Si las negociaciones actuales llegaran a fracasar, el riesgo que tiene planteado la sociedad venezolana no consiste, precisamente, en que “los actores de ambos bandos terminen matándose”. Análisis éste, confeccionado de memoria, que suele partir de una premisa subrepticia, un clásico en las conclusiones de las encuestas en estos años, según el cual el país está surcado por dos corrientes políticas del mismo tamaño.
Las dimensiones y el tamaño de la sociedad democrática, vinculada culturalmente a los valores de la oposición, expresados políticamente en la MUD, es infinitamente superior a la del chavismo. Esa circunstancia no tiene, en este momento, correlato en los hechos. Lo único que tienen que hacer nuestros ilustres visitantes es contabilizar el número de muertos, el número de presos, los niveles de impunidad, el control de las armas. Un análisis desapasionado sobre los hechos violentos en Venezuela, su secuencia y sus protagonistas.
El Vaticano, Zapatero, Torrijos y Fernández, deberían atenerse el detalle fundamental de esta crisis, que, como rasgo, atiende también a su contenido histórico, iniciado en 1999: durante estos años, el chavismo ha impuesto una regla de estado para vaciar el efecto político de las victorias electorales de la MUD. No ahora: desde hace mucho. Los venezolanos tenemos un Poder Legislativo que no es tal, porque hoy el chavismo lo tiene impedido de legislar, así como, en enero de 2008, hordas chavistas terminaron asaltando la sede de la Alcaldía Metropolitana, en la Plaza Bolívar, con el objeto de impedir al candidato electo, Antonio Ledezma, asumir funciones luego de resultar triunfador en los comicios de aquel entonces.
Sin Poder Legislativo, con más de 100 dirigentes políticos presos, incluyendo al propio alcalde Ledezma, el riesgo no parece consistir, precisamente, Papa Francisco, Monseñor Celli, señores Fernández, Torrijos y Zapatero, en que ahora todos sacaremos nuestras pistolas. El único riesgo que estamos corriendo los venezolanos es que, frente a sus narices, y a expensas de su oficios, los chavistas, llamándonos a dialogar, terminen de imponer su dictadura sobre Venezuela.
Que Maduro logre que el país asuma como un hecho natural su “dictapueblo”. Que termine por ser cierto, como algunos temen, como lo acaba de asomar de forma insolente el propio Maduro, que el gobierno no necesite ganar elecciones para seguir en el poder. Ni con votos, ni con balas, ni por las buenas ni por las malas. Que la maniobra para vaciar de contenido las victorias de sus adversarios adquiera, a través de alguna resolución legal o una excusa administrativa, carácter de Estado.
El eje de las conversaciones, a los ojos del país, está muy claro: esto no es un “pídanse disculpas y pónganse de acuerdo”.
El Vaticano debe estar claro: Venezuela es la Bielorrusia de Sudamérica. La MUD está pidiendo paso para poder usar los atributos del Poder Legislativo y regresarle a los venezolanos su tradicional certeza en torno a el derecho al voto y el resto de los atributos de su actual Constitución.
El Papa Francisco debe saber que, sin las conversaciones fracasan, si el gobierno no cede en torno a aquello que es, para cualquier democracia, elemental, la gente por supuesto que saldrá a protestar. Pedirá democracia, pedirá libertades públicas, pedirá comida y pedirá medicinas. No vamos a salir a matarnos: saldrá el chavismo a terminar de desmantelar a sus adversarios formales, a reprimir a gran escala a la gente en medio del silencio de las televisoras; a asediar a sus opositores en las calles; a judicializar la política; a poner presos a alcaldes y diputados electos; a imponer medidas aun más draconianas, más estúpidas e inservibles, en lo político y lo económico. Sin horizonte de salida. A buscar nuevas excusas, nuevas raciones de carbón que le permitan tener viva la hoguera del estado de excepción, el expediente de la conspiración, el hábitat natural, el nicho que le han impuesto Nicolás Maduro y Diosdado Cabello a los venezolanos.
Todo lo anterior en medio de la exquisitez de Samper, la simpatía de Fernández, la paciencia que nos propone Zapatero y la salomónica equidistancia, tocada por el complejo de la corrección política, que a veces toca a cierto Papado. El blanco y el negro.