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Años 70: la era de los experimentos maestros

Tras examinar los 10 discos indispensables de los 60, vamos ahora con Félix Allueva a los años 70, la década en la que los géneros se encontraron para dar paso al nacimiento de otros nuevos. Este fue el tiempo de los grandes maestros cuya influencia aún está vigente y aquí están las cinco producciones más representativas en el panorama internacional

Años 70: la era de los experimentos maestros

Guitarras, experimentación, encuentro de géneros que se funden para generar otros. Durante la década de los setenta se establecen los fundamentos del heavy metal y la electrónica dance, el jazz rock se expande; nace, muere y revive el punk y estos son los cinco discos indispensables que todavía ejercen influencia en la música de hoy.

Miles Davis: Bitches Brew (1970)

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Como un extraño reptil, Miles Davis comenzó a cambiar de piel, transformó su forma de vestir, trasladó su amor a otra mujer y, por supuesto, buscó nuevos sonidos y fuentes de inspiración. Nada nuevo para un inquieto artista de empuje creativo incontenible.

Se acercaban los 70, el groove de James Brown y Sylvester Stewart (mejor conocido como Sly, el de The Family Stone) lo seducen. Dejándose llevar por las piromaníacas fórmulas de su amigo Jimi Hendrix, miró con interés las infinitas posibilidades de los estudios de grabación.

En esa muda de piel luchó contra la ortodoxia del jazz, no temió a los instrumentos eléctricos y llenó de dinámicos delays su trompeta. Eso es Bitches Brew, un moderno capítulo del jazz, rock y mucho más allá.

Bitches Brew es un tutorial, al tiempo que clase maestra, de la tendencia musical que dominaría gran parte de los años 70 y que aún sigue con buena salud en los nuprogresivos del rock. Miles Davis, quien para el momento ya era una vaca sagrada del jazz, reúne a una inesperada y virtuosa generación de músicos: John McLaughlin, Bennie Maupin, Chick Corea, Dave Holland, Harvey Brooks, Lenny White, Jack DeJohnette, Don Alias, Jumma Santos, Billy Cobham, Airto Moreira, Wayne Shorter y Joe Zawinul. Casi todos menores de 30 años.

Bajo su aura y dirección, les otorga total libertad de movimiento y experimentación. Conduce una ampulosa orquesta: dos baterías, dos percusionistas, muchos tecladistas -eléctricos-, contrabajo y bajo eléctrico, inmejorables metales. Todo regido por un principio: a improvisar, que luego Teo (Teo Macero, productor) y Miles ordenarán el resultado en posproducción.

Arte efímero, irrepetible. Evadiendo la melodía adherente y fácil de retener, se enfocan en atmósferas modo cultura psicodélica de San Francisco (remember The Fillmore), ritmos hipnóticos, puro Claude Monet aplicado al campo musical.

En Bitches concurrimos al choque de dos galaxias en el oscuro universo, con todo lo maravilloso que esto acarrea: de un lado está la erudita tradición del jazz y por el otro, el feroz ímpetu rock.

Intentando síntesis, Bitches Brew fue la continuación/profundización del Miles de In A Silent Way (1969) y la piedra fundacional del jazz fusión y el rock progresivo. De allí su gran importancia.

Miles buscó cambiar el jazz desde perspectivas distintas a Ornette Coleman o John Coltrane. Demandó soporte inspiracional en los jóvenes y el rock. Y sin querer, también cambió al rock.

Como otros creadores de la revolución sónica de los 70, Carlos Santana escucharía Bitches Brew y se transformaría: lo vemos en su Caravanserai, de 1972. Los “hijos” de Miles Davis darán de qué hablar.

Un “brebaje de perras” que embriaga. Requiere muchas escuchas para digerirlo, siempre con buen estéreo para apreciar a cada músico de la orquesta.

Led Zeppelin: Led Zeppelin IV (1971)

años 70

Los integrantes de Led Zeppelin, confiando en sus seguidores y en la atención que le prestaban los medios de comunicación, decidieron presentar la tapa de su nuevo álbum sin detalles que identificaran a la banda. Solo incluyeron al interior, en el sobre que protege al vinil, cuatro misteriosos símbolos que más adelante el público interpretaría a su gusto. Eran tiempos de ocultismo, magia y brujería, o por lo menos eso era lo que aparentaban.

Con este precedente gráfico, el contenido sonoro no fue menos sobresaliente. Se convirtió en la producción más significativa de la banda. Lograron el equilibro entre su predominante base hard rock infectada de blues y sus aproximaciones al folk -resonancias acústicas y suaves-, sin olvidar la experimentación y las incursiones por noveles rutas.

El cuarto trabajo de los Zep sale en los grandiosos días del vinil. En su lado A nos presentan una síntesis de sonoridades: dos potentes temas pesados (“Black Dog” y “Rock and Roll”), que se convertirán en caballos de batalla en sus conciertos. Continuando con otro par de canciones llevadas de la mano por el folk y la premonitoria balada pop rock, la joya de la corona, “Stairway to Heaven”.

Hay inspiración femenina en estas visiones folk y poéticas: Joni Mitchell, la diosa del folk norteamericano en esos años. Jimmy Page y Robert Plant eran sus fieles seguidores.

Sandy Denny, la contraparte británica de la banda Fairport Convention, se incorpora en “The Battle of Evermore”. Y claro está, la dama “…que está segura de que todo lo que reluce es oro, y está comprando una escalera al cielo…”. Esta última señorita refleja el creciente interés de Robert en los textos que tienen que ver con leyendas y mitología del Reino Unido.

Entre mitos, brujería y ambientes bucólicos aparecerán mandolina, mellotrón y la multiplicación de las guitarras, todo un trabajo de filigrana de Jimmy Page apoyado por el multinstrumentista de la banda, John Paul Jones.

No hay un solo tema que esté de más en este disco, todos cinco estrellas. Cerrando Led Zeppelin IV un blues, pero no cualquier blues: “When The Levee Breaks”, sobre una maciza base rítmica (la batería de John Bonham en esta composición es especialmente fascinante), flotan los aullidos, guitarras y armónicas en reversa. El típico blues retorcido de los Led.

Tom Morello (Rage Against The Machine), Lars Ulrich (Metallica), Jeff Ament (Pearl Jam), Andrew Stockdale (Wolfmother) aceptan la influencia vital de Zeppelin en sus bandas, son referencias vivas de esa herencia. En tal sentido, Led Zeppelin IV es la consolidación del hard rock como subgénero en el rock y la alfombra roja para que entre el heavy metal de la segunda mitad de los 70. Destacando que Page, Plant, Bonham y John Paul Jones logaron planear exitosamente sobre un principiante rock (glam, punk y derivados), a pesar de ser un corpulento zepelín de plomo.

 

David Bowie: The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars (1972)

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Las producciones de David Bowie son, en gran medida, la banda sonora de los años 70. Por esto mismo resulta espinoso escoger cuál es el trabajo discográfico esencial del artista en esa década. Opté por The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars por la inclinación de esta sección: discos que marcaron la ruta.

Bowie se desempeñaba como la madre naturaleza en el proceso de creación de diamantes, combinación dialéctica del transcurrir de milenios, la presión y profundidad adecuadas, surgiendo así, del simple carbono, una joya. Ese fue el método de este emblemático artista y lo podemos advertir en su primer gran aporte al rock: el glam.

A los componentes culturales y musicales Bowie les aplicó tiempo, estudio, ejercicio. Todo fue debidamente planeado. Rock and roll básico y juvenil, psicodelia colorista y desenfrenada, herencia bluesrock británica, algo del estilo de T.Rex, teatralidad; elementos que, llevados al calor y calado propio de Bowie, dieron una propuesta nueva al mundo del rock. Así fue durante toda su vida: estudioso, lector incansable, inquieto, se apropiaba de géneros, estilos, temas, llegando luego al summum artístico.

«Ziggy Stardust y sus arañas de Marte» fue teatro y música, posiblemente una ópera rock no asumida como tal. Álbum conceptual con una historia que era narrada en cada presentación. Melodrama andrógino, en el que un alienígena aparece en la tierra queriendo salvar a sus habitantes, y en el intento, bajo el influjo del rock y la maquinaria del mercado, naufraga. Un drama que va acompañado de la estética glam cargada de escarcha, pantalones acampanados, vivos colores y mucha diversidad sexual. Un adelantado a su momento.

Faena a cuatro manos entre Bowie y Mick Ronson, este último, un guitarrista fuera de serie, que redefinió el sonido del instrumento para los años 70. Ronson presentó una propuesta de guitarras simples pero efectivas, no era la grandilocuencia de un Clapton o Jeff Beck (por cierto, héroe personal de Ronson), era el rock and roll necesario, ajustado al modelo artístico de Bowie.

Años más tarde, el punk, específicamente Sex Pistols, le agradecería a Mick sus enseñanzas (escuchar de The Rise and FallHang On To Yourself”). Igual sucede con las variantes de la new wave donde los reflejos del glam marca Bowie aparecerían en flashbacks (riff, melodías, guitarras, sutiles orquestaciones, pianos pop).

En cada década -un poco más, un poco menos- “la ideología Stardust” regresa (neoromanticos, Suede, glam metal, Placebo, The Darkness, Nancys Rubias), recordándonos los aportes de este paradigmático álbum de donde Bowie desechó una canción que sigue siendo necesaria: “Velvet Goldmine”.

Kraftwerk: Trans-Europe Express (1977)

El amplio cosmos de la música electrónica le debe mucho a una propuesta artística nacida en Düsseldorf hace exactamente 50 años. Ese original sonido de fluctuaciones eléctricas que en la actualidad abarca decenas de subgéneros tiene su origen, en gran medida, en estos investigadores alemanes llamados Kraftwerk.

Si bien es cierto que Kraftwerk tiene distintas etapas y militantes que se suceden en esos ciclos, Trans-Europe Express es un hito en su alargada carrera, que los convierte en una especie de Rolling Stones cibernéticos.

En su búsqueda de una propuesta que no se asemejara al rock estadounidense ni al británico, recurrieron a fórmulas realmente novedosas. Podemos encontrar reminiscencias de la tradición musical alemana, electroacústica de los 60 o fundamentos del Manifiesto Futurista. Y hay que reconocer que es una de las maquinaciones más originales de toda la historia del poprock, entendiendo a la llamada música electrónica como una variante del género.

Trans-Europe Express es la naciente música electrónica llevada al pop y viceversa, una alteración cualitativa en las producciones de Kratfwerk, que hasta ese momento se habían mantenido más apegadas a cierta visión vanguardista. Proponen, desde posición adelantada, una manera orgánica de melodías y estructuras rítmicas que conecten con el gran público, intento del salto al estrellato.

Partiendo de la presencia de instrumentos radicalmente distanciados de los grupos rock del momento (secuenciador -diseñado especialmente para ellos-, sintetizadores, el extraño orchestron, vocoder, minimoog, entre notros), facilitaron la creación de un desconocido planeta sonoro, caracterizado por bucles rítmicos infinitos, voces robóticas, timbres futuristas, cadencias sintéticas con melodías ensoñadoras, armonías de perillas.

Teniendo a Europa como de telón de fondo, alumbraron un escenario donde la música techno (no conocida aún por ese nombre) cobró vida y dejó espacio para el impulso de vecinos electrónicos. Por ejemplo, se puso la piedra fundacional del rock industrial con la composición “Metal On Metal”.

Con emociones transferidas a máquinas y minimalismo electropop, se avanzó en una especie de amalgama de conceptos entre el futurismo (Marinetti) y el pop art. Gracias a esta interconexión de ideas y sonoridades sintetizadas, nunca antes escuchadas en ese formato a medio camino entre el pop y la electrónica de élites, pudo aparecer pocos después un Gary Numan, la Orchestral Manoeuvres in the Dark, toda la generación synth pop, hasta llegar a Depeche Mode y New Order. Mucho le deben Daft Punk, el electro devenido en hip hop y el sacrosanto techno de Detroit.

En general, toda la electrónica tiene un sello de fábrica proveniente de Kraftwerk, de Alemania.

Notarán que no mencioné a músicos en particular. Cuando hablo de Kraftwerk prefiero referirme a un ente virtual donde las máquinas, los robots, son los protagonistas.

 

The Clash: London Calling (1979)

El álbum que salvó la vida del punk: una manera campestre de clasificar a London Calling.

Habiendo sido la infantería del punk en 1977, los miembros de la banda The Clash, dos años después, ampliaban sus horizontes, pasaban a un nivel musical superior: marcharon a la fusión, rebasaron las fronteras del punk y superaron el radicalismo del subgénero.

Mick Jones, Joe Strummer, Paul Simonon y Topper Headon, luego de dos trabajos previos y un gran tour por Estados Unidos, deciden apostar por un giro de estilo. El punk comenzaba a mostrar señales de que la muerte era inminente. Sex Pistols había, literalmente, acabado con todas las posibilidades mediáticas del género, el caos se autoengullía.

The Clash hace una jugada, consciente o no, para darle otra perspectiva al indomable ritmo, y manteniendo su carga energética y contracultural, apuesta por la hibridación.

Su líder, Joe Strummer (voz principal y guitarra), visitaba discotecas de inmigrantes jamaicanos para escuchar reggae, dándose cuenta de que ellos escuchaban soul y propuestas bailables como The Temptations y de que no todo era protesta, visión ghetto/extremista, sino que también había diversión y otros sonidos un poco más elaborados. Eso sí, siempre con militancia izquierdista, pero sin compresión del marxismo, se distanciaron del anarquismo nihilista y fueron fervientes seguidores de una izquierda internacionalista.

En London Calling nos topamos con un registro punk que se sustentaba en un variopinto terreno: ráfagas de rock and roll en formato rockabilly, sonidos de Jamaica, piscas de rhythm and blues, pop, incorporación de sección de metales y, claro está, mucho punk rock.

“Revolution Rock”, la mezcla del barrio londinense con las colonias caribeñas del Reino Unido. Pop político como “Lost In The Supermarket” y “Spanish Bombs”. Súper éxitos al estilo de “Train In Vain” o “London Calling”, hasta llegar a guiños disco con el final de “Lover’s Rock”.

Esta mezcla prenderá en el universo rock, y diez años después la siembra de The Clash será cosecha en bandas como Mano Negra de Francia, el rock mestizo de La Maldita Vecindad y Café Tacvba en México, o Todos Tus Muertos en Argentina; y por supuesto, la descendencia punk que se reproduce de manera espontánea en todo el mundo y en todos los tiempos.

No dejar fuera de la ecuación al productor del álbum, Guy Stevens, quien le dio un toque especial por su experiencia, técnicas y extravagancias, que le sumaron energía y cohesión emocional al proyecto. Finalmente, la portada, un reconocimiento al origen (Elvis Presley) y un salto cuántico del rock and roll punk.

Se recomienda la escucha de las sesiones de grabación que no aparecieron en la primeras ediciones, un panorama mucho más amplio de los caminos que estaba transitando The Clash.