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El plan inicial del 4F y los tanques que nunca llegaron

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14/02/2018
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TEXTO: MARÍA JOSÉ MONTILLA Y VÍCTOR AMAYA

La asonada que dirigió Hugo Chávez se planificó para diciembre de 1991 pero la logística impidió concretarla. Se fijó para los primeros días de febrero cuando los gatillos fueron apretados. El plan tuvo problemas -delaciones, batallones tardíos- y no pudo tumbar a un gobierno que sospechaba desde 1989 de los cabecillas aunque el Presidente nunca actuó contra ellos

El 4 de febrero de 1992, a eso de la una de la tarde, el capitán Gerardo Márquez, encargado de la toma de la Base Aérea La Carlota por parte de los golpistas, le participó a casi 1.400 soldados a su mando que el alzamiento militar había fracasado y que el teniente coronel Hugo Chávez, líder del movimiento, se había rendido. “Fue muy duro para mí, que tenía una alta responsabilidad con esos oficiales que uno había juramentado”, relata 26 años después el ahora diputado de la asamblea constituyente. Les explicaba entonces que resistir y mantener la rebelión era “casi un suicidio”. Pero los soldados, quizá nublados por la adrenalina del combate, no cedían.

“¡Cobarde!”, “¡Traidor!” vociferaban algunos de los alzados. Las palabras retumbaban en los tímpanos de Márquez, quien admite que en algún momento pensó tomar nuevamente las armas. Con cada segundo la situación se ponía más tensa. Apenas habían pasado horas desde que les había hablado, encaramado en una mesa y usando un megáfono, para pedir su apoyo en el alzamiento. Ahora tenía que pedirles la rendición. “De pronto se paró un paracaidista y empezó a cantar el himno nacional. Todo el mundo se calmó. Le volví a hablar a los soldados y mientras les explicaba nuestras razones, aterrizó un OV-10 Bronco y se bajó el comandante Arias Cardenas que venía detenido desde el Zulia y el aprovechó a hablarle a nuestros soldados. A partir de ese momento es que nosotros nos entregamos”, cuenta.

Así terminaba una acción que Márquez describe como quijotesca. La intentona golpista que había iniciado la noche del 3 de febrero y que pasado el mediodía había sido neutralizada en todo el país por las fuerzas leales al gobierno de Carlos Andrés Pérez. Él había tenio éxito al tomar control de La Carlota. Arias Cárdenas en Zulia puso preso al gobernador Oswaldo Álvarez Paz. Pero en Miraflores no se lograron los objetivos, como admitió Hugo Chávez desde el Ministerio de la Defensa, una vez rendido en el Museo Histórico Militar, donde ahora reposa su cuerpo.

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El día que no fue

El 21 de noviembre de 1991 se fechó un informe de la Disip y la Guardia Nacional que habla de conspiración militar. Los rumores y alertas llegan a la Presidencia. Carlos Andrés Pérez pide más pruebas y no intrigas, ni “chismes”.

De hecho, el 4F pudo haber sido otro día. Gerardo Márquez recuerda que el plan inicial era detener al Presidente de la República incluso dos meses antes. “El 10 de diciembre del año 1991, día de la Fuerza Aérea, la brigada paracaidista, que estaba absolutamente comprometida (con la asonada), iba a hacer una operación militar de exhibición. Además, la brigada blindada estaba en la zona porque los actos iban a ser en Palo Negro y podíamos detener al Presidente de la República y al alto mando militar, además en cadena nacional, y podíamos decirle al mundo que iba a instalarse una junta de gobierno en Venezuela”.

Pero hacía falta más organización. No todo estaba listo. Así lo hizo saber el general Fracisco Visconti -quien había sido ascendido a ese rango apenas cinco meses antes-, así como el coronel Garrido Martínez -ambos involucrados en la intentona del 27 de noviembre del mismo año-, además de los oficiales de la Guardia Nacional y la Armada que participarían de la sublevación. “Pidieron que les diéramos un poco más de tiempo porque no estábamos preparados para la insurgencia y decidimos suspenderlo”, puntualiza Gerardo Márquez. “Comenzamos a presionar para que fuese el 17 de diciembre, de manera tal que conmemoráramos la muerte del Libertador con una insurgencia militar, pero también fue suspendida. Entonces, buscamos la posibilidad de que fuese el 31 de diciembre, pero no hubo apoyo”.

El 22 de enero de 1992 la Disip presenta otro informe en reunión con al alto mando militar que habla de conspiración. Pérez volvió a pedir pruebas, detalles, confirmaciones, detalles. El documento mencionaba a los mimos oficiales que supuestamente se querían levantar desde 1989 y que en julio de 1991 el propio Presidente había ascendido a tenientes coroneles entregándoles mandos de tropa. De nuevo ordenó una investigación exhaustiva cuyo informe leería a su regreso de Suiza el 3 de febrero, relata el libro La rebelión de los náufragos de Mirtha Rivero.

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Entretanto, la fecha del alzamiento quedó fijada para los primeros días de febrero de año 1992. “Se llamó a algunos contactos que teníamos en Casa Militar. El Presidente de la República se encontraría en un Congreso Internacional en Davos”. La ausencia del mandatario se aprovecharía para preparar los detalles del plan que consistía en “esperar que Carlos Andrés llegara acá y con la Armada arrestarlo en Maiquetía; luego tomar los cuarteles alrededor del país”.

La decisión final se tomó 10 días antes, en Maracay, en la casa del capitán Ismael Pérez Sira. Algunos de los involucrados fuero ntificados 24 o 48 horas antes de empuñar los fusiles. “Hubo oficiales a los que ni siquiera pudimos enviarles un mensajero para notificarles el día de la operación, como los que estaban en Carora o en Coro, pero las guarniciones más importantes sí estaban comprometidas”.

Delatados

“En la mañana del 3 de febrero, un capitán llamado (René) Gimón Álvarez, que era parte importante del movimiento y que tenía la responsabilidad de la toma de la Academia Militar, nos delató”. Gerardo Márquez se refiere a un oficial de planta de Fuerte Tiuna entonces que fue contactado por los capitanes Ronald Blanco La Cruz y Antonio Rojas Suárez -a la postre gobernadores con el chavismo de Táchira y Bolívar, respectivamente- para informarle del golpe. “Su misión era detener al general Manuel Delgado Gainza, director de la Academia Militar, e insurreccionar al Batallón de Cadetes. La acción a ejecutar no se le planteaba fácil al oficial de planta, toda vez que el general Delgado Gainza era el padre de su novia”, dice el libro inédito Zapata y la caricatura: un ejercicio de libertad, escrito por Eddy Reyes Torres.

El oficial informó a su superior en vez de arrestarlo, y aquél puso en alerta tanto al comandante del Ejército, general Pedro Rangel Rojas, quien nunca informó del evento al Ministro de la Defensa, general Fernando Ochoa Antich -recibió la novedad al final del día 3 por boca del comandante de la Guardia Nacional, general Freddy Maya Cardona. Gerardo Márquez lo confirma: “El Comandante del Ejército se entera como a las 7 de la mañana. Pedro Pedro Remigio Rangel Rojas quería ser Ministro de Defensa y creía que nuestra insurgencia era un grupito muy pequeño de oficiales que él mismo, con el Ejército, podía controlar y no informa al ministro Ocho Antich, para ver si con esa operación de control él se ganaba los afectos del Presidente de la República”.

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Aún así, comenzaron las acciones de contención. “Horas después (de la delación) teníamos oficiales detenidos. El responsable de instalar la antena en Mecedores y enlazar todas las televisoras y hacer una cadena nacional para transmitir el mensaje de Chávez al país estaba detenido. Algunos oficiales que pertenecían al Batallón Bolívar, que era una unidad muy importante para nosotros, también estaban detenidos”, sigue narrando Gerardo Márquez. Cuando Ochoa Antich llega a Maiquetía para esperar a Carlos Andrés Pérez de su regreso de Suiza es alertado sobre la insurgencia, pero “ya las unidades nuestras venían en camino de Maracay y Valencia hacia Caracas. Ya era indetenible”, dice el capitán retirado.

Pérez aterriza y se dirige a La Casona. No es informado de la sublevación. Al llegar, se acostó a dormir. “Me comunicó el ministro de la Defensa que hay rumores militares, pero como que no es nada serio”, le dijo el mandatario a su hija Carolina, cuenta el libro La rebelión de los náufragos de Mirtha Rivero. “Eso fue a las diez y media de la noche del lunes 3 de febrero”, puntualiza el escrito. Una hora más tarde suena el teléfono: hay un alzamiento en Maracaibo. Diez minutos después, Carlos Andrés Pére sale rumbo a Miraflores.

Faltaron tanques

“El Presidente se va a esperar esa ‘pequeña insurgencia’. Lo que él no sabía es que éramos más de 9 mil soldados en armas”. Gerardo Márquez venía en ese convoy “con el batallón Antonio Nicolás Briceño, al que pertenecía el mayor (Jorge Luis) Durán Centeno -ahora embajador en Panamá- con Chávez, que tenían objetivos en el oeste de Caracas; el batallón de paracaidistas José Leonardo Chirinos, al cual yo pertenecía, teníamos responsabilidades en el este”.

El ataque comenzó a la medianoche. En La Casona, donde las acciones las comandó Miguel Rodríguez Torres, hubo enfrentamientos y muertos. En Miraflores el asedio duró 35 minutos, cuenta el texto de Mirtha Rivero que da cuenta cómo en el Palacio “los golpistas son superiores en número y en armamento”, aunque eran “nada más” 40 uniformados de un batallón de blindados “dirigidos por cuatro capitanes y un sargento” a las órdenes de dos mayores, de los cuales “uno desertó y el otro sufre un momentáno estado de shock“. Además, el 422 Batallón de Paracaidistas, con 250 hombres, no ha llegado “ni llegará” pues se dirigió a La Planicie y desde allí aguarda órdenes de Hugo Chávez.

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Dos capitanes alzados afuera de Miraflores fueron heridos y la tropa atacante disminuye la intensidad de las ráfagas al notar caída de sus jefes, corre la desmoralización. Entonces Pérez aprovecha y sale en un carro civil vía Venevisión “donde le prestan todo un apoyo logístico para dirigirse al país”, relata Gerardo Márquez.

El capitán confirma que “algunas operaciones se cumplieron”, mientras que otras no, como la del Batallón de Tanques Ayala o la del Batallón de Infantería Bolívar. En La rebelión de los náufragos, Carmelo Lauría se pregunta por qué ambas columnas blindadas, que habían sido ordenadas por el general Simón Luis Virgilio Tagliaferro para defender a Miraflores, “se quedaron paradas en Los Caobos y a última hora fue que arrancaron”. Márquez ahora confirma que ambos grupos formaban parte de la asonada y su misión, que era la toma de algunos canales de televisión, “no se concretó”. Por eso no atendieron el llamado de defender el palacio presidencial, aunque tampoco cumplieron su papel en la insurrección. “Por ello no se consolida la operación militar. Fracasamos militarmente. Chávez tuvo que rendirse. Aunque había algunos combates todavía en la avenida Sucre”.

El control de Miraflores fue restaurado por cinco tanquetas antimotines del Comando Regional 5 de la Guardia Nacional. Pérez, quien ya había hablado por la televisión asegurando que los sediciosos habían sido contenidos, vuelve a su despaho a las cuatro de la mañana. Ya saben el nombre del líder del golpe, y se inicia el proceso para su rendición. Varias horas después, y una amenaza de bombardeo mediante, el teniente coronel se rinde, es trasladado a Fuerte Tiuna y, contrariando órdenes del propio Presidente, le es permitido hablar en televisión para hacer un llamado a deponer las armas. La Carlota y otras instalaciones seguían tomadas. “Uno veía el video (del por ahora de Chávez) y pensaba que era un montaje, hasta que por fin recibimos llamadas personales que nos certificaban que ya no había más nada que hacer. Él nos felicitaba y nos agradecía nuestro valor, y comenzamos a hacer las entregas formales”, rememora Márquez.

El día después

Según Gerardo Márquez, la cárcel se convirtió en “un seminario ideológico” a pesar del miedo a una pena de 30 años “o incluso la posibilidad enfrentar la muerte, como propuso el senador David Morales Bello un día después”, dice el ahora constituyente al recordar la frase dicha por el senador adeco para responder al discurso de Rafael Caldera cuando dudó que la intención de los alzados era asesinar a Pérez.

“Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de la subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar. El Golpe Militar es censurable y condenable en toda forma, pero sería ingenuo pensar que se trata solamente de una aventura de unos cuantos ambiciosos”, dijo Caldera.

“Ante estos hechos, tan evidentes, sorprende que una mente con tanta experiencia política como la del doctor Rafael Caldera, se deje abrazar por la duda (…) Ahora de lo que se trata es de condenar a los golpistas, de condenar el golpe. Vinimos para dejar muy claro que los golpistas no cuentan con aliento alguno, directa ni indirectamente. Se condena en una sola palabra: ¡Mueran los golpistas!”, replicó Morales Bello, representando al partido de gobierno Acción Democrática.

Es en la cárcel de Yare donde además se firma el manifiesto Las razones que nos obligaron a insurgir en junio de 1992. Un documento que dice: “En Venezuela no existe separación alguna entre las ramas del Poder Público (…) ¿Cómo podrían calificarse al gobernante que, por dejación y a veces por decisión deliberadamente, permite y propicia que los habitantes del país sean habitualmente ejecutados por el hampa todos los fines de semana? (…) violaciones al derecho a la protección a la familia, a la salud, a la educación, al trabajo y el saqueo al Tesoro Público y al peso de una deuda contraída para enriquecer a gobernantes corruptos y sus cómplices, a costa de empobrecer a la nación”.

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En el grupo de 30 oficiales que firmaron aquel papel están el capitán Carlos Guyón Celis, el capitán Ismael Pérez Sira y el teniente Florencio Porras. “Hoy me siento avergonzado de haber insurgido, porque nuestra insurgencia la usó Hugo Chávez, junto a un grupo de delincuentes que hoy dirigen el país, para enriquecerse, oprimir el pueblo e instaurar este régimen comunista”, dijo el primero a Clímax. El segundo soltó que “las razones por las que nosotros insurgimos en 1992 están potenciadas por un millón en este momento”, y el último sostuvo que “por muchísimo menos de lo que estaba pasando, nosotros nos alzamos”.

Para Gerardo Márquez, “el 4F valió la pena”. Afirma que no hay arrepentimiento alguno. “Si mañana tenemos que hacer un nuevo 4F para defender la revolución bolivariana, creo que el 95% de esa gente volvería a empuñar las armas”.