Terremoto en Venezuela

"Activos": la marca de los edificios de Playa Grande para salvar lo que queda

En Playa Grande, en La Guaira, continúan recuperando los cuerpos de vecinos mientras las máquinas demuelen lo que quedó. Los sobrevivientes son testigos de lo que ocurre y un mes después se esfuerzan por proteger lo poco que les quedó: un terreno con los restos de lo que fue su hogar

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Foto |maurice espinoza

En Playa Grande, las máquinas ya están empezando a retirar lo que quedó de los edificios de la avenida El Hotel, muy cerca del hotel Marriott. Nadie tiene que decirte que están moviendo tierra: la retroexcavadora y su motor son suficientes. Mientras restos de cemento, cabillas, cables y tubos caen en un camión, un vecino habla por teléfono y explica el procedimiento. Dice que se robaron un motor y parece vigilar que en esa parcela, que antes era edificio, no quede nada al aire.

En esos camiones van los restos de lo que alguna vez fue un tesoro. Los que sobrevivieron solo los ven entrar y salir cada tanto, sin conocer el destino. Esa labor ya no impresiona porque la vida cambió hace varias semanas.

«Por ahí se acaba de ir el Cicpc y los forenses porque sacaron otro cuerpo», dice el miliciano que controla el tráfico en la zona. A 28 días del terremoto, no hay tono de lamento ni ojos aguados en sus palabras, sino la automatización que deja el cansancio y la desgracia, que es imposible ignorar apenas entras a La Guaira.

Edificio frente a la redoma de Playa Grande. Hasta el 22 de julio, aún recuperaban cadáveres de plantas bajas. Foto: Maurice Espinoza.

«Esa cola es para la gente que sobrevivió y perdió la casa», comenta y señala una fila con más de 250 personas.

Los vecinos te explican: «Hoy nos tocó estar aquí porque están haciendo el censo».

Luego sale un funcionario de la gobernación y aclara un poquito más: «Esto es solo para los que no están en refugios».

Ya van varios días de jornada para los residentes de la parroquia Urimare de La Guaira. El último día, el 25 de julio, la gobernación reunirá a los afectados de Puerto Viejo y Guaracarumbo.

«Estoy aquí desde las 9:00 am. No quise madrugar. No hace falta. Yo vivo en una de las OPP, pero no duermo allí porque está en alto riesgo. Duermo en una carpita al lado del edificio con mi familia», dice Zulay Izarra. No quiso irse a refugios porque la estructura de su residencia quedó en pie e irse significa una cosa, que “los dueños de lo ajeno lleguen» y se lleven lo poco que tienen.

Ella y las mujeres a su lado llegaron preparadas: sombrilla, sillitas y una cava con hielo y agua fría. Y con razón: si algo no cambió en La Guaira, es el clima caluroso, que se hace peor con los tapabocas que todos llevan para evitar ahogarse con una brisa con polvo que cada tanto sale de las estructuras.

«Aquí lo que debería pasar ahora es que el gobierno apoye a los damnificados, a los que estamos afectados. Todos estamos afectados», dice Zulay mientras la cola avanza al lado de un edificio que no se cayó, pero quedó con las paredes destrozadas.

En la fila todos hablan. Cuchichean bajito. Hay comentarios que no alcanzas a escuchar porque los tapabocas hacen su trabajo. El tema central es lo mismo: el terremoto y la destrucción; el terremoto y los amigos que ya no están; el terremoto y los rescatados; el terremoto y el qué va a pasar mañana.

Parece que ese tema no dejará de ser el tema por mucho tiempo. La cola infinita se los recuerda. Y el comentario de la gobernación de que “el sistema está lento” también.

De la burocracia, de la poca asistencia, no hablan mucho, al menos ya no tanto frente a la cámara. Hay miedo: “Si se llevaron al topo que ayudaba, qué va a quedar para nosotros”. Lo dice Ernesto, un sobreviviente de los edificios que estaban ubicados frente al Hotel Marriott. Ese miércoles 22 de julio era su primer día en La Guaira luego de la tragedia: “Bajé solo por el censo”.

Los edificios que no colapsaron del todo están marcados por los propietarios para intentar cuidar el patrimonio. Cuando todo pase, si alguien quiere el terreno, buscarán negociar. Foto: Maurice Espinoza

No quiere que lo graben, pero te echa el cuento: “Aquí nadie vino a ayudarnos. Ninguno apareció. Me sacaron unos sobrinos. Yo tuve tiempo de ver cómo quedó el edificio de mi suegra y de una vez supe que se murió”.

—Esto es mil veces peor que la Tragedia de Vargas. Aquí nos sentíamos protegidos porque era una meseta, pero ya no hay nada—dice mirando las Residencias Palmilla, ubicada al lado del hotel.

Ernesto se calla y vuelve el sonido de las excavadoras sacando escombros. A veces, ese sonido se mezcla con el de las olas del mar y los gritos de los que organizan la cola: “¡No les vamos a pedir nada más que la cédula!”.

—¿Usted sabe por qué todos los edificios están grafiteados con la palabra “activos” y un número de teléfono?

—Eso es nuevo y fue una idea de los vecinos que se organizaron por WhatsApp. Las autoridades tienen que saber que no pueden demoler esto sin autorización. Es para evitar que expropien porque todos sabemos que ellos hacen los que les da la gana.

Dentro de cada edificio de Playa Grande aún se ven camas, algunos electrodomésticos, sillones y sillas, ollas y otros objetos. Ninguno sabe si en los próximos días estarán allí todavía. Foto: Maurice Espinoza

Ese otro de los miedos, de los que solo se discuten en comunidad.

La medida ha tenido un efecto: en Playa Grande, cada fachada tiene un número de teléfono, el apellido de una familia o de la residencia y la palabra “activos”. Es la prueba de que algo les queda y de que van a luchar por ese espacio que ya es imposible habitar.

—El que lo quiera, que lo pague. Nadie dirá que no porque lo que había se perdió.

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