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Años 80: el disparo de la escopeta rock

Ya compartimos los discos indispensables de los 60 y los 70. Sentadas las bases del rock, vamos a conocer las grabaciones de mayor impacto en los años 80, una década en la que hubo de todo y los géneros y subgéneros explotaron abriendo nuevas rutas sonoras. Y aquí van: Peter Gabriel, Metallica, Public Enemy, Prince y The Stone Roses

Años 80: el disparo de la escopeta rock

El rock de los años 80 es como un disparo de escopeta: cientos de proyectiles en curso y cada uno con su propio grado de impacto. Elegir aquí cinco discos indispensables no es sencillo. Pero claro que los hay: el que conectó con otros sonidos y tendió la alfombra a la entonces llamada world music demostrando, además, que era posible ser un éxito en ventas sin sacrificar personalidad; el que asentó las bases del thrash metal; el que probó con todo en un delirio de creatividad; el que vinculó al hip hop con el rock y abrió una puerta totalmente nueva y el que redefinió la psicodelia y la acercó al dance.

Peter Gabriel: So (1986)

años 80

En mayo de 1986 el músico británico Peter Gabriel lanzó al mercado So, su séptima producción como solista. Gabriel había sido frontman de la archiconocida agrupación de rock progresivo Genesis. Con esta placa superó el círculo de fans incondicionales de sus anteriores propuestas, impactando fuertemente el mercado mundial.

So fue como pequeños pasos en la carrera del artista, huellas que tenían un impulso previo (Security, 1982, Birdy, 1985), pero un gran salto en cuanto a saber combinar inteligentemente vanguardismo con éxito comercial. Sin ceder en sus principios y línea musical preestablecida logra la poción mágica. Apoyado en tecnología de punta, buenos asesores en el campo visual pues eran tiempos de videoclips y ritmos digeribles, reajusta sus investigaciones sobre las músicas del mundo y forja prédica social al frente de su oferta musical.

Con ese imbatible empaque se convierte en la sorpresa de 1986 con resonancia en los años venideros.

En el universo So hallaremos mucho funk downtempo intelectualizado; beats, instrumentos y sonoridades de África y Brasil, es la embestida world music que ahondará en sus inmediatas grabaciones (Passion, Us y su sello discográfico Real World); guitarras aplicadas al soul y al funk de manera novedosa gracias a su colaborador David Rhodes; metales de inspiración funk reconociendo su admiración por Otis Redding; más de una docena de artistas invitados, de los mejores del ambiente, Daniel Lanois (meses después se consolidaría como el gran productor con The Joshua Tree de U2), Nile Rodgers (Chic), Bill Laswell, Tony Levin, Jerry Marotta, Stewart Copeland (Police), Manu Katché, Djalma Correa, L. Shankar, Kate Bush, Laurie Anderson, entre otros.

En ese coyuntural ascenso de Gabriel en la industria fue atacado por apropiarse de la música de otras culturas, expropiarlas, popularizarlas y desdibujarlas con otros modelos. Veinte años antes lo mismo había hecho George Harrison con los Beatles y la música de la India, así que no era realmente algo nuevo. Mi opinión: Peter Gabriel logró en esos tiempos dar a conocer talentos de todos los continente y evidenciar internacionalmente la existencia de artistas como Youssou N’Dour, Geoffrey Oryema, Nusrat Fateh Ali Khan y muchos más.

Un álbum con súper éxitos (“Sledgehammer”, “Big Time”), temas que marcarán el futuro de las llamadas músicas del mundo (“In Your Eyes”, “Mercy Street”). No falta la experimentación y búsqueda de nuevas sendas (“We Do What We’re Told”, “This Is The Picture”, “That Voice Again”). Además, un cantante manejando las cuerdas vocales a su antojo: escuchar “Red Rain”.

Después de ocultar su figura tras muchos disfraces en su antigua banda Genesis y pasar diez años diluyendo su rostro en las tapas de sus discos solista, Gabriel decidió dar la cara en So, en blanco y negro dice, esto soy yo… hasta el día de hoy sigue siendo referencia para muchos artistas, escuchen la más reciente grabación del respetado Bon Iver.

 

Metallica: Master of Puppets (1986)

años 80

¿Entiendes poco de metal extremo? ¿Te cuesta discernir la evolución del metal clásico al nuevo metal que cobró vida en los años 80? Existe un tutorial de fácil acceso y comprensión, solo tienes que escuchar dos tracks de Master of Puppets de Metallica: “Disponsable Heroes” y “Damage, Inc”. Condensado en unos pocos minutos está la esencia del thrash metal, una de las piedras fundacionales de lo que serán las corrientes extremas del género.

Master of Puppets es thrash metal, cierto, pero de igual forma es un muy bien diseñado sistema de esclusas que suavizan la circulación entre el renovado heavy metal y sus referentes clásicos. Contenido que pueden escuchar añejos metaleros y novicios headbangers. No sabemos si, teniendo claridad en su objetivo o no, los cuatro jinetes del apocalipsis heavy de Metallica crearon una obra que se balancea ferozmente entre lo arcaico, su presente y lo que se avecinaba en esa apasionada música.

En empaque lírico a medio camino entre disertaciones psicológicas y sociológicas, con alusiones a la literatura y el cine (H.P. Lovecraft o One Flew Over the Cuckoo’s Nest), la banda nos ofrece temas icónicos para la historia del rock. “Battery”, clase magistral de cómo acelerar al máximo el “vehículo” sin perder el control, comenzando con hermosos y apacibles arpegios e inmediatamente alcanzar el límite del velocímetro rítmico. “Master of Puppets”, tema que da nombre al álbum y se convierte, de facto, en forma identitaria de Metallica donde la voz de James Hetfield bautiza ese grito salvaje de las huestes metaleras, imitado y repetido miles de veces por cientos de bandas.

Dos composiciones atraen poderosamente nuestra atención, “The Thing That Should Not Be” y “Orion”. Ambas son herencia del sonido primigenio -Black Sabbath- transformado en patrimonio de Metallica.

Orion” es la ponderación adecuada entre el viejo metal, toques progresivos y los vientos de cambios del thrash a la manera de Metallica.

Subrayamos el modelo Metallica porque uno de los grandes logros de Master of Puppets es llevar el thrash a un sitial digno, pues los primeros experimentos del subgénero, esos de principios de la década de los 80, sonaban a demos con mucho brío, pero demos al fin. Ahora el thrash entra por la puerta grande, con profesionalismo, buena producción, músicos con un estilo propio. Mención especial en “Orion” merece el bajista, digna despedida: luego de esta grabación un accidente vial cobraría su vida.

“Damage Inc” es una declaración de principios del apodado inicialmente como speedmental transfigurado en thrash: latigazos eléctricos infligidos por las guitarras, voz lacerante y llena de rabia, rebeldía adolescente robada a los punks. En resumen, violencia sónica.

Master of Puppets nos deja un metal con denominación de origen, fuerza incontenible, excelencia en las guitarras con riff de colección, método grupal, un registro con la alineación original de la banda en momento inmejorable: James Hetfield voz y guitarras, Kirk Hammett guitarra líder, Cliff Burton bajo y Lars Ulrich batería.

Abandonen los prejuicios y pisen el acelerador.

 

Prince: Sign ‘O’ the Time (1987)

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Hace semanas, en este mismo rincón, afirmábamos que la década de los 70 fue territorio de David Bowie. Esta aseveración aplica al artista llamado Prince para los años 80, por cierto, también con propensión a lo andrógino. Nueve discos en una década, uno de ellos doble, el que nos atañe en esta ocasión: Sign ‘O’ The Time.

El nombre del tratado y su poética se adapta perfectamente a las circunstancias que vive la humanidad en el 2020:

“…En Francia murió un hombre delgado de una gran enfermedad…
Enciendes la tv y todas las historias te cuentan que alguien ha muerto…
El signo de los tiempos se entretiene con tu mente, date prisa antes de que sea tarde…”

Esta es la realización de un Prince sin fronteras, total. Va en todas direcciones, desbocado. Asume casi todos los instrumentos, pocos quedan en manos de otros. Los recursos tecnológicos están en sus manos. Total creatividad compositiva y total control de la producción. Todas las mujeres exóticamente bellas alrededor de su cama. Todo es todo.

Paroxismo musical, al no poder controlar su hipercreatividad planifica un tríptico, que por recomendación de la disquera termina en díptico: dieciséis tracks. Un compendio de funk, rock, soul, electro, hip hop, vieja new wave, protodance siglo XXI. Su ingesta puede producir vértigo.

Voz estupenda con insuperables falsetes en “Adore”; mejor guitarrista, comparado muchas veces con Hendrix; soulmen, canciones como “Slow Love” donde mezcla lo mejor del modelo Stax con Philadelphia sound. Aunque mira de reojo al hip hop recuerda su origen funk, “Housequake”; himno rock con espíritu U2, “The Cross”; minimalismo funk con vocación electrónica, “Sign ‘O’ The Time”, y si quedan dudas, porque es un álbum de laboratorio donde Prince controla de manera absoluta materiales e instrumental, nos entrega un corte en vivo con su antigua banda The Revolution, un tour de force, funk imparable, donde rememora a James Brown, Sly and The Family Stone y George Clinton, marcando el camino de Justin Timberlake y Bruno Mars: “It’s Gonna Be a Beautiful Night”.

¿Por qué no Michael Jackson en vez de Prince en esta selección de los años 80? Bueno, además de por todo lo dicho acá y de que el hombre de Minneapolis expresaba una visión musical más amplia y menos obsesionada por el mainstream, algunos principios éticos afectan mi subjetividad y me alejan de Michael.

 

Public Enemy: It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back (1988)

Public Enemy y su álbum It Takes a Nation of Millions to Hold Us Back es un golpe de timón al aun joven hip hop estadounidense. La expresión medular del crew dejaba claro el sentido que debería tener el innovador estilo para los afroamericanos: “food for the Brian, beats for the feet”.

La pandilla comandada por el ideólogo y MC cardinal del proyecto, Chuck D, se propone con su manifiesto montar una narrativa que exalte la grandeza del pueblo negro de Estados Unidos. Para ello construyen una propuesta artística que se compone de dos materiales básicos: un beligerante discurso sociopolítico y un collage sonoro donde se sobreponen capas representativas de la música afroamericana y flashes vocales e instrumentales de reconocidos ídolos de esa gesta histórica.

El proceso de edificación consistió en juntar joven mano de obra proveniente de ambientes universitarios, gente con algo de experiencia en radio y rudimentarias técnicas de grabación, además de activistas políticos.

Tenemos entonces a dos maestros de ceremonia (MC), uno con formación política radical y potente voz (Chuck D) y otro prestado más a la burla y cotidianidad callejera (Flavor Flav). El responsable de montar la música en los giradiscos y deslizar los scratchs fue el DJ Terminator X. Colateralmente está un equipo de “escenario”, pequeño grupo de acción que secunda al proyecto en cuanto a diseño artístico, elaboración de la arenga, puesta en escena y demás elementos propagandísticos, ellos se autodenominan The Bomb Squad.

El combustible musical será un hip hop lleno de reminiscencias ilustrativas de la comunidad negra logradas con la técnica del sampler, donde se cortan y pegan segmentos de sermones, palabras emblemáticas, sonidos de músicos como Bootsy Collins, Funkadelic, Marvin Gaye, Temptations, incluso, representantes del campo rock como Thin Lizzy o Slayer. Apropiaciones que se realizan cuando aun no existía control sobre los derechos de autor en este nuevo mundo de las “muestras de sonidos”, así que estos corsarios de la música lograron abordar cualquier barco que navegara aguas cercanas.

En vuelo rasante por esta colección de rimas, scratchs y beats avistamos el legado de James Brown en temas como “Night Of The Living Baseheads” y “Rebel Without A Pause”, rock a la breakbeat con “She Watch Channel Zero”, pre despacho de jazzrap (que se pondría de moda un par de años después) usurpando el saxo de la banda Lafayette Afro Rock Band.

Hay mucho más.

Metralla de ritmos y mensajes políticos en argot callejero que no dejan descansar cuerpo ni alma. Esta revolución encabezada por Public Enemy fue conceptuada por el campo rock como “los Sex Pistols del hip hop” y tan parecido resultó al fenómeno británico que en pocos años el revoltoso colectivo implosionó. Y aunque formalmente no se disolvieron, su enérgica presencia se desvaneció por radicalismo y contradicciones internas.

Eso sí, cambiaron el curso del hip hop y la música contemporánea: todo el rap que vino luego tiene mucho de ellos. El rock no escapó a este trituradora cultural de los años 80, basta escuchar a Rage Against The Machine, entre otras bandas.

 

The Stone Roses: The Stone Roses (1989)

El historiador Simon Reynolds lo llama “retromanía”, yo prefiero denominarlo “teoría espiral”: nos referimos al fenómeno socio musical que consiste en regresar periódicamente a señales del pasado sin recreación idéntica pero sí con analogías (un resumen conceptual que peca de simplista, pero no tenemos espacio para este tipo de disquisiciones). El homónimo trabajo de los Stone Roses tiene mucho de este supuesto.

En la recta final de la década de los años 80 la pujante ciudad de Manchester fue escenario de una relevante metamorfosis de la música contemporánea, se juntaban una electrónica y hedonista música dance y el rock. Muchas agrupaciones comenzaron a experimentar con baterías y guitarras eléctricas patrones dirigidos a estimular el baile. Esta tendencia se concretó en el cuarteto mancuniano The Stone Roses, pero encarnó de manera retro, apuntando a las pulsaciones provenientes de la psicodelia, intentaban hacer suyas las tonalidades de The Byrds llevadas al ritmo de 1989.

Bajo los efectos de lo que se denominó “El segundo verano del amor”, el primero fue en 1967, The Stone Roses se dejaron llevar por el éxtasis (MDMA, droga de diseño) y los happenings modo acid house (raves). Esta lisérgica moda en lo musical determinaría el sonido del dance rock de los próximo diez años.

El álbum de portada sesentera, por aquello de la imagen Jackson Pollock y alegorías al Mayo Francés, contaba en sus surcos con temas como “Waterfall” clara referencia a los sonidos de los 60 al tiempo que planteaba una revisión de la psicodelia a la luz de códigos más contemporáneos.

En “I Am The Resurrection” la sección rítmica, en particular la batería, será una advertencia para los sonidos bailables de la venidera década: un rock extraordinariamente saltarín que a mitad de su desarrollo establecerá una sutil correspondencia con The Rolling Stones. “Shoot You Down” y “This Is The One” guitarras muy desenvueltas, con texturas vocales y expansiones instrumentales que facilitaban el efecto alucinógeno. Si los años sesenta tuvieron a los Grateful Dead, los 80 disfrutaban a los Stone Roses.

Justo es reconocer The Stone Roses no fueron los únicos en iniciar esas nuevas rutas (Happy Mondays, The Charlatans UK o Inspiral Carpets) pero este primer trabajo de la banda resultó un faro que sirvió de guía. Fueron una correa de transmisión entre la generación The Smiths y el brit pop de los 90. Como referencia clara está la agrupación Oasis, que tomó mucho de The Stone Roses, en particular, su arrogancia.

The Stone Roses estuvieron a punto de visitar Venezuela a finales de 1989, pero esa es otra historia.

 

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