golpista en revolucionario. Muchos de sus uniformados nunca se enteraron que los objetivos no habían sido cumplidos en la capital, no vieron el amanecer.

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“Un soldado malherido decía ‘¿Qué va a decir mi mamá cuando se entere de que me mataron?’”, relata Carmen Cristina Wolf. Ella no pudo ver el rostro de ningún fallecido, pero esas palabras le hicieron sentir que quien las pronunciaba iba convencido de la victoria o no estaba seguro del embrollo en que participaba.

De los cinco tenientes coroneles, Hugo Chávez fue el único que falló, hasta rendirse en el antiguo Museo Histórico Militar de La Planicie, ahora Cuartel de la Montaña, donde reposan sus restos. El frustrado golpe de Estado de 1992 generó un efecto dominó que deja ver sus rastros en el presente, pero su recuerdo sigue en quienes fueron testigos de excepción aquella madrugada, y quienes, paradójicamente, terminaron siendo vecinos del propio comandante de la sublevación cuando en 1999 Hugo Chávez asumió las riendas del país.