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A 200 años de la independencia de Bolivia, una creación británica

Pedro Elías Aristeguieta, magíster en Historia del Mundo Hispánico, a propósito de cumplirse los 200 años de la fundación de Bolivia -el 6 de agosto de 1825- examina el papel de los intereses británicos en Latinoamérica

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El 6 de agosto se cumplirán 200 años de la fundación del Estado Plurinacional de Bolivia, primera nación creada en Hispanoamérica una vez concluida la guerra de Independencia.

La creación de Bolivia amerita una reflexión profunda, ya que entre las razones que llevaron a su formación están las causas de que Hispanoamérica se fraccionara. Muy específicamente nos vamos a referir a la forma como los borbones, a través de un conjunto de reformas, trataron de superar la grave crisis que vivió España luego de la guerra de Sucesión concluida en 1713; a la influencia que tuvieron Francia y la Gran Bretaña durante el siglo XIX para debilitar a España y dividirla; a la decisiva actuación de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre como los líderes que emprendieron su fundación, y por último a la política divisionista que tuvo la Gran Bretaña durante su etapa como primera potencia del mundo entre 1700 y 1948.

Las reformas borbónicas originan conflictos en Hispanoamérica

En 1700 muere el rey habsburgo Carlos II sin sucesión, lo que trajo como consecuencia una crisis sin precedentes para la nación española. Tras una serie de enfrentamientos bélicos, negociaciones y arreglos entre las distintas casas reales europeas, las partes aceptan el acceso de Felipe V a la Corona, primer miembro de la casa Borbón en convertirse en rey de España.

Sin embargo, los tratados firmados en las ciudades de Utrecht, en los Países Bajos, y Rastatt, en Alemania, significaron un nuevo orden político en Europa: Austria, Holanda, Portugal, Saboya y la Gran Bretaña aceptaron la llegada de la monarquía borbónica a España a cambio de su separación total con Francia –no podían aceptar que la misma casa real gobernara en dos naciones– y la entrega por parte de España de buena parte de los territorios que poseía en Europa. Lo que significó el fin de su hegemonía en el planeta desde 1492 y que duró un poco más de dos siglos.

Atrás quedaba el extenso territorio español que llegó a tener unos 24 millones de kilómetros cuadrados.

Además de pioneros en cartografía y navegación, fueron creadores de la primera moneda referencial del mundo –el Real de Ocho– y del calendario gregoriano que aún es utilizado en el mundo occidental, fundadores del derecho internacional y organizadores de “El Galeón de Manila”, la primera ruta global. También fue la nación donde proliferaron artistas de la talla de Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, Juana Inés de la Cruz, Francisco Suárez, El Greco, Diego Velásquez y Francisco de Goya por solo citar algunos genios que surgieron durante el llamado Siglo de Oro español, que en realidad fueron casi dos siglos de producción artística al más alto nivel. Fue además el país que vio nacer a san Ignacio de Loyola, creador de la Compañía de Jesús.

Friedrich Hayek, académico austriaco y premio Nobel de Economía en 1974, dijo: “Los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico no fueron diseñados, como se creía, por calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español”.

Y quizás el más importante de sus legados es que los españoles llevaron al continente americano a ser heredero de la cultura grecorromana y tener como base fundamental la religión católica y el idioma castellano. España fundó en América cientos de ciudades, así como colegios, universidades, bibliotecas y hospitales. Fueron los creadores de un mestizaje cultural que transformó el mundo.

Buscando paliar la gravísima situación económica, social y política iniciada tras la llegada de los borbones, la Corona española, bajo la conducción de los reyes Felipe V, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, emprende una serie de reformas intentando subsistir en medio de las calamidades: incorpora nuevos funcionarios buscando mayor eficiencia, emite nuevos impuestos y trata de impulsar el comercio para incrementar la producción y crea nuevas audiencias e intendencias en sus dependencias con la intención de aumentar el control de sus territorios.

En el caso específico de la América española acomete cambios militares al decretar la ordenanza de Milicias Provinciales, lo que permitió la creación de ejércitos americanos propios, ya que las fuerzas que defendían sus posesiones no podían seguir viniendo de la península.

Establecieron que el oro debía partir de América a través del puerto de la ciudad de Buenos Aires, por lo que la región del Cuzco se vio seriamente afectada. Crearon empresas como la Compañía de Honduras, la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas o la Real Compañía de la Habana, cuyos objetivos eran centralizar el comercio entre la España americana y la España europea.

En materia territorial dividieron el viejo virreinato del Perú, creado en 1542, al formar el virreinato de la Nueva Granada en 1717, el virreinato del Río de la Plata en 1776, la Capitanía General de Venezuela en 1777 y la Capitanía General de Chile en 1778.

Estos cambios territoriales han traído a lo largo de los años innumerables conflictos y divisiones, ya que una vez desmembrada la unidad hispanoamericana y formados los nuevos Estados naciones cada uno interpretó a su manera los cambiantes límites territoriales, que hasta el día de hoy son dignos de debates y controversias. Son conocidas y estudiadas las terribles guerras surgidas entre Chile y Bolivia, Perú y Ecuador, Paraguay contra Argentina, Brasil y Uruguay, además de los incontables incidentes, algunos armados, entre Colombia y Perú, inclusive entre Venezuela y Colombia, por solo citar algunos enfrentamientos de los siglos XIX y XX.

Las reformas borbónicas dieron tímidos resultados económicos, pero crearon un terremoto institucional, un desencuentro entre las autoridades peninsulares y americanas quienes comenzaron a cuestionar las costumbres, leyes y procedimientos establecidos desde 1492. Las consecuencias no se hicieron esperar ya que fue creciendo en América un desagrado hacia todo lo que fuera español.

Los funcionarios empezaron a ser vistos como corruptos, burocráticos e ineficientes. Comenzó la resistencia del criollismo americano al perder beneficios y estatus adquiridos. El aumento de los impuestos causó estragos en la población. La ley de Intendencias dejaba a un lado a los funcionarios americanos, cuyas labores fueron asumidas por corregidores, regidores e intendentes peninsulares. Se generó un inesperado y mal concebido ascenso social producto de la formación de las milicias o ejércitos propios, y comenzaron a venderse, a partir de 1795, a través de la Real Cédula de Gracias al Sacar, los estamentos sociales.

Empezó a aparecer una mentalidad criolla, hasta ese momento desconocida, con una visión regional o localista. Comenzaron a fluir las ideas de la Ilustración, emitidas por autores como Descartes, Locke, Rousseau o Montesquieu. Proliferaron los defensores de las ideas libertarias que exigían derechos, igualdades, cambios sociales.

Ante la decadencia y las reformas emprendidas aparecieron las protestas y la búsqueda de cambios que pudieran revertir la dramática situación. Muy estudiados han sido los casos de Túpac Amaru II, de los comuneros y de Gual y España, principalmente.

Francia y el Reino Unido destruyen España

En 1807 las tropas francesas se proponen apresar a los reyes de Portugal, para lograr ese objetivo Napoleón Bonaparte y Carlos IV firman un pacto secreto, el Tratado de Fontainebleau, mediante el cual las tropas napoleónicas ocupan el territorio español en su tránsito hacia Lisboa. A cambio de ello España se quedaría con una parte del territorio lusitano.

Pero una vez que las tropas napoleónicas tomaron el control de España se negaron a salir de allí alegando que si lo hacían la Gran Bretaña los iba a invadir.

Esta acción no fue aceptada por los ciudadanos de a pie y el 2 de mayo de 1808 el pueblo madrileño se lanza a las calles a protestar contra la presencia francesa, comenzando así la guerra de Independencia. El Imperio británico, aunque enemigo desde 1588 de la Corona de España, se une a la causa independentista, ya que para ese momento era enemigo de las pretensiones hegemónicas de Napoleón Bonaparte, enviando un poderoso ejército bajo el mando de Arthur Wellesley, el mejor de sus generales. La nación española obtiene la victoria, los franceses se retiran de su territorio y el rey Fernando VII regresa a ocupar su cargo en 1814.

Sir Arthur Wellesley

Ante la dramática situación de la España europea durante su guerra contra Francia se generó un vacío de poder en Hispanoamérica y una paralización del comercio que creó una hambruna colectiva. Eso desencadenó, a partir de 1809, una guerra civil entre bandos encontrados: los que aspiraban a la continuidad bajo la conducción española, los que se sumaban a los cambios políticos que surgieron con la creación de la Constitución de Cádiz de 1812, los que querían la independencia y los que proponían la autonomía. Un caos monumental.

El Reino Unido, muy consciente de la debilidad militar española, de su ruina económica, del descalabro social y de la inestabilidad política, decide destruir a su enemigo declarado desde 1588, cuando España es derrotada en su intento por tomar Inglaterra, por lo que apoya a los independentistas hispanoamericanos a través del envío de armas, buques y mercenarios a las rebeliones antiespañolas. Además brindaron apoyo logístico a través de sus posesiones territoriales americanas, principalmente Jamaica y Trinidad, y enviaron dinero para el sostén de sus tropas.

La guerra de Independencia hispanoamericana la ganaron los independentistas cuando las fuerzas militares y políticas de España se retiran de América. No pudieron soportar el debilitamiento ni el apoyo diplomático, logístico, financiero, estratégico y militar dado por el Reino Unido a los insurgentes.

Una vez consumada la independencia tras la batalla de Ayacucho (1824), la política imperial británica hacia Hispanoamérica siguió los siguientes principios: en primer lugar, evitar la anexión política de territorios de ultramar, el Reino Unido no quería tomar políticamente nuevos territorios; en segundo lugar, cobrar a cualquier precio las “ayudas” concedidas a los independentistas americanos, para ello extrajeron en forma inmediata las riquezas de Hispanoamérica sin generar ninguna clase de beneficio para la población, y en tercer lugar, desintegrar a Hispanoamérica. Mientras más atomizada estuviera menos posibilidad de reagrupación tenía España, por ello el Reino Unido dispuso la desmembración de la España americana. Divide y reinarás.

El historiador Carlos Marichal Salinas señala: “Entre 1819 y 1825, por ejemplo, Charles Ricketts, cónsul británico en Lima, informaba que barcos de guerra ingleses se habían llevado oro y plata del Perú por valor de 27 millones de pesos. No se conocen estadísticas precisas sobre las exportaciones de metales preciosos desde otros países latinoamericanos, pero el efecto fue el mismo en todas partes”.

El Imperio británico aprovechó la coyuntura política y la ruina económica peninsular para desarrollar su expansionismo colonialista y, bajo una máscara de neutralidad, lleva adelante empresas militares privadas con un flujo de hombres, buques y material de guerra en apoyo a los insurgentes.

El profesor Julio César González señala: “La rebelión de Hispanoamérica, con la formación de Juntas, estaba causada exclusivamente por agentes y militares británicos o hispanoamericanos “logiados” y formados en Londres contra su patria: La España ibérica y las “Españas” de América. Como hemos relatado, estas sediciones y rebeliones se hacían con recursos provenientes de Gran Bretaña. El papel diplomático del gobierno británico, así como el tráfico de buques, armas y el reclutamiento de tropas y oficiales, hasta la promulgación del “Foreign Enlistment Act of 1819”, fue determinante para los resultados de las campañas militares de los insurgentes hispanoamericanos, especialmente importantes fueron el papel de la Legión Británica en las campañas de Simón Bolívar, y el de las campañas navales de la escuadra de Lord Cochrane en apoyo a José de San Martín”.

Otros autores como John Gallangher y Ronald Robinson publicaron en la influyente revista The Economic History Review, en 1953, un importante artículo titulado “El Imperialismo del Libre Comercio” en el que señalan que la Gran Bretaña aplicó lo que se conoce como el imperio informal, con la expresa motivación comercial.

Sucre y Bolívar fundan Bolivia

El hecho de que toda Hispanoamérica se independizara al mismo tiempo confirma que las causas que llevaron a su fragmentación fueron producto de la decadencia española y el aprovechamiento británico, y no por las actuaciones descollantes de los libertadores tal y como nos lo indica el relato histórico que ha prevalecido. ¿O es que acaso Simón Bolívar participó en la independencia del antiguo virreinato de Nueva España, hoy México, o Chile, o Argentina?, ¿o José de San Martín venció a las tropas españolas en Guatemala o Venezuela? Nada de eso sucedió.

La independencia fue un hecho generalizado que sucedió al mismo tiempo en toda la América hispana, cada uno con sus particularidades. Fue un hecho inevitable ante la decadencia española y la política británica, primera potencia de la época, que imponía sus condiciones.

Los nuevos Estados naciones nacen en medio de una profunda inestabilidad política, con una economía paralizada, una infraestructura en el suelo y una descomposición social casi total. La duración del conflicto, casi quince años, y la crueldad de los bandos tuvieron consecuencias catastróficas. Desde el punto de vista demográfico, se estima que cerca de quinientas mil personas perecieron y una cantidad similar emigró, lo que significó un descenso poblacional de cerca de 10%. En el caso específico venezolano fue de 35%.

En medio del hambre, miseria, destrucción, paralización e inestabilidad, los nuevos líderes debieron enfrentar un conflicto iniciado en 1809 y que no desapareció con la guerra de Independencia, sino que continuó por ochenta o cien años más con una guerra civil prolongada.

Además, cada uno de los nuevos Estados tenía que soportar la inmensa carga financiera que suponía la cancelación de las deudas asumidas con acreedores británicos decididos a cobrarlas de inmediato. De esa manera los recursos quedaron en manos del capital británico, creando una nefasta dependencia comercial y financiera con esa nación.

Los británicos evaluaron la posibilidad de captar la extracción de los recursos naturales provenientes del centro minero de Sudamérica: la zona del Alto Perú. La ciudad de Potosí fue clave en la producción de plata que impulsó la economía del virreinato del Perú y de toda España durante dos siglos. Ahora había llegado el momento de que dichos recursos pasaran a manos británicas.

Pero el panorama político del Alto Perú era muy complejo. Su conflicto comenzó el 25 de mayo de 1809 cuando la Audiencia de Charcas, con sede en Chuquisaca (hoy ciudad Sucre, Bolivia), fue el escenario de un movimiento político conocido como la Revolución de Chuquisaca, uno de los primeros gritos libertarios de Hispanoamérica y considerado un hito en la historia de su independencia.

Ese día las distintas instituciones del gobierno hispánico en Charcas, tales como la Real Audiencia, el Arzobispado, la Universidad Mayor o la Real y Pontificia de San Francisco Javier de Chuquisaca, lideradas por abogados y oidores de la Audiencia, depusieron a las autoridades peninsulares e instalaron un gobierno autonómico a través de la “Audiencia Gobernadora”. Esa tendencia se fue extendiendo por toda la región. El 16 de julio de ese año sucedió algo parecido en la ciudad de La Paz, el 9 de agosto en Quito, el 19 de abril de 1810 en Caracas, luego Cumaná, Margarita, Buenos Aires, Santiago de Chile…

El virrey del Perú, José de Abascal, envía a Chuquisaca un Ejército dirigido por el general José Manuel de Goyeneche a enfrentar a los rebeldes que promovieron los cambios políticos, fracasando en su intento. Por su parte, las autoridades del virreinato del Río de la Plata hacen lo propio al enviar un Ejército comandado por los generales Manuel Belgrano y José Rondeau, pero son vencidos en la batalla de Suipacha el 7 de noviembre de 1810. De manera que ni las autoridades del virreinato del Perú ni las de las Provincias Unidas del Río de la Plata pudieron controlar la situación presentada en la Audiencia de Charcas.

Esta confusa situación hizo que un grupo de patriotas se organizara en movimientos de guerrillas, lo que el historiador argentino Bartolomé Mitre denominó “republiquetas”, intentando imponer sus condiciones, creando una autoconciencia territorial y de gobierno, pretendiendo ser libres e independientes tanto de España, como de Lima y Buenos Aires.

De manera que las provincias que componían el Alto Perú (La Paz, Potosí, Cochabamba y Chuquisaca) se dividieron en tres corrientes políticas: los que aspiraban su anexión al Perú, ya que habían pertenecido a su virreinato desde 1542; los que querían mantener la unión a las Provincias Unidas del Río de la Plata, hoy Argentina, ya que a partir de 1778 el rey Carlos III, a través de las reformas borbónicas, las incorporó a ese virreinato, y los que consideraban que debían ser independientes. Esto creaba una complicada situación jurídica interpretada por cada uno a su manera.

Simón Bolívar, quien para 1825 era la máxima autoridad del Perú y Colombia, tenía la idea de que dichos territorios le pertenecían a las Provincias Unidas del Río de la Plata ya que así estaba establecido para el momento en que comenzó el proceso independentista de 1809. Sin embargo, el mariscal Antonio José de Sucre tenía otra opinión.

Sucre le expone al Libertador: “Desde ahora si le advierto que ni usted ni nadie une a estas provincias de buena voluntad a Buenos Aires, porque hay una horrible aversión a ese vínculo. Si usted tiene idea de unirlas, puede decir a Buenos Aires que mande a un fuerte ejército para que lo consiga, pues de otro modo es difícil”. El cumanés le agrega que el camino debía ser el de la independencia, y que ya había dado pasos políticos para lograrlo.

Antonio José de Sucre

Bolívar se molesta con el Mariscal y le expone: “Lo que a mí me hacía dudar, y por lo mismo no resolver, lo juzgó usted muy sencillo y lo hizo sin necesidad. Digo sin necesidad: primero porque el país no se había liberado; segundo, porque un militar no tiene virtualmente que meterse sino en el misterio de sus armas, y tercero porque no tenía órdenes para ello”.

El Libertador, luego de analizar el camino trazado por los británicos para crear un Estado independiente en la zona minera, decide apoyarlos. El 10 de julio de 1825 Bolívar, desde Cuzco, le expone a Francisco de Paula Santander: “Liguémonos de alma y cuerpo a los ingleses, para conservar siquiera las formas y las ventajas de un gobierno legal y civil… ¿Cómo hemos de existir nosotros si no nos ligamos a ellos?… La Inglaterra se halla en una progresión ascendente, desgraciado el que se le oponga, aún es desgraciado el que no sea su aliado o no ligue su suerte con ella. Toda la América junta no vale a una armada británica…”.

Bolívar se acoge a la idea de que la autodeterminación es la solución ideal, tal y como se lo planteó Sucre y lo pedían los británicos, por lo que solicita al cumanés que siga adelante. De esa manera, el 7 de febrero de 1825, Antonio José de Sucre firma el decreto mediante el cual se convoca una Asamblea General de Diputados de las Provincias del Alto Perú, compuesta por diputados de las cuatro provincias, para decidir el destino de dicho territorio. Sucre le comenta a Bolívar: “Encuentro haber hecho un servicio al país, a Buenos Aires y a la América, con la convocatoria de esta Asamblea”.

Para la realización de la Asamblea comenzó un proceso de negociación entre el Libertador y las autoridades peruanas y bonaerenses. El gobierno de Buenos Aires envió al coronel Juan Antonio Álvarez Arenales, gobernador y capitán del Salta, para que presenciara las deliberaciones. Por su parte, el gobierno de Lima emitió la siguiente resolución: “Si verificada la demarcación, resultaren las Provincias Altas separadas de la República del Perú, el gobierno a quien pertenecieren le indemnizaría las costas causadas en emanciparlas”.

El Congreso del Alto Perú se instaló en Chuquisaca el 10 de julio de 1825, con diputados de las provincias de La Paz, Chuquisaca, Cochabamba, Oruro y Santa Cruz. La presidencia recayó en José Mariano Serrano, quien había tenido una destacada actuación en el Congreso de Tucumán (1816) que proclamó la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

El 6 de agosto de 1825, día del primer aniversario de la batalla de Junín, los 48 diputados que formaron la Asamblea firmaron la independencia de la República de Bolívar. El 3 de octubre de ese año el diputado potosino sacerdote Manuel Martín Cruz dijo: “Si de Rómulo derivó Roma: de Bolívar debe ser Bolivia”. Simón Bolívar ejerció como primer presidente de la naciente nación y Antonio José de Sucre lo sustituyó el 29 de diciembre del mismo año.

El 22 de enero de 1826, desde Oruro, Simón Bolívar le escribe a Antonio José de Sucre, entre otras cosas, que “la alianza con la Gran Bretaña es una victoria en política más grande que la de Ayacucho y si la realizamos, diga usted que nuestra dicha es eterna. Es incalculable la cadena de bienes que va a caer sobre Colombia si nos ligamos con la Señora del Universo, y yo estoy enajenado de gusto y contento al sólo pensar que podemos unir nuestro interés y nuestra política a la de la Gran Bretaña”.

Los bolivianos tienen a Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y Casimiro Olañeta, como los auténticos formadores de la patria. Pero detrás de la independencia de Bolivia se encuentra la mano aparentemente invisible de la diplomacia británica.

Tal y como lo señala el historiador argentino Martín Miguel Güemes Arruabarrena: “Allí se concentraba la ambición de poderes exógenos a la nacionalidad sudamericana. Independizada Bolivia, los viajeros ingleses revelaron las verdaderas intenciones de sus mandantes. Los designios disgregadores del Imperio británico, gestados por la pequeña logia que libertó Bolivia, encontraron su posibilidad cierta de explotar los minerales abandonados en largos años de enfrentamientos. La mentada pobreza boliviana, norteña, tiene su origen en esta explotación de los recursos naturales, por los hombres al servicio del Imperio anglosajón”.

No es por casualidad que Bolívar y Sucre se apoyaran en oficiales británicos para ejercer el gobierno en Bolivia. Prueba de ello es que se nombrara a Guillermo Miller gobernador del Potosí, ciudad del suroeste de Bolivia. Miller fue un oficial británico que combatió contra las pretensiones napoleónicas de hacerse de Europa. En 1817 emigró hacia América del Sur donde tuvo una destacadísima actuación durante la independencia de Chile. Luego fue nombrado edecán del general José de San Martín, participando en la guerra de independencia del Perú. En 1824, Simón Bolívar lo nombra general en jefe de la caballería independentista, grado con el que combatió en las batallas de Junín y Ayacucho.

El ejemplo de Uruguay

Otro caso ilustrativo de la influencia de los británicos fue la ejercida en la provincia Oriental de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La misma había sido disputada por fuerzas portuguesas, luego brasileras y por las Provincias Unidas del Río de la Plata, hasta que la diplomacia británica decide intervenir, logrando, el 28 de agosto de 1828, que se firmara en Río de Janeiro la Convención Preliminar de Paz en la que el emperador del Brasil y el gobierno de la República de las Provincias Unidas declaran su voluntad de que la provincia de Montevideo (Cisplatina) se constituyera en un Estado libre e independiente.

En una de las partes del acuerdo se establece la garantía de la Gran Bretaña a la libre navegación del Río de la Plata por un lapso definido de tiempo. Sin restarle mérito a las actuaciones de los héroes independentistas José Gervasio Artigas y Juan Antonio Lavalleja por crear una conciencia nacional y el sentimiento charrúa, podemos decir que Uruguay es una creación británica.

Tal y como lo expresa el historiador brasilero Eugenio Vargas García: “Después de conquistada su independencia política y disueltos los lazos coloniales con España y Portugal, los países latinoamericanos ya no estuvieron sometidos en su historia al dominio de un imperio formal. Sin embargo, está muy difundida la idea de que en el siglo XIX la región estuvo bajo la órbita del imperio informal de Gran Bretaña, la potencia mundial con mejores condiciones para reivindicar en aquel entonces una posición de supremacía mundial”.

Y agrega: “La mediación interesada de lord Ponsonby (embajador británico en Buenos Aires) en la Guerra de la Cisplatina entre Argentina y Brasil, que resultó en la creación de Uruguay en 1828, además de ser un ejemplo de intromisión en los asuntos rioplatenses por la forma como fue conducida, ha sido un testimonio práctico del empleo de la táctica divide et impera, muy conocida en los imperios de todas las épocas”.

Algunos autores califican la intervención británica como de independencia tutelada. Sin quitarle méritos a lo realizado por los líderes criollos por crear dichas nuevas repúblicas, no dudamos en afirmar que la creación de Bolivia y Uruguay fue gracias a las actuaciones diplomáticas del Reino Unido, quien jugó un papel preponderante y definitorio en este complicado proceso independentista.

Divide y reinarás. La política británica

Entre 1700 y 1948 la primera potencia del mundo fue la Gran Bretaña, que llegó a dominar cerca de 30% del planeta. La Revolución Industrial la convirtió en la primera generadora de riquezas del mundo. A partir de entonces su política se basaba en la captación de materias primas, en la apertura de mercado de sus productos y en la destrucción de sus eventuales competidores.

El éxito alcanzado en la desintegración de Hispanoamérica sirvió como ejemplo y base fundamental de sus políticas. ¿Qué hicieron los británicos en Hispanoamérica a partir de 1815? Dividirla en diversos nuevos Estados, la atomizaron para destruir la posibilidad de la reunificación española. Luego extrajeron todas sus riquezas a la mayor velocidad posible, sin dejar beneficio alguno para sus habitantes.

Entre 1914 y 1918 Europa queda sumergida en la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial, donde los grandes vencedores fueron los británicos. No es casualidad que la consecuencia de esa pavorosa confrontación es que acabaron y dividieron cuatro grandes imperios: el Austrohúngaro quedó fragmentado en Austria, Hungría, Checoslovaquia, Ucrania Occidental, Polonia, Rumania, Montenegro y los estados eslovenos; en Rusia se fueron los zares, llegaron los bolcheviques y el país se dividió creándose Finlandia, Estonia y Lituania; en Alemania se fue el káiser y llegó la república; y el Otomano pasó a ser Turquía, Grecia, Bulgaria, Yemen, Bosnia y Qatar.

A partir de 1930 los británicos se dedican a dividir el Medio Oriente, creando Egipto, Argelia, Sudán, Emiratos Árabes, Omán, Jordania, Kuwait, Líbano, Siria, Qatar, Bahréin, Yibuti, Irak, Arabia Saudita, Somalia, Israel y las Comoras. Lo que ha generado diversas fricciones, entre ellas un violento nacionalismo árabe, un perenne conflicto árabe-israelí y continuas disputas entre árabes, persas y turcos.

Lo mismo hicieron en India, la cual quedó dividida creándose Pakistán, Birmania y Sri Lanka. El historiador Dinyar Patel señala en un artículo publicado por la BBC de Londres, el 16 de junio de 2016, lo siguiente: “Casi nadie está enterado de la hambruna de Orissa (hoy llamado estado de Odisha) de 1866. Escasamente se menciona, aún en los tomos más extensos de la historia india. Habrá pocas, tal vez ni una sola conmemoración solemne. Sin embargo, la hambruna de Orissa mató a más de un millón de personas en el este de India… Aunque la hambruna no era un evento desconocido en el subcontinente asiático, sí aumentó en frecuencia y mortalidad con la llegada del gobierno colonial británico. La Compañía Británica de las Indias Orientales contribuyó a la destrucción de las otrora robustas industrias textiles indias, forzando cada vez más gente hacia la agricultura… En mayo de 1866, ya no era fácil ignorar la creciente catástrofe en Orissa… La asistencia fue muy poca, muy tardía, muy podrida. El pueblo de Orissa pagó con sus vidas el burocrático arrastrar de sus pies. Durante años una creciente generación de indios educados en Occidente sostuvo que el gobierno colonial británico estaba empobreciendo gravemente a India. La hambruna de Orissa sirvió como prueba contundente de esta tesis. Motivó al pionero nacionalista Dadabhai Naoroji a iniciar sus investigaciones de toda una vida sobre la pobreza india. Cuando la hambruna empezó a ceder a comienzos de 1867, Naoroji esbozó la primera versión de su “teoría de la sangría”: la idea que Gran Bretaña se estaba enriqueciendo literalmente de chupar la sangre vital india. Mientras en Orissa morían en masa en 1866, Naoroji se percató de que la India había exportado unos 100 millones de kilos de arroz a la Gran Bretaña. Descubrió un patrón similar de exportación masiva durante otros años de hambruna. ¡Dios Santo!, declaró Naoroji, ¿Cuándo termina esto?”.

La hegemonía británica en el mundo concluye en 1948 tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, duró más de dos siglos y medio. Sin embargo, las consecuencias de sus políticas divisorias no se terminaron con el fin de la guerra, llegaron para quedarse. Bolivia es una prueba de ello. – Por: Pedro Elías Aristeguieta

  • Pedro Elías Aristeguieta: Licenciado en Ciencias Administrativas (Universidad Metropolitana, Caracas). Magister en Historia del Mundo Hispánico: Las Independencias Iberoamericanas (Universidad Jaume I, Castellón de la Plana, España). Diversos libros y artículos publicados.

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