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El Tocuyo aprende a sobrevivir a los apagones de hasta cinco horas diarias

Los apagones de hasta cinco horas diarias han transformado la rutina de comerciantes y habitantes de El Tocuyo y otras localidades de Lara, donde plantas eléctricas, estrategias para conservar alimentos y horarios adaptados se han convertido en herramientas para resistir la crisis del servicio eléctrico

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Los recortes de luz en el interior del país se hacen cada vez más comunes. Tan comunes que terminan por formar parte de la rutina de los venezolanos que viven en regiones que, entre comillas, podrían sentirse olvidadas por un gobierno revolucionario que hace mucho tiempo prometió tomarlas más en cuenta. Aquellas viejas promesas han quedado como capítulos de una mala novela.

Hace tres años llegué a El Tocuyo, en el estado Lara, para registrar todo lo relacionado con las fiestas de San Antonio de Padua. Medio pueblo estaba a oscuras. Las personas comentaban lo duro que era vivir así y, cuando dije que venía de Caracas, una señora muy pintoresca me respondió:

—¿Vienes de Caracas? ¡Claro! ¿Verdad que a ustedes no se les va la luz nunca?

El comentario me hizo sentir como si el caraqueño tuviera algo de culpa, pero también revelaba otra cosa: esta gente se siente castigada por vivir lejos de la capital.

Este año, en 2026, observé algo distinto. Los tocuyanos me lo fueron confirmando: muchos han aprendido a darle la vuelta a los recortes de electricidad y han cambiado sus formas de trabajar para sobrevivir.

La planta termoeléctrica del centro que está en morón solo suministra energía eléctrica al estado Carabobo y aragua, muy poca de esta energía llega al estado Lara
El terminal de pasajeros principal de Barquisimeto para buscar un transporte más pequeño que te lleva el tocuyo empiezas a ver la carencia de electricidad en la capital. Por lo general este lugar también padece la misma mala suerte.

No deberíamos acostumbrarnos a vivir en medio de un colapso energético siendo un país petrolero y habiendo tenido, en algún momento, una tecnología que permitía contar con un servicio eléctrico continuo. Sin embargo, todos sabemos —porque todos estamos afectados y nadie escapa de esta situación— que el sistema eléctrico es deficiente. No es una calumnia: son los hechos tangibles de una mala administración.

Salgo en un carrito por puesto desde el terminal de La Bandera, sin muchas pretensiones, en un viaje no tan largo que permite observar la ruta como cualquier viajero. A la altura de El Palito se asoma la termoeléctrica de Morón. Se supone que parte de la electricidad generada allí es prioridad para Carabobo y Aragua y sirve de respaldo para otras ciudades del centro cuando Guri presenta fallas. Sin embargo, Lara carece de ese apoyo energético.

Al llegar al centro de Barquisimeto, el vehículo me deja en el terminal de pasajeros. Cuando entro, veo que las instalaciones y los pasillos solo están iluminados por la luz natural que entra desde la calle. Ya se puede imaginar lo que vendrá más adelante.

—Naguará, hermano, ahora aquí nos tienen castigados con cortes de luz de cuatro o cinco horas diarias. Solo que de día se nota menos en la calle— me comenta un chofer de la ruta Barquisimeto-El Tocuyo.

El tendido de cables eléctricos por encima nos puede decir que hay una buena distribución de energía eléctrica sin embargo en la práctica no es así. La deficiencia energética regional es notable.

Con mucha resignación continúo en otro carrito hacia El Tocuyo, uno de los primeros pueblos fundados en Venezuela. Un pueblo con una larga historia en muchos aspectos de la vida nacional y que, a pesar de haber sido pionero como comunidad, ha sufrido de forma destructiva la involución de la revolución.

Desde hace más de cuatro años, en esta región y en otros sectores de Lara, el racionamiento se organiza por cuadras. Esta situación ha mermado la calidad de vida de los vecinos, pero también ha puesto a prueba su capacidad de resistencia. La inteligencia con la que han enfrentado esta crisis los ha convertido, de alguna manera, en campeones de la adaptación.

Los cortes continúan. La electricidad se va por turnos, entre cuatro y cinco horas al día: unos días le toca a la zona sur y otros a la zona norte. Para los comerciantes tocuyanos, los negocios tuvieron que evolucionar.

Algunos usan plantas eléctricas, dependiendo del rubro. Las carnicerías y abastos con refrigeración requieren plantas de 220 voltios; los negocios más pequeños, como quincallas, bodegas o abastos con pocas neveras, se las arreglan con plantas de 110 voltios, mucho más pequeñas.

En la región, los conductores deben estar atentos en los cruces porque los semáforos quedan fuera de funcionamiento cuando se va la luz.
Hay locales que abren a medias y otros que permanecen cerrados. Es una situación inconclusa, en la que no todos pueden trabajar al mismo tiempo.
A pesar de las restricciones energéticas, el comercio no se detiene por completo. La llegada de insumos a los locales más pequeños se ha mantenido: frutas y hortalizas llegan desde Yaracuy y desde la zona alta del estado Lara.
Las carnicerías que operan en el Tocuyo deben tener una estrategia de uso y consumo de la energía eléctrica cuando la tienen a disposición.

Me tocó caminar por las calles de noche y pude apreciar que la iluminación era parcial.

—No crea usted que siempre hay luz. Hoy y mañana seguro habrá porque es el día de San Antonio, pero de lo contrario se notarán más los recortes— me decía una vecina.

Otra de las cosas que observé fue la venta de alimentos en establecimientos abiertos hasta altas horas de la noche. Muchos cuentan con licencia de licorería, que les permite cerrar más tarde, y aprovechan para vender también insumos alimenticios: harina, pasta, aceite y todo tipo de provisiones necesarias en casa. De esa manera intentan compensar las ventas que pierden durante los cortes eléctricos.

Los carniceros también apelan a sus propias estrategias. Domingo Yépez es un comerciante tocuyano que tiene una carnicería en el centro del pueblo. Dice que la queja durante años lo agotó y que decidió concentrarse en resolver su problema.

Tiene dos cavas refrigeradoras. En una coloca la carne de menor movimiento para evitar que se deteriore durante los cortes de electricidad. La otra es la que abre con mayor frecuencia durante el día y, cuando no hay corriente, deja allí solo la cantidad que proporcionalmente puede vender.

Domingo también hace vida en Barquisimeto y cuenta que, aun siendo la capital del estado Lara, la ciudad recibe el mismo trato frente a los racionamientos energéticos. Con una voz que confirma la situación, aclara que no solo El Tocuyo, sino también Carora, Quíbor, Cubiro, Sanaré, Curarigua y otros pueblos larenses sufren el desgaste de esta crisis.

—No me sirve andar quejándome. Nosotros aquí no vamos a tumbar un gobierno protestando. Sabemos que lo han hecho muy mal y tenemos derecho a vivir mejor, por eso de alguna manera hemos aprendido a darle la vuelta a este problema— dice.

Susana Yépez maneja una pequeña heladería en el centro de El Tocuyo. En su caso, el recorte energético la afecta directamente. Su producto debe mantenerse a una baja temperatura constante. Si la electricidad se va durante cinco horas, son cinco horas en las que debe cerrar el negocio. Una planta eléctrica de 220 voltios puede mantener frías las neveras, pero ella debe contar los litros de combustible necesarios para mantenerla encendida. Si durante el día las ventas son escasas, el resultado son pérdidas.
Muchos comercios optan por usar plantas eléctricas durante los cortes. Pero no todos pueden pagar una planta de 220 voltios.
Durante el día, sin energía eléctrica, los tocuyanos suelen mantener la sociabilidad en la calle, a pesar de las altas temperaturas.

Hace mucho calor. Entro a una tienda donde venden de todo, pido una cerveza y pregunto por curiosidad cómo aguantan los recortes eléctricos. La dueña se ríe con resignación.

—Aquí me toca adelantarme a los cortes de electricidad. Solo se abren las neveras para sacar lo que se vende. Por ejemplo, también vendemos charcutería y, cuando no hay luz y alguien pide jamón o queso, ya tenemos porciones rebanadas con anticipación porque las rebanadoras son eléctricas. Los puntos de venta se pueden usar con la carga que tienen, pero no tenemos planta eléctrica. La que necesitamos es muy cara y nos hemos acomodado con lo que tenemos— explica.

Las licorerías de El Tocuyo son, en cierto modo, rentables. El licor que no necesita refrigeración puede venderse sin problemas y hasta altas horas de la noche. Pero cuando no hay electricidad, el hielo y las bebidas que deben mantenerse frías, como las cervezas, dejan de venderse en las condiciones que el cliente espera.
La tarde va culminando en El Tocuyo. El tendido eléctrico atraviesa las calles, pero la iluminación es escasa.

Barquisimeto recibe el mismo trato: cinco horas sin electricidad en la ciudad crepuscular. Al igual que El Tocuyo, la capital larense ha tenido que adaptarse a cambios inesperados que nadie quería afrontar.

Al mediodía, la avenida Vargas, la avenida Bolívar y otras calles amplias de la ciudad están desiertas. Las altas temperaturas obligan a muchos a quedarse en casa, mientras numerosas santamarías permanecen cerradas porque los negocios necesitan electricidad para funcionar.

Los semáforos, indispensables para el flujo vehicular, dejan de operar cuando se va la luz. El cruce de carros y el paso de peatones por los rayados se vuelve más complicado.

Parece una broma, pero algunos hablan de pedirle al santo de los golperos que los ayude a recuperar la corriente que les quitan durante cinco horas al día. El pueblo del tamunangue lo pide.

Así se ve El Tocuyo en horas de la tarde, cuando no hay electricidad durante cinco horas al día. Muchas veces, además, el recorte energético ocurre en la noche.

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