Nusia Wacher: “Uno esperaba su turno de la muerte, nadie vivía con esperanza”

Con 96 años de edad, Nusia Wacher recuerda uno de los momentos más oscuros de la humanidad. Nacida en Polonia -hoy Ucrania-, fue la única de su familia que sobrevivió a la maquinaria de la muerte nazi en Europa del Este.

Nusia Wacher fue una de los millones de judíos que sufrieron la máquina de la muerte de Adolf Hitler.

A 75 años de la liberación del campo de Auschwitz, en la que se conmemora la vida y muerte de las víctimas del holocausto, Nusia sobreviviente que vive en Caracas, Venezuela, cuenta su historia de supervivencia.

Nacida un 8 de febrero de 1923, en el seno de una familia judía, integrada por sus padres y dos hermanos, Nusia vivió los horrores del nazismo cuando apenas tenía 16 años.

Recuerda que desde la llegada de Hitler al poder, comenzó a oír rumores de su brutalidad, escuchó que quemó libros, que prohibió que los judíos caminaran solos por las calles… Pero Nusia también dice que durante la época no se sabía bien lo que sucedía, ni siquiera a 10 kilómetros de distancia.

En 1936, la población judía en Polonia, país de origen de Nusia, ya vivía con miedo porque no tenía pasaporte, no se podía ir a ninguna parte.

Su vida cambió radicalmente con el estallido de la guerra. Polonia quedó dividido en dos por el pacto Ribbentrop-Molotov, el oeste fue para Alemania mientras que el este, donde la población era más campesina y donde vivía la familia Wacher, fue para la Unión Soviética.

Bajo control ruso

“Yo pertenecía a la zona de la Unión Soviética, en su parte oriental. La zona era en su mayoría de agricultores ucranianos, los judíos también eran campesinos. Era muy distinto a las grandes ciudades del Oeste donde había fábricas textiles, salinas y gasolina. Allí en la frontera entre Alemania y Polonia estaban Auschwitz, Treblinka y Sobibor entre otros”, rememora.

Los primeros dos años de guerra la familia Wacher estuvo bajo control de los rusos, pero pronto esa “paz” terminó. Nusia era de un pequeño poblado donde no había ningún campo de exterminio. “No había grandes ciudades y en los poblados pequeños se llevaban y mataban a quienes podían”.

Sobreviviente del Holocausto

Recuerda que un mes de septiembre llegó alguien de otra población, a 30 kilómetros de distancia, y dijo que se habían llevado a 1.500 personas. “No sabíamos nada de ellos, supusimos que era para el trabajo. Nos decían que los mataron, buscaron sus cuerpos alrededor, pero no había cuerpos”.

Nusia dice que en ese momento se daban muchas cifras, pero nadie sabía nada a ciencia cierta. “Mucha gente nos dice que durante el holocausto nos dejamos llevar como ovejas, pero tú no sabías nada de lo que pasaba. No había radio ni teléfono ni ningún medio de comunicación en aquel tiempo”.

Todo comenzó

El 4 de diciembre de 1940 la familia de Nusia sabía que debía correr, pero ya no había escape, los tanques rusos se fueron y llegaron los nazis. Para ellos todo empezó con los alemanes el 21 de junio de 1941.

Desde que los nazis entraron cada día había un aviso nuevo. No entendían cómo eso era posible, como era que un país culto como Alemania pudiera hacer eso. La población tenía el ánimo por el suelo, recuerda.

“Primero no se nos permitía tener servicio, después tener perros, caballos, vacas. Solo se podía salir en determinadas horas. Luego tuvimos que entregar todo el oro y la plata, artefactos como gramófonos debían entregarse y toda desobediencia era declarada pena de muerte”.

En ese momento se hizo más difícil enterarse de lo que ocurría alrededor. “Uno no sabía lo que pasaba en los pueblos aledaños y menos aún de las ciudades grandes. Había una ciudad más grande que la nuestra y el jefe del Judenrat, de la comisión judía del campo, era muy amigo de los alemanes, hablaba bien con ellos y nos prometieron que ahí no pasaría nada”.

Poco después los nazis quemaron el campamento y cuando el jefe del Judenrat vio que había sido engañado se suicidó, no esperó que lo mataran. Así era la vida en el lugar, dice Nusia.

Sobreviviente del Holocausto

La organización alemana era el ejemplo máximo de la precisión. “Pensaban todo lo que querían hacer, trabajaban de forma exacta, por hora. Tenían tablas que decían cuántas personas debían morir por hora, todo se rige por el pito. Si se pitaba se terminaba el ‘trabajo’, todo se planificaba”.

La vacunación

El 4 de diciembre de 1941 se informó que todos debían ir a la ciudad para vacunarse contra la fiebre tifoidea. “A nosotros no nos tocó porque estábamos en las afueras de la ciudad y estábamos lejos, no nos enteramos al momento. Teníamos vacas y de alguna forma éramos productivos”.

A los judíos primero les empezó a faltar la luz, luego les impidieron andar solos en la calle, enseguida los limitaron a estar en casa.

“El único consuelo para las familias era morir juntos, que no nos separaran, era lo más importante de la guerra. Estar juntos, que no nos separaran”.

Nusia Wacher recuerda esos cinco meses que comenzaron ese 4 de diciembre. “A las 4:00 de la madrugada llegó de otra ciudad la SS, los que llevaban la muerte. Esa noche dormimos vestidos, ya estábamos preparados. Cuando nos dijeron que algo pasaba porque venían las camionetas de la SS ya allí había personas de mediana edad o que no eran aptos. Ellos no sabían nada, no opinaban, fueron a sacar a las personas de sus casas. Los llevaron al centro de la ciudad y ahí decían que había que ir para vacunarse contra la fiebre tifoidea. Alrededor de la sinagoga había camiones”.

Un candado

La familia de Nusia, que estaba en las afueras de la ciudad, acudió al establo y subieron al tejado. “Allí un vecino se llevó la escalera y nos puso un candado. Pasó media hora y oímos gritos: “Jaime donde está el niño”, que se fundía con llantos y gente preguntando por sus seres queridos. Uno se metía los dedos en los oídos para no oír los alaridos de espanto. Al terminar la noche supimos que, de 4.000 personas, la mitad murió esa noche”.

En el establo los gritos dejaron de retumbar y llegó la calma. “Estuvimos allí hasta la noche. Pasada la masacre, el vecino quitó el candado y salimos de la casa, con la nieve ya. Íbamos por los campos y veíamos un árbol o nuestros movimientos y pensábamos que alguien venía a hacernos daño. Caminábamos entre la nieve, con ese miedo, que no se puede describir, solo alguien que vivió eso sabe cómo es que se hiele todo el cuerpo y no puedas ni pensar en comer porque el miedo te pone tieso”.

Nusia recuerda que su familia logró llegar a una aldea judía donde pudieron comer una sopa de remolacha caliente. “Nos parecía algo que jamás habíamos comido. Cuando llegamos a esa casa supimos que todo se terminó, la ciudad estaba callada, los vecinos no hablaban”.

Recuerda que en esa época los judíos no tenían organizaciones como hoy, cada quien tenía su sinagoga. “No teníamos contactos con otros judíos”.

Sin información

“No sabías lo que pasaba a 30 kilómetros, ni quién vivía allá, si se casaba una hija en otra ciudad, o daba a luz no iban a verla porque tendrían que desplazarse en coche a caballos y no tenían. Cada núcleo vivía en su lugar”, afirmó.

Eran las 6:00 am cuando los alemanes pitaron para cesar la matanza. Había gente en la tabla, pero llegaron a cumplir su “cuota”. Nusia dice que de las fosas salieron alrededor de 8 personas que no mataron o que fingieron haber muerto. Estaban desnudos y cubiertos de cal. “En ese momento aprendimos que los condenados no tienen derecho a vivir. Esa fue la lección de ese día, no debíamos fiarnos de nada, cada uno debía buscar un escondite y nos quedamos allí en la casa. Los otros estaban en el gueto en el centro de la ciudad, que no tenía reja, ni nada, era poca gente la que estaba ahí, no se parecía a Varsovia donde se tenía que poner vallas y alambres”.

Un hecho similar se repitió el 15 de enero.

Nusia señala que a diferencia del oeste, los judíos que estaban en esa zona de Lituania y Rusia hacia el sur no eran llevados en trenes, porque andaban tan lento que se podía bajar y subir del tren en funcionamiento. En esa mitad de Polonia mataban poco a poco y no había para donde huir.

“Mi papá se enteró que cruzando el río Dniéster, que va desde Varsovia y pasa por Rusia y Rumania, había un pueblo donde estaban los judíos y no había pasado nada”.

Los Wacher intentaron escapar hacia Rumania en junio de 1941, donde supuestamente no le pasaba nada a los judíos, la frontera estaba a 7 kilómetros de la casa que habitaban.

Detenciones

“Subimos a un tren que nos llevó a Bucovina, una región para entonces rumana y previamente bajo control de Austria hasta la Primera Guerra. Aún se hablaba alemán y teníamos mucha familia allá. Enseguida nos metieron presos, en una cárcel de máxima seguridad, era un monstruo de hierro bien moderno, porque la ciudad tenía 100.000 habitantes”, dice.

“Allá nos metieron en una celda sin comida, sin agua, sin nada, con 50.000 candados”, describe.

Su padre, que aún tenía conexiones, pudo avisar a la familia, justo el día de Yom Kippur, que se les terminó la comida. “Los restos de la comida los recogieron y nos los dieron, para nosotros eso era una manjar del cielo, porque estuvimos dos días sin probar bocado”.

Sobreviviente del Holocausto

El destino de ellos era la deportación a Polonia o la muerte. Finalmente fueron deportados a Polonia, allí eran pasados de casa en casa cada vez más pequeñas y a guetos.

Más al sur estaban los ucranianos, que trabajaban junto a los alemanes, ellos detuvieron por segunda vez a la familia de Nusia y los llevaron a una prisión que parecía medieval. Mientras estaban encarcelados el 9 de septiembre se declaró a la ciudad libre de judíos.

“Cada vez que se abría la puerta chirriaba, uno con solo oír eso, en un lugar oscuro, daba temor. Allá nos dijeron que el gueto judío estaba en llamas. Esperábamos que nos matarían allí pero no sucedió”, dice Nusia.

Afirma que estando allí en lo que menos pensaba era en comer. “El miedo te pone helado, la cabeza, no piensa por los nervios. La mayoría de la gente terminaba sin sentimientos, sin nada, solo querías que acabara lo más rápido”.

Pero una vez más lograron sobrevivir. El comandante judío de la ciudad, del gueto que quemaron el día anterior, pagó un rescate y salieron.

Ayuda inesperada

“Lo que sucedió en nuestra ciudad es un ejemplo de lo que sucedía en toda Polonia –al menos en la mitad oriental-. No nos llevaron a ningún campo de concentración, tú esperabas y por eso aguantamos por años. En la zona que había muchos bosques se formaban grupos partisanos, pero no al sur, porque al sur estaban los ucranianos que sí eran fascistas”, rememora.

En esta situación desesperada recurrieron a la ayuda de un hombre considerado el peor de la ciudad, conocido como el “mataperros”. El sujeto detestado por muchos fue vital para los Wacher, pues les dio una casa, les ayudó a cruzar el río Dniéster y los trató con humanidad.

Tras cruzar, caminaron a lo que hoy es Tovste, Ucrania. “Papá dijo que no nos preocupáramos que fuéramos de noche pues él conocía el camino. De noche los campesinos duermen así que caminamos por la calle principal. Era una distancia que podía ser como la de Caracas a Guarenas, creo”.

La comunidad judía los acogió. Su madre que había vivido los horrores de la I Guerra Mundial murió. “Un día dijo no puedo más, hasta aquí llegó yo. Mamá murió de tifoidea el 15 de noviembre”.

Pudieron enterrarla bajo el rito judío.

El hermano de Nusia y ella sufrieron de tifoidea.

“Llegué a una temperatura que perdí el conocimiento o la razón, solo recuerdo decir abuelo quítame la madera de los pies. No los sentía”.

Nusia se recuperó de las altas fiebres. A pesar de la pérdida de su madre, allí no había alemanes y todo fue apacible entre septiembre y mayo de 1943.

Sin esperanzas

“Aun así de estar tranquilos y no tener noticias de nada uno esperaba su turno de la muerte, nadie vivía con esperanza alguna. Había días de falsas alarmas y todos corríamos a escondernos”, recuerda.

La tranquilidad terminó con los rumores de que ya no había judíos en toda la región.

El 20 de mayo llegaron soldados a casa. “Pidieron que cada familia mandara una persona para trabajar. En mi casa no podía ir papá, si iba él dejaba a tres niños en casa. ¿Qué íbamos a hacer? No había otra salida, me tocó aceptar que yo era la que iría a trabajar, la que se sacrificaría por la familia, no había otra salida. Papá me dio algo y le pidió a un vecino que por favor me echara un vistazo y me cuidara y él aceptó”.

La mandaron con el lechero del campo, que la llevó de la finca a la ciudad. Él, siguiendo las instrucciones del papá de Nusia, le llevaba huevos martes, miércoles y jueves, uno cada día para que no se lo comiera todo de una vez.

Nusia se fue un lunes y el jueves escucho un tiroteo. No lo supo entonces pero a su padre y hermanos los llevaron al mismo cementerio donde estaba su madre y ahí fueron asesinados. “Ese día me quedé sola en el mundo”.

Sola

Nusia fue trasladada al campo de trabajo Rosenowka en Rumania, eran cinco campamentos al lado de una pequeña ciudad.

Los campamentos, describe, eran la colección de retazos de niños cojos, ciegos y demás sobrevivientes que por el azar o alguna razón desconocida estaban allá. En él trabajo, sembró y cosechó.

Se enteró que sus custodios ucranianos mataron a más de 800 judíos alrededor, pero no arremetieron contra el campamento donde ella estaba. Nusia cree que el polaco que dirigía los campos, por alguna razón, los mantenía vivos. “Daba la impresión que nos protegía, parecía francés”.

El no estar confinada la mantuvo con vida. Nusia podía cambiar cosas con campesinos del pueblo que aún tenían dinero o algún bien, eso le permitía conseguir medio pan, medio vaso de leche, un huevo, que era la diferencia entre la vida y la muerte.

Se hizo amiga de una muchacha campesina, que usaba una falda negra aunque ya era marrón por lo desgastada y desteñida que estaba. Iba a la casa de ella los domingos, cuidaba un chivo y un ganso y aprovechaba de lavar su cabello y revisar su ropa para evitar piojos.

Ataque al campo

“Una vez hicieron un ataque en el campamento de trabajo. Yo me había levantado temprano, quería hacer mis necesidades, vi unos rifles juntos, los soldados estaban acostados en el trigo pero las armas sobresalían”.

Nusia se sentó y notó que había otra muchacha a la que le indicó la presencia de los soldados. Esta muchacha tenía papeles estadounidenses, pero no le sirvieron de nada.

“Me levanté e hice que ella también lo hiciera, la levante por el pelo, y la empujé, para que caminara. Al principio los atacantes no hicieron nada, no les convenía avisar a otras personas que estaban ahí porque se irían corriendo, pero cuando íbamos cuesta abajo comenzó el tiroteo”, afirma.

“Huí lo más que pude en la montaña. Corrí lo que pude aunque no podía correr, pues había siembra de lino. Cada hilo del lino es como un alambre que te corta y solo podías correr brincando. Eso fue algo muy doloroso, hasta llegue a pedir que ojalá me dé la bala. Era el 20 de marzo de 1944”, señala.

Nusia corrió sin parar. No frenó por el miedo. Ella y su compañera fueron las únicas sobrevivientes de la masacre.

En plena guerra

El ataque al campo fue consecuencia de la inminente llegada de los rusos que estaban a dos kilómetros  de la zona. Al huir escuchó que venían los rusos. Huyó a la casa de los campesinos que la ayudaban.

En el pueblo se escuchaban explosiones. La calle principal estaba llena de tanques rusos. “Muchos gritaban ‘viene el bombardeo’. En ese momento llegó la aviación alemana y los tanques rusos fueron a la llanura. Eso era un infierno, las bombas para abajo y el fuego de abajo para arriba. Uno se tapaba los ojos y pensaba que todo se derrumbaba. Esa batalla a campo abierto duró por lo menos dos horas”.

Al otro día en la ciudad entraron los rusos con caballos.

“La gente besaba la cola de los caballos. Los pocos que aún quedaban en los campamentos salían a recibirlos. Algunos invitaban a casa a los militares rusos”, recuerda Nusia y confiesa que sentía que en cualquier momento llegaría algún alemán a matarlos.

Nusia vio a un muchacho montado sobre un burro que gritaba: “Viva la Unión Soviética”, poco después llegó la aviación alemana y lo bombardeó.

Sin saber bien adonde ir fue con los rusos que estaban en el camino.

Sobreviviente del Holocausto

Mientras la guerra seguía, su pensamiento recurrente tras la liberación era: “Dios para que me dejaste sola,  sin un conocido, sin un ser que puede estar a mi lado, sin un centavo, a dónde voy, no es mi ciudad, ni mi región”.

En busca de la familia

Junto a sus dos amigas, Nusia decidió ir en dirección sur hacia el río Dniéster, pues lo último que supo es que tenía familia en Rumania.

“Mis abuelos tenían hermanos allí, la zona era parte del imperio Austro Húngaro en la Primera Guerra Mundial. Caminé por la ciudad”, dijo.

Fue con la ayuda de un comandante ruso, al que le pidió que la llevara. A ocho días de la liberación llegó sola a Czernowitz, la capital de Bucovina.

“El comandante ruso me dijo: ‘Hasta aquí llegamos’. Le pregunté que cómo pasaría, si el puente estaba picado por la mitad, además no había comido en todo el día, y me mareaba. Él me dijo: ‘Pero niña, entiende, el frente nuestro es este lado y de aquel lado están los alemanes. Yo le dije que no sabía y no me importaba de qué lado estaban. Solo quería cruzar”, cuenta.

El militar ruso estuvo sorprendido de la insistencia de Nusia, pero finalmente y sin recordar que le dijo, lo convenció para que la ayudara a pasar.

“Me sorprendió que luego de cruzar me dijera: ‘que Dios te tenga en su gloria, algo que los rusos comunistas no decían’. Eché a correr, buscaba la “Calle de piedra número 4”, la dirección de mi familia”.

Corrió y gritó, era de noche y la gente se asomaba por las cobijas que ponían en las ventanas. “Un muchacho con una banda en el brazo salió y dijo: ¿Eres de Polonia? No puede ser, en Polonia ya no queda nada. Yo vengo de Polonia”.

El joven y ella caminaron sin rumbo definido cuando él le ofreció ir al hospital judío.

“Allí me llevaron y el doctor me vio como si fuera una loca. Recuerdo oí unos gritos y pensé están matando a la gente y salí tan rápido como pude”, dijo.

¿Qué es Auschwitz?

Nusia no quería estar allí, pensó que estaban matando a la gente, pero los gritos de dolor no eran de muerte sino de vida. Una madre estaba en labor de parto. “El mismo médico me pidió que me quedara en un cuarto y descansara. Me acosté en un banco de madera, sin comer, sin ropa, quedé allí dormitando. En la madrugada oí que se abrió un portón, me levante y corrí”.

Como sabía cuál era el nombre de la calle y la casa decidió correr para ir con su familia. Al llegar vio que se preparaban para irse del lugar. Era su tío Moisés que también había perdido a su esposa y su hermana y arregló los papeles para irse con sus tres hijos.

La sorpresa del inesperado encuentro se fundió en un abrazo. Su tío se apresuró en negociar un documento de identidad más para la “hija” que estaba perdida en la guerra. Nusia partió seis semanas hacia Bucarest, capital de Rumania.

“Había perdido a mi familia. Fue allí que hablaron de Auschwitz, pero Nusia, la sobreviviente, no sabía lo que sucedió allí, mucho menos que era una cámara de gas”.

Sobreviviente del Holocausto

Epílogo

Nusia llegó a Venezuela en 1948 junto a su esposo. Al principio no se sintió a gusto, pero en poco tiempo se encontró con los venezolanos de los que dice la reeducaron emocionalmente.

En el país formó una familia y es madre de tres hijos, tiene numerosos nietos aunque algunos ya no viven en Venezuela. Durante años dio clases en el colegio Moral y Luces donde formó a muchos ciudadanos.

Esta entrevista fue realizada en octubre de 2019.