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Alex Leterni: “Sabía que la gente no me creía capaz de personificar al Inca Valero”

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Desde Ecuador, el actor venezolano contesta las preguntas de UB mientras atiende la barra de un SportClub en Quito. Le sobra el buen ánimo y se confronta a la inconcebible realidad de que en su propio País fue prohibida la proyección de su última película

Como si anduviera huyendo de la locura de un país en el que un juez prohíbe una película sin verla , el protagonista de El Inca se fue para Ecuador. Se gana el pan en Los Tres Cheflados, un sports bar de Quito cuyo lema es: de cocineros y locos, todos tenemos un poco. Los chiflados son su novia, la chef y también actriz Oriana Ramírez; la hija de 5 años de ella, Sara Victoria, que él ha criado como suya; y el propio Alexander Leterni, por supuesto.

“La gente viene a ver los juegos, a comer alitas con salsa Jack Daniels y burritos y a tomar cerveza. También hay desayunos y almuerzos venezolanos”, explica el actor.

Alex Leterni cuenta que se crió en Charallave , “cuando todavía era un pueblo muy lindo”, viviendo una infancia feliz de hacer casitas en el árbol y jugar a guerras de mamón. Empezó a hacer teatro a escondidas, diciéndole a sus amiguitos que iba para misa por temor a que le dijeran marico.

Cursó estudios en lo que hoy se conoce como Unearte, debutó como actor del grupo Contrajuego a los 16 años y ya tiene cuatro películas encima, empezando por la cult movie merideña Conejos (2008).

Pero hay un gentío que lo conoce principalmente como un youtuber: entre sus colegas, fue uno de los pioneros que se asomó al video viral como herramienta de expresión

(https://www.youtube.com/watch?v=LE_hZboUrPY).

“En un cineforo hubo gente que se paró y me dijo:

‘Es imposible que tú, que lo que haces son puras muecas en Internet, ahora seas el Inca Valero’. No son muecas, son códigos actorales distintos. No actúo igual en cine que en Instagram.

7d1181a642df824cd5e2657ce12d6b64 Existe mucho prejuicio con la web, mucha gente la subestima porque no hay filtros y todos tienen acceso a montar contenido. Soy súper curioso e inquieto. Me apasiona retarme a comunicar y ser efectivo en varios medios. Quiero contar historias de la manera que sea”.

—Ahora hasta tienes una historia que se está contando a través de la censura: el campeón de boxeo que presuntamente mató a su mujer y se ahorcó en la cárcel.

—La lección para los que se quedaron son ver El Inca es: ¡no dejemos las cosas para último momento!

Más allá de todo lo que acarrea negativamente la censura de una obra, va a terminar siendo positivo. Lo proyecto y lo decreto de esa manera. La película está teniendo una publicidad increíble. En su momento saldrá y todo el mundo la va a ver. Es una lástima que en Venezuela censuren el punto de vista de un director y de un colectivo cinematográfico.

La obra no buscaba criminalizar, sólo era una versión basada en hechos públicos y notorios, como cualquier otra. Lo que hicimos fue humanizar un personaje cuya vida era de película y merecía la pena contarse. Es todo.

—Así como hay un placer en la creación, ¿también se sentirá cierto placer al censurar?

—La censura tiene que ser justificada, de lo contrario es una imposición de alguien que tiene poder: poder arbitrario, en el caso de El Inca. La película ya tenían clase “C” por sus imágenes explícitas, no podían verla los chamos menores de cierta edad y estoy de acuerdo con eso. Pero la manera como se censuró El Inca es un atentado contra la libertad de expresión.

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—Las anécdotas sobre su transformación en el Inca son infinitas. Literalmente dejaste de ser llamado Alexander por los demás, para convertirte en “Edwin”.

—Creo que los actores somos los más raros, o parecemos los más raros ante los demás. Jugar con las emociones es muy delicado. Todos tenemos un toque: un pie acá y un pie allá. Como decía mi abuela: tú vas a terminar loco. Yo construyo mucho los personajes por las mañas que tienen. El Inca parpadeaba muchísimo. Por ahí empiezo a descifrarlo, a justificar ciertas acciones y a crear el mundo. Llega un momento en que me autosugestiono y me creo lo que estoy haciendo. Por eso también he desarrollado la capacidad para desligarme rápidamente.

De repente lo que estoy haciendo acá en Ecuador es mi cable a tierra: es una manera de mantenerme humano. Interpretamos a humanos y no podemos distanciarnos de la vida cotidiana.

—Actuaste en una telenovela de Televen, Nora, y hubo quién llegó a verte como la “promesa del próximo galancito de ojos claros”.

—Desde el comienzo siempre te van a poner etiquetas. De hecho, yo sabía que todo el mundo estaba diciendo: “Es imposible que ese chamo haga el personaje del Inca Valero”. Por eso desde el primer día de ensayo pedí que no me llamaran por mi nombre y dejé de mezclarme mucho con la gente. Mi objetivo primordial era convencer al equipo técnico de la película. Sabía que si lo conseguía con ellos también convencería al espectador cuando me viera en la pantalla. Peco un poco de ingenuo por decir las cosas muy del corazón, pero esa es mi filosofía: ser honesto. Con el Inca ni yo mismo me creía que podía hacerlo. Después no quería que terminara el rodaje.

El día de la última escena, el director Ignacio Castillo me tuvo que decir: “Ya, chamo. Ya me pediste rodar como diez veces el mismo plano. Listo, pana. Se terminó.”. Y yo le respondí: “Gracias por creer en mí más que yo mismo”.

—El boxeo está perdiendo popularidad ante las artes marciales mixtas. ¿Ese va a ser su próximo reto?

—¡Todo lo que venga y me rete para mí es bienvenido! Cuando era niño hice kárate y peleábamos en banditas, lo típico de los chamitos. En Ecuador sigo entrenando con un boxeador retirado que se llama La Cobra.

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La película me dejó con esas ganas. El boxeo me parece un deporte súper integral, va un poco con la adrenalina mía. Me sirve muchísimo para drenar. Me dejó un diente roto y muchas ganas de seguir luchando por la vida.

—¿Venezuela se le convirtió en una mala palabra?

—Yo era de los primeros que decía: “No me voy de Venezuela”. Vivo con mi novia, que tiene una hija a la que he criado de chiquitica, y en Venezuela no iba a conseguir terreno fértil para ella. No por ahora. Los dos teníamos trabajo en Venezuela. Pero no era suficiente. Por eso decidimos irnos. Y fue perfecto el momento, justo cuando terminé El Inca. Era lo que necesitaba: irme por completo. El proceso de El Inca fue tan fuerte que dije: me tomo un año sabático. Para desligarme le dije a Nuno (Gomes) que me dirigiera un video de comedia, que todavía no ha salido. Fueron cinco meses de boxeo y ensayos, además con un personaje muy distinto a mí. No había otra.

Tenía que entregarme 100 por ciento y después cortar con todo. Quería respirar otro aire y otro contexto. Ecuador me gusta por la tranquilidad. Aquí estoy trabajando en publicidad. Hago mucha asistencia de dirección y eso me da otra conciencia del cine. También he hecho dos temporadas de la obra de Mr. Cacri, la obra de teatro infantil que escribí sobre la protección de los animales.

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Es súper difícil emigrar. Pero me siento feliz de estar consiguiendo lo que salí a buscar: estabilidad emocional y económica. Cubrir las necesidades básicas de una persona normal. Seguiré yendo a Venezuela y a otros países para hacer proyectos. Voy a seguir luchando por mis sueños como actor. Sin prisa pero pa ’lante.