#TuBolsillo

¿Confías tu jubilación a un gobierno que no conoces?

En un país donde toda una generación creyó que la jubilación estaba garantizada, la educación financiera dejó de ser un lujo y paso a ser la única forma de asegurar el futuro propio

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Hace unos meses, en un evento sobre finanzas personales, la consultora financiera Karla Mary Hernández, mostró una imagen que se me quedó grabada. Era una pirámide de cinco niveles que resumía, de forma simple, en qué lugar está parada nuestra economía personal y hacia dónde deberíamos caminar. En la base, «sobrevivir con deuda». En la cúspide, la libertad financiera. En el medio, tres escalones que casi nadie nos explicó cómo subir: salir de deudas y vivir con presupuesto, construir un fondo de emergencia, e invertir para que el dinero empiece a trabajar por nosotros.

No es casualidad que esa imagen resuene tanto hoy. El manejo de las finanzas personales dejó de ser un tema de nicho para convertirse en una conversación de auge. Cada vez más personas preguntan cómo invertir, cómo armar un fondo de emergencia, cómo maximizar sus ingresos. Los contenidos de educación financiera se multiplican en redes, los eventos se llenan, y no es solo una moda. Es una respuesta, tardía, a una pregunta que durante décadas casi nadie se hizo en Venezuela: ¿quién va a pagar mi vejez?

La generación que confió en el Estado

Los venezolanos que hoy son pensionados construyeron su vida bajo una premisa que parecía razonable en su momento. En un país petrolero, con sueldos que llegaron a estar entre los más altos de la región, la jubilación bastaría. El Estado se encargaría. No hacía falta pensar en interés compuesto, en diversificar ingresos o en construir un patrimonio propio, porque el sistema de reparto, en el cual la población activa sostiene económicamente a los pasivos, parecía sólido.

Esa confianza se rompió. Y con ella se rompió también la idea de que la jubilación es algo que «el sistema» resuelve por nosotros. Hoy, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi 2025), elaborada por la Universidad Católica Andrés Bello, en Venezuela uno de cada siete habitantes es adulto mayor, y el 14,29% de la población supera los 60 años. De ese grupo, un tercio se mantiene activo en labores formales o informales, no por vocación, sino porque la pensión no alcanza. La misma encuesta revela que 35% de los hogares venezolanos están integrados únicamente por adultos mayores, muchas veces solos, sin red de apoyo cercana porque sus hijos migraron.

El problema no es solo de ingresos. Es estructural. Actualmente existen 51 adultos mayores por cada 100 menores de 15 años, y los adultos mayores junto con los dependientes infantiles representan 65 personas dependientes por cada 100 venezolanos en edad activa. Es la fotografía de un país que envejece sin haber acumulado la riqueza ni construido la institucionalidad para sostener esa transición demográfica.

Un problema que no es solo venezolano

Aquí conviene detenerse en algo importante, y es que este no es exclusivamente un problema de Venezuela. Es la lógica de casi todos los sistemas de pensiones del mundo, construidos bajo el esquema de que la población activa de hoy financia el retiro de la población pasiva, confiando en que habrá suficientes trabajadores jóvenes mañana para sostener el sistema. Ese supuesto se está quebrando globalmente a medida que las tasas de natalidad caen y la población envejece más rápido que la generación de reemplazo.

La pregunta de fondo, entonces, no es solo «¿cómo hizo Venezuela para llegar aquí?», sino algo más incómodo y universal: ¿cómo le confías a un gobierno la gestión de algo tan crítico como tu vejez, cuando ni siquiera puedes predecir con certeza qué políticas, qué inflación o qué crisis existirán dentro de treinta años? Delegar por completo la planificación del retiro en un tercero, sea el Estado o cualquier otro actor, es asumir un riesgo que hoy, con la información y las herramientas disponibles, ya no es necesario correr en solitario.

La urgencia de pensar en la vejez

Los números de la Encovi 2025 no dejan lugar a dudas sobre la urgencia. El 68% de los hogares venezolanos vive en situación de pobreza, y dentro de ese grupo, 32% está en pobreza extrema por ingresos insuficientes para cubrir la canasta básica alimentaria. Aunque la pobreza de ingresos muestra una tendencia a la baja respecto a años anteriores, la pobreza multidimensional, que incluye servicios públicos, educación, vivienda y empleo, permanece estancada en 55%.

Para los adultos mayores, la fotografía es todavía más dura. Los reportes construidos sobre datos de la Encovi y de la organización Convite señalan que los adultos mayores enfrentan hoy pensiones insuficientes, dificultad para acceder a alimentos y medicamentos, deterioro en la atención hospitalaria y problemas de salud mental asociados a la soledad.

Esto no es un dato lejano ni ajeno. Es el espejo de lo que le puede pasar a cualquier persona que hoy tiene 30, 35 o 40 años y no está pensando activamente en su retiro.

No todos partimos del mismo escalón

Aquí es donde vuelvo a la pirámide de Karla Mary, porque creo que su gran valor no está solo en mostrar el destino (la libertad financiera), sino en obligarnos a reconocer honestamente en qué escalón estamos parados hoy.

En la base está sobrevivir con deuda (la peor situación posible), donde el objetivo inmediato y único es salir de las deudas que ahogan cualquier posibilidad de planificación. Subiendo un nivel está la supervivencia, que persigue mantener los gastos básicos cubiertos con los ingresos, sin endeudarse, vivir bajo un presupuesto consciente de que esa etapa es temporal y no un destino final. El tercer escalón es la seguridad, acá hablamos de tener un fondo de emergencia que te sostenga ante un imprevisto, contar con seguro médico y acceso a crédito sano. Después viene la acumulación, que el momento cuando ya existen inversiones y el dinero empieza a producir más dinero, dando los primeros grados reales de libertad e independencia. Y en la cúspide, la libertad financiera. Este es el momento en que las inversiones cubren los gastos y pagan la vida, y trabajar se vuelve una elección, no una obligación.

La razón por la que insisto en este orden es que la educación financiera no puede enseñarse igual a alguien que está sobreviviendo con deuda que a alguien que ya tiene un fondo de emergencia armado. El error común es que todo el contenido sobre inversión y sobre interés compuesto muchas veces se dirige indistintamente a cualquier audiencia, cuando en realidad primero hay que resolver el piso. Lo primero es salir de la deuda, ordenar el presupuesto, construir el colchón de emergencia. Recién después tiene sentido hablar de inversión, de diversificación, de portafolios.

El objetivo es la cúspide, pero el camino empieza donde estás

La educación financiera es hoy, para Venezuela y para cualquier persona que no quiera repetir la historia de esta generación de pensionados, no un lujo ni una moda de redes sociales. Es una herramienta de supervivencia y de dignidad a largo plazo. Pero para que funcione, cada quien tiene que ser honesto sobre en qué escalón de la pirámide está parado hoy, y empezar a subir desde ahí, no desde donde le gustaría estar.

El objetivo final es llegar a la cúspide, ese punto en el que las inversiones sostienen la vida y el trabajo se vuelve opcional. Pero nadie llega ahí de un salto. Se llega escalón por escalón, con decisiones pequeñas y sostenidas en el tiempo. La pregunta que cada quien debería hacerse hoy mismo, es ¿en qué nivel estoy parado, y qué estoy haciendo para subir uno más?

Hablar de dinero también es un acto de responsabilidad

Venezuela es, por excelencia, un país religioso, y esa fe ha sido durante generaciones un sostén real en medio de la crisis. Pero esa misma cultura también nos enseñó, sin querer, a postergar los asuntos del futuro bajo la idea de que «Dios proveerá». Y aunque la fe puede sostener el ánimo, no paga una hospitalización, no cubre una jubilación ni construye un fondo de emergencia. Confiar en que todo se resolverá solo, sin planificación, es exactamente la misma lógica que llevó a toda una generación de pensionados a no prepararse para su retiro.

Por eso, desde este espacio vamos a insistir en hablar de dinero, de deudas, de presupuestos, de fondos de emergencia, de la importancia de tener un seguro médico, de inversión y de todo lo que implica subir, escalón por escalón, esta pirámide. Esto no es una moda ni un discurso frío de números, es un acto de responsabilidad con nosotros mismos y con quienes dependen de nosotros.

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