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Nela Ochoa, mutatis mutandis

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21/09/2015
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FOTOGRAFÍA: VASCO SZINETAR

Su exposición “Post-pretérito” ocupa los dos pisos de La Caja del Centro Cultural Chacao. Aquí una radiografía digitalizada de la otrora bailarina y actual notable mayor del arte contemporáneo, quien llegò a Caracas por sus fueros, desde Margarita, con todo un container de curiosidades humanas a guisa de faros morales de un país cuyo futuro parece, solo parece, negado

Abierta la boca de par en par, Marianela deja entrar el agua que cae pura y tumultuosa por uno de los manantiales de El Ávila. Sus ojos están cerrados, herméticos. En el éxtasis que en el cuerpo producen el frío acuático junto a un sol tamizado, advierte el ejército de voces infantiles de sus hermanos que se ha excitado por el hallazgo de una sigilosa serpiente. Decidida, saca su rostro hacia el frente de la cortina de agua y le pone fin a un placer menor para inaugurar otro mucho más especial: la adrenalina del peligro. Flexiona sus muslos, baja lentamente el brazo hasta el fondo del pozo en busca de una piedra filosa, y de un solo disparo —que pareciera haber abanicado desde la inmensidad— atina contra la mitad del cuerpo verdiazulenco que trepa por el bambú centenario. Un alarido de pánico triunfal rebota contra la bóveda que forman las ramas más altas, por lo que todos, heroína y secuaces, salen al encuentro de la víbora que aún se revuelca entre la hojarasca, troceada en dos.

Mojadas las ropas, las cabezas y las pestañas, descienden los hermanitos en fila india hacia la casa materna, ubicada en Las Palmas, con el trofeo en alzas y otro poco de grititos de gloria. Pero como la Cota Mil no existe para entonces, pocos son los que presencian la entrada triunfal; apenas unos caballos de alquiler que ellos mismos montan periódicamente para dar carreras por la larga, empinada y vacía Avenida Maracaibo.

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Lo cumbre es que ella es la menor y la única niña del grupo, así que cuando sus padres la saben autora del hecho deciden mantenerla a raya de estas excursiones e, incluso, le prohíben subirse a los lomos de un caballo, casi para siempre. Al poco tiempo, allá por los 60, estos mismos progenitores fijan su deseo de seguir estudiando, y parten con los tres varones, la niña Nela e Ina —querida cargadora de los cuatro retoños— a Massachusettes para hacer un doctorado en el MIT —en el caso del padre— y cursar estudios de terapia del lenguaje en el Emerson College —en el de la madre.

Así que allí, al noreste de Estados Unidos, transcurrieron los siguientes cuatro años de esta niña también de cuatro que ahora, a sus 61, Nela Ochoa es recordada por todos como insigne exponente de la danza, y reconocida internacionalmente por su trayectoria de artista contemporánea. Etapa primigenia de la que recordará, a modo de anécdota premonitoria, una “pintura” suya que fue premiada entre las “obras” de niños de tercer grado de todo el estado de Massachusetts, o las clases de tap dance en que destacaba —dice ella— quizá por ser latina.

“Cuando volvimos a Caracas no pude continuar con el ballet, pero me inscribieron en cursos de pintura con Mary Brandt”, cuenta. Luego vendría una adolescencia protegida, compartida y vigilada por sus hermanos mayores, por lo que considera que le hizo falta una hermana, una cómplice. En cambio, tuvo incentivos a raudales para desarrollar la sensibilidad por el arte.

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“En mi casa había algunos buenos cuadros y bastante literatura; pero la música fue predominante; incluso avasallante, porque mi padre nos despertaba los domingos con Bach a todo volumen”, recuerda.Estudiaría diseño y pintura, tenidas entonces por dos disciplinas no muy reconciliables entre sí; pero para ella, provista del instinto de sabueso del que es heredero cualquier irlandés de raza —como su abuela paterna—, siempre fueron simbióticas.

“Mi trabajo gira en torno al cuerpo y, por evolución, a las ciencias que transparentan ese cuerpo. Desde muy joven he estudiado simultáneamente danza y artes plásticas, y ese interés se ha mantenido a lo largo de los años, unificándose en videos, performances, instalaciones, pinturas y esculturas. Ha sido una evolución que comienza a consolidarse con el estudio del gesto, así que escrutando esas señales fue como comencé a coreografiar lo que llamé ‘Gestografias’, y, casi a la vez, a intervenir radiografías, llevando las estructuras óseas a otro nivel”, discurre.

¿Por qué el cuerpo humano como punto focal? ¿Por qué esculcar entrañas para tornarlas superficie?

—El cuerpo es quizá el máximo ejemplo de la fusión de que hablaba arriba: todas las claves están allí. Imposible no esculcar para tratar de entender, mostrar mis caminos hacia algunas claves y dejar esas huellas”.

De allí que haya encontrado en nuestro ADN una gran pista para desbaratar el misterio de la vida humana “Que todo se repite como las notas musicales, que solo el orden cambia, y que gracias a esa repetición, a ese ritmo cambiante, hemos y seguiremos evolucionando”, asegura.

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Sobre su postura frente al arte contemporáneo de hoy en comparación al de la época en que se fraguó su carrera —los 80 y 90—, dirá que todas las décadas van dejando una huella que sirve de resorte para las siguientes, por lo que siempre habrá algo más que decir, algo diferente que ver y oír. Ahora, ¿que cuál es el acertijo que le gustaría que descubrieran sus obras a la posteridad?“Pues creo que exponer el universo del cuerpo interior; lo que una vez bauticé en los 80 como ‘Rx-etratos’. Esa es la pista que dejo. Ojalá que sirva de trampolín, y que otros puedan tomar de allí una clave para continuar”, responde.

Mientras tanto, seguirá hurgando cada vez más adentro, a través de las ciencias y sus nuevas tecnologías, a fin de llegar hasta los genes y dar con sus “recetas” para producir todo funcionamiento físico y psíquico, tomando tales estudios como la materia prima para crear —entendido en sus obras— otro cuerpo tejido con contenido cultural del mundo que la rodea. Pero también seguirá temiendo por aquellas creaciones muy suyas que habitan en los museos del país, tan sometidos a la barbarie; esto sin acordarse de la fuerza de que están hechas: en esa iconografía genética reposa el poder de lo trascendental.

¿Por qué abandonaste tu Caracas natal para mudarte a Margarita?

—Hoy en día Caracas es una ciudad enferma; sus habitantes se debaten entre el tráfico y la delincuencia. Antonio (López Ortega), mi esposo, y yo habíamos planificado hace muchos años venirnos a la isla para dedicarle  más tiempo a nuestra obra. Hoy en día, es donde mejor se vive en Venezuela.

Cuando Sofía Imber visitó tu primera individual, la recuerdas ubicando la pieza más interesante, la más densa, que no la más “bonita”. ¿No embellecer las casas sino estrujar el cerebro es unos de tus objetivos?

—Indudablemente que mi trabajo es denso y no siempre es “bonito”. Sofía entró y me dijo: “Esta obra —Baños de sangre— tiene que ir para el museo”. Fue la primera vídeo escultura que entró a esa importante colección. La labor de Sofía con el arte contemporáneo en Venezuela fue fundamental y será nuevamente reconocida cuando pase la barbarie.

Nunca has aprendido a orientarte geográficamente. ¿Por esos tus obras van siendo como un mapa de lo humano?

—Es verdad que no tengo ningún sentido de la orientación, quizás estoy tratando de dejar unas pistas para los que vendrán.

Génesis del viodearte en Venezuela; mixtura de medios propia del arte conceptual: video, fotografía, performance, cine, instalación; transgresión de la imagen como estrategia visual… nuevos lenguajes. ¿Qué más?

—Sí, todo eso, que es el aire de estos tiempos, en el que las fronteras se han borrado.

¿Por cuáles emociones se pasea tu espíritu y tu cuerpo cuando reinterpretas lo humano?

—Son muchas y muy diferentes, según lo que esté trabajando. La emoción de terminar una secuencia genética y ver el resultado cinético de lo orgánico es diferente de las “mariposas en el estómago” que me produce la presentación de un performance frente al público. Siempre que esté satisfecha con el resultado, habrá una sensación gratificante del trabajo cumplido y de la huella dejada.

La obra que te gustaría realizar sería una torre de babel con escalones informáticos en todos los idiomas. ¿Por qué?

—Ese fue un proyecto ambicioso de hace dos décadas. Hoy en día creo que sería redundante.

El estudio del gesto es la clave que aplicas a diario, “porque la palabra miente, pero el gesto no”. En ese caso, y para que no te contradigas con tu obra ideal, o para que la refuerces, ¿no deberías crear una torre de babel con escalones en un solo y universal lenguaje de gestos y señas?

Hoy en día sé que el cerebro lee señales de las que no somos conscientes, y que mucha gente ignora. Luego dicen: “Yo presentí”. Hoy esa torre sería una doble hélice de información genética que nos ayudaría a entender cómo funciona esa inteligencia corporal que creemos tener dominada, pero que nos trasciende de generación en generación.

En la presentación de tu próxima muestra, “Post-pretérito”, apuntas que se le ha perdido la pista al arte contemporáneo por los días de desafío en que vivimos, y que tanto los talentos emergentes como los de generaciones anteriores han optado por trabajar en silencio desde sus talleres. ¿Recluirse pero producir debe interpretarse como una guerra, una protesta fría?

—Algunos hemos optado por recluirnos a producir en silencio. “Post-pretérito” se cristaliza gracias a varias amigas —Lorena González, Claudia Urdaneta y Ana María Vass—, quienes por diferentes vías y en distintos momentos me pidieron que expusiera. El nombre de la exposición se refiere al estado en que vivo la ciencia y el arte aquí en Venezuela: “podría haber…”. Es un futuro negado.

¿Y así de negado será el futuro del arte? ¿Seguirá la producción para las élites; se agudizará lo masificado; los chinos ganarán terreno como los nuevos Médicis; la línea se superpondrá al color; aparecerán cuadros flotantes como los de los supersónicos?

(Risas). El arte existirá siempre. Es inherente a la condición humana. Y claro, siempre estarán reflejando las civilizaciones que lo producen. Actualmente hay toda una generación produciendo arte con los celulares: vídeos, fotos, literatura y música. Se han apropiado de ese instrumento para expresarse desde sus particulares códigos. Y si en el futuro debemos volver a las cavernas, ¡seguramente no pintaremos bisontes!